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El nosotros ante el extranjero

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Hablar de inmigración exige hoy algo que casi nunca abunda en el debate público, finura moral. O se la presenta como un deber absoluto de acogida, donde toda cautela parece deshumanización, o se la trata como una amenaza total, donde toda compasión parece ingenuidad suicida.

La reciente conferencia de Higinio Marín, titulada Caridad y fronteras intenta escapar de esa simplificación. Marín no niega la caridad ni la hospitalidad; al contrario, sostiene que solo pueden existir de verdad si hay una casa que acoge, una ciudad que ordena y una comunidad que sabe quién es.

La charla fue pronunciada en las Jornadas de Católicos y Vida Pública de Alcalá de Henares, celebradas en enero, y en ella defiende que los deberes morales son universales, pero no indiferenciados, tienen un orden, una “ordinalidad”, porque no todas las responsabilidades recaen del mismo modo sobre la familia, la Iglesia, el Estado o la sociedad civil.

La tesis de Higino Marín parte de una intuición antropológica poderosa, la casa humana no se define solo por el muro, sino por la puerta. Una casa está hecha para abrirse. Pero precisamente porque tiene puerta, también tiene umbral. La hospitalidad no consiste en abolir toda diferencia entre dentro y fuera, sino en administrar humanamente ese paso. Históricamente, recuerda, esa sobredemanda de acogida dio lugar a los hospitales, es decir, a una externalización de la hospitalidad.

La conclusión es  la compasión sin prudencia puede destruir el sujeto que la ejerce, y una sociedad que no protege su propia posibilidad de acoger termina por no acoger bien a nadie.

La gran cuestión, entonces, no es si debemos ser hospitalarios, sino cómo ¿Podemos pensar la inmigración únicamente con la categoría de hospitalidad? Como se menciona en la conferencia no del todo, porque la hospitalidad clásica se pensaba para el viajero y el transeúnte, no para quien llega para quedarse.

Si la inmigración implica arraigo, residencia estable y transmisión cultural, ya no basta el lenguaje de la acogida momentánea; hay que hablar de integración, deberes recíprocos, formas de vida compartidas y límites políticos.

No parece razonable que “los hábitos de la casa” sean modificados por quien está siendo acogido; lo elemental sería que el huésped se dispusiera a asumir, al menos en lo esencial, las costumbres del anfitrión.

Pensemos en esos pasajes sobre el catolicismo norteamericano de las décadas de 1920 y 1930 donde la inmigración y la diferencia fueron leídas muchas veces a través de una gramática “racial” y “étnica” hoy extraña, pero entonces habitual.

Los afroamericanos que llegaban al Norte desde el Sur fueron a menudo tratados, en círculos católicos, como un grupo similar a polacos, italianos o irlandeses: con parroquias propias, clero específico y escuelas separadas. Esa analogía parecía plausible porque las fronteras entre “raza” y “etnia” estaban todavía borrosas, y porque ciudades como Nueva York o Chicago eran mosaicos de enclaves nacionales más que sociedades plenamente integradas.

Ese modelo tenía un límite profundo. Los inmigrantes europeos eran distintos entre sí, pero poco a poco podían ser absorbidos dentro de una categoría común: la de “blancos”. Los afroamericanos, en cambio, quedaban fijados en la línea de separación entre “black” y “white”. Entonces lo que podía presentarse en teoría como pluralismo de comunidades terminaba funcionando en la práctica como segregación.

Por eso, una sociedad madura no puede elegir entre dos caricaturas: ni el multiculturalismo ingenuo, que supone que todas las diferencias convivirán armónicamente sin un marco común exigente, ni el nativismo defensivo, que sospecha de todo recién llegado como de una amenaza ontológica.

La cuestión de fondo es otra, la de qué tipo de vínculo cívico queremos construir. Si la integración significa simplemente disolver toda particularidad en una masa abstracta, fracasará. Pero si multiculturalismo significa renunciar a un lenguaje común, a unas lealtades compartidas y a unas normas públicas exigibles a todos, también fracasará.

Aquí comparece otra duda central: ¿Qué le debe el inmigrante a la sociedad que lo recibe? Durante años, en buena parte de Europa, la pregunta parecía moralmente indecente, como si toda la carga ética recayera solo sobre el país receptor. Pero una convivencia justa exige reciprocidad.

El recién llegado no solo tiene derechos; tiene también deberes. Debe respetar leyes, aprender códigos cívicos, entrar en una historia que no ha fundado, aceptar que la hospitalidad no consiste en colonizar simbólicamente la casa ajena.

Y a la vez, la sociedad receptora debe evitar que esa exigencia de integración se convierta en humillación, sospecha permanente o racismo cultural. Pedir integración no es lo mismo que exigir sumisión; pero negar cualquier deber de integración tampoco es inclusión, sino abandono.

La caridad no se agota en abrir fronteras. También puede expresarse, y a veces de modo más humano como nombro Higinio, en ayudar a que las personas no se vean obligadas a abandonar su país, su lengua, su trama familiar y su memoria.

Emigrar puede ser una oportunidad, pero casi nunca deja de ser un desgarro. Una política verdaderamente humana no debería normalizar ese desarraigo como si fuera siempre deseable.

También aquí nuestra sociedad tiene que hacerse preguntas incómodas: si celebramos toda movilidad, ¿no estamos encubriendo desigualdades globales que expulsan? Si convertimos la inmigración en una simple necesidad del mercado laboral ¿no dejamos de ver el drama personal y cultural que muchas veces la acompaña?

Al final, la inmigración nos obliga a pensar qué significa convivir. Nos enfrenta a una tensión constitutiva de toda sociedad decente.

La gran lección del material histórico es que una comunidad política no es una abstracción moral sin contornos, sino una realidad concreta con bienes frágiles —lengua, instituciones, costumbres, confianza— que también merecen cuidado.

La duda verdadera, por tanto, no es si elegir entre humanidad o frontera. La duda es cómo sostener una humanidad con forma, una caridad con inteligencia y una casa común que siga siendo, precisamente por eso, una casa abierta.

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