La Iglesia Católica conmemora en la Semana Santa los mayores misterios de nuestra redención: la pasión, la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Por ello, se ponen de manifiesto antiguas tradiciones de gran riqueza histórica y litúrgica, siempre impregnadas de un espíritu renovado y de una ardiente esperanza.
La celebración de estos acontecimientos se remonta a la época apostólica. Aportan una singular solemnidad al triduo pascual, resaltando momentos fundamentales de la vida de fe cristiana. Los ritos litúrgicos están orientados a una profunda piedad, marcada por una entrega íntima y generosa de los fieles.
Los días santos, días de dolor, evocan la memoria de aquellos en los que Jesús, Rey y Mesías, inició su entrada triunfal en Jerusalén (Domingo de Ramos) hasta su muerte en la Cruz. Así se configura lo que podríamos llamar la “primera” Semana Santa.
Con el paso del tiempo, la celebración de estos ritos ha procurado coincidir, con las debidas adaptaciones, con los mismos días e incluso horas en que sucedieron los hechos históricos en la vida de Jesucristo. Aquellos acontecimientos fueron sacrílegos, infamantes y despiadados, y Cristo los asumió en la Cruz.
Sin embargo, también fueron ocasión de reparación y rescate del género humano, realizados por amor y para alcanzar nuestra salvación. Hoy los revivimos con veneración, compunción y acompañamiento.
Es necesario profundizar en que, al contemplar el rostro del Señor, aquella reparación fue realizada como desagravio y liberación del pecado del mundo. Desde entonces se establece un equilibrio entre el mal y el bien, entre el poder de las tinieblas y el amor misericordioso de Dios.
De ahí surge la síntesis del sacrificio, marcada por la pasión del Señor y culminada en la redención a través de su muerte. Frente al peso del mal que deforma y oscurece el mundo, el Señor contrapone un peso mayor: el del amor infinito que lo transforma mediante la Cruz.
Este es, sin duda, el acontecimiento más relevante de la historia de la humanidad. Dios, bien absoluto, entra en la historia a través de Cristo, haciéndose presente entre los hombres y asumiendo el mal en la tierra para transformarlo.
Así, el mal que persiste en el mundo es superado por el bien ilimitado encarnado en el sufrimiento del Hijo de Dios, manifestado en su pasión y consumado en su muerte en el Calvario.
Este “plus” del Señor es un estímulo para permanecer a su lado, entrar en su amor y hacerlo visible, a pesar de nuestras limitaciones. Necesitamos ese don, pues en nuestra vida también habita la inclinación al mal.
Gracias a ese amor vivo, recibimos la gracia de participar en el bien y hacerlo crecer en nuestro momento histórico. Estamos llamados a unirnos a esa abundancia y a reflejarla en nuestra vida.
Dios, por amor, entró en el sufrimiento humano no solo para equilibrar el bien y el mal, sino para hacer que el bien prevalezca con mayor fuerza. Sentir esta verdad es reconocer que Dios nos ama y que en ello se encuentra la grandeza de nuestra vocación.
La Semana Santa nos invita a comprender que los desequilibrios de la historia exigieron el derramamiento de la sangre de Cristo, convertido en fuente inagotable de amor y salvación para quien busca la verdad.
En nuestro caminar cotidiano, y ante esta Semana Santa, conviene preguntarnos con qué actitud nos situamos ante la pasión, muerte y resurrección del Señor. ¿Con la de Caifás y Anás? ¿Con la de quienes golpeaban a Jesús? ¿Con las negaciones de Pedro? ¿Con la traición de Judas? ¿Con la cobardía de Pilatos? ¿Con la ira de la multitud? ¿O con la esperanza y el amor de María?
Que cada uno descubra la respuesta que le dicte su conciencia.
No olvidemos que, por muy adormecidos que estén nuestros corazones, la lucha entre el bien y el mal continúa. Aún queda camino por recorrer. Pero confiamos en que Dios, que es misericordia, siempre nos espera para que le demos nuestra respuesta.









