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El martirio de la familia Ulma, un caso singular en la historia de la Iglesia (I)

Iglesia

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¡Toda una familia, padres e hijos, martirizados conjuntamente y beatificados en la misma ceremonia! Efectivamente, hasta donde yo sé, es un caso prácticamente único y del todo excepcional en la historia de la Iglesia. Martirios de toda una familia, hay varios en la Iglesia; ahora bien, normalmente se canoniza a cada miembro de la familia individualmente, cada uno en una ceremonia distinta.

¿Quién es la familia Ulma y cuál es su historia para que la iglesia haya decidido su declaración como mártires en la misma ceremonia?

Józef, Witkoria y sus «seis» hijos

Nos situamos en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, en Polonia. Allí viven Józef y Witkoria Ulma con sus seis hijos, en Markowa, una pequeña aldea de campo al sureste de Polonia. Estamos en 1944; desde 1941 los nazis han implantado una ley que prohíbe ayudar de cualquier manera a los judíos.

A pesar de esta ley, penada con la muerte, Josez y Witkoria deciden dar cobijo en su hogar a dos familias de judíos vecinos del pueblo, en total, ocho personas judías acogidas y mantenidas ocultas en su casa en sigilo durante meses.

No se sabe con certeza cómo llegó la información a las autoridades alemanas, pero el caso es que un día se presentaron los nazis en el hogar de Józef y Witkoria. Primero ejecutaron a todos los judíos que tenían acogidos. Previamente, los alemanes había llamado a los vecinos de la localidad para que fuesen testigos de “la suerte que corrían los judíos y los que los ayudaban“. Después de asesinar a los ochos judíos refugiados, sin ninguna deliberación por su parte ejecutaron a los padres, Józef y Witkoria, delante de sus seis hijos. Finalmente, y después de un breve tiempo de reflexión en el que se preguntaron qué hacer con los seis hijos, los ejecutaron allí mismo: “¡Mirad cómo mueren los cerdos polacos que dan cobijo a los judíos!”

En menos de una hora murieron fusiladas 17 personas: toda la familia murió de manera conjunta por odio a la fe y por amor al prójimo, un caso prácticamente único en la historia de la Iglesia.

La Iglesia abrió la fase diocesana del proceso de canonización de la familia Ulma el año 2003. El 10 de septiembre de 2023, el Cardenal Marcello Semeraro presidió en Markowa la ceremonia de beatificación de toda la familia.

El «séptimo» hijo

Pero, por si esto no fuese suficiente, hemos de seguir adelante para hacer notar otro dato aún más admirable. Fueron ejecutadas 17 personas, hemos dicho, pero no salen las cuentas: los 8 judíos, los padres y sus 6 hijos suman 16, no 17. El caso es que Wiktora estaba embarazada de su séptimo hijo cuando los nazis se presentaron en su casa. Al parecer, su estado de gestación debía ser muy avanzado porque Witkoria comenzó a dar a luz en el momento de su martirio al último de sus hijos.

Cuando ese mismo día unos vecinos exhumaron los cadáveres de la familia, mal enterrados sobre la marcha en fosa común abierta en el terreno, vieron que Witkoria había comenzado a dar a luz a su hijo, de manera que encontraron fuera de la madre la cabeza y parte del cuerpo de la criatura.

Y así, junto al admirable martirio familiar, beatificados de manera conjunta padres y sus seis hijos, admiramos un prodigio aún mayor, puesto que el séptimo hijo recibió también el reconocimiento del martirio por parte de la Iglesia en la misma ceremonia de beatificación.

Y ahora sí, creo que podemos decir sin temor a equivocarnos, que es el primer caso en que un niño nacido en el momento del martirio de su madre ha sido reconocido como mártir, el bebé asociado a la madre en el momento de su muerte. El Dicasterio para las Causas de los Santos explicó oficialmente que ese séptimo hijo fue encontrado ya nacido durante el momento del martirio de su madre (en el parto) y, por tanto, considerado entre los niños que recibieron en la ceremonia el título de beatos.

Bautismo de sangre del pequeño de los Ulma

¿Cómo es posible que la Iglesia beatifique a un bebé que ni siquiera está bautizado? Desde su inicio la Iglesia ha reconocido el bautismo de sangre.

El séptimo hijo de los Ulma recibió el bautismo de sangre con el martirio de sus padres y el bautismo de sangre lo constituyó verdadero mártir.

Lo excepcional aquí no es canonizar a un no bautizado, puesto que de eso hay precedentes muy claros. Lo increíble aquí del pequeño de los Ulma es su beatificación casi sin haber “terminado de nacer”, alumbrando ya para el mundo, y nunca mejor dicho, porque el pequeño Beato es ahora luz para todos nosotros.

El Comunicado que emitió el Dicasterio para las Causas de los Santos a propósito de la beatificación de la familia lo explica con claridad:

“En el momento del asesinato, la Sra. Wiktoria Ulma estaba en estado avanzado de embarazo de su séptimo hijo. Este hijo fue dado a luz en el momento del martirio de su madre… De hecho, con el martirio de los padres, recibió el bautismo de sangre y se añadió al número de los hijos martirizados”. “La Iglesia ha tenido siempre la firme convicción de que quienes mueren por la fe, aunque no hayan recibido el bautismo sacramental, pueden ser considerados martirizados con Cristo”.

No le dio tiempo al pequeño beato a vivir más que unos segundos fuera del seno de su madre, puesto que enseguida recibió el premio de su corona martirial. “…Sin haber pronunciado nunca una palabra, hoy el pequeño Beato grita al mundo moderno que acoge, ama y protege la vida, especialmente la de los indefensos y marginados, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural…” (Homilía del Cardenal Marcello Semeraro en la beatificación de la familia Ulma).

 Virtudes de Józef y Witkoria a su martirio

Un martirio nunca surge como una mera reacción heroica ante un último y supremo momento de prueba. Más bien es el resultado de toda una vida de virtudes cristianas, vividas con generosidad y entrega constantes. Así fue también en el caso de los Ulma.

Józef era un campesino con escasos estudios, terminó solo la Primaria. Su formación general no era alta, pero su vida de fe era intensa. Lector habitual de la Biblia, subrayaba y anotaba con frecuencia algunos pasajes; destaca su subrayado de la narración del Buen samaritano.

Su esposa, Witkoria, era a su vez una mujer profundamente creyente, de fe sencilla y perseverante, esa “fe de toda la vida”, que ella supo vivir encarnada en lo cotidiano de su día a día de esposa y madre de familia.

Testigos de la época dan fe de su oración frecuente y su serenidad en las situaciones más difíciles, que en época de guerra y privaciones eran constantes.

Por lo tanto, el asilo heroico que Józef y Witkoria dieron a las dos familias de judíos es un acto final de caridad suprema que, en su caso, tiene precedentes: era frecuente que acogiesen en su hogar a necesitados, huérfanos y mendigos, y que compartiesen sus cosechas con los necesitados cuando había escasez. De esta manera, la ayuda que los Ulma dieron a los judíos no fue un gesto excepcional y puntual, sino la culminación coherente de una vida ya orientada a la caridad. “…La casa de los Ulma se convirtió en una posada donde se acogía y cuidaba a los despreciados, rechazados y heridos de muerte. Józef y Wiktoria vivieron una santidad no solo conyugal, sino plenamente familiar.” (Homilía del Cardenal Marcello Semeraro en la beatificación de la familia Ulma).

Caridad prudente y fuerte

Los Ulma no pueden ser tachados de imprudentes ni de actuar con temeridad: sabían perfectamente los riesgos y por eso tomaron medidas de discreción, sin buscar el martirio de manera orgullosa ni exponerse con provocación. No se trata, por lo tanto, de una caridad ciega, sino prudente y consciente.

Pero, a su vez, la de los Ulma es una caridad fuerte: mantuvieron el ocultamiento durante un largo periodo, no desistieron ante rumores o miedos, que no debieron faltarles, no abandonaron a quienes habían acogido; perseveraron hasta el final, ¡y qué final!

Podemos imaginar las dificultades y angustias que Józef y Witkoria debieron pasar en su situación: con su decisión no solamente se ponían en riesgo ellos mismos, sabían bien que ponían en peligro a sus hijos.

De esta manera, su fortaleza no se ve solo en el momento del fusilamiento, sino en su perseverancia diaria previa al martirio.

La suya es una fortaleza sostenida, no un impulso momentáneo. En los Ulma hay premeditación moral sostenida: saben, evalúan, perseveran. Eso no los hace “más mártires” que otros, pero sí refuerza la claridad y belleza de su testimonio martirial.

Por lo tanto, la santidad de los Ulma no nace del martirio, sino que su martirio corona una vida santa.

El martirio no crea las virtudes, pero sí las revela y las sella con particular fuerza y evidencia para nosotros.

En definitiva, los Ulma no murieron como héroes improvisados, ¡murieron como vivieron!

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