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La alternativa a la emergencia educativa: formar en los fundamentos, recuperar el legado

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Vivimos una hora incierta. No solo por los indicadores —fracaso escolar, abandono temprano, deterioro de la comprensión lectora— sino por algo más profundo: la sensación de que nuestros jóvenes caminan sin mapa en medio de un ruido constante. España no padece únicamente un problema técnico en sus aulas; padece una desorientación cultural que ha terminado por filtrarse en el corazón mismo de la educación.

Se discute sobre competencias y empleabilidad, sobre el desajuste entre oferta y demanda laboral, sobre la inflación de titulaciones o la obsolescencia tecnológica. Se debate si las pantallas deben prohibirse o integrarse, si el móvil es herramienta o amenaza, si la inteligencia artificial será aliada o sustituta. Son preguntas legítimas, pero parciales. Son fragmentos de un espejo roto.

El problema es anterior y más hondo: hemos olvidado qué significa educar.

Educar no es solo capacitar para el mercado ni adaptar al alumno al flujo tecnológico. Educar es introducir en la realidad, ofrecer fundamentos, transmitir una herencia que permita comprender el mundo y habitarlo con responsabilidad. Ningún entrenador serio ignora la necesidad de una base física antes de la alta competición. Sin embargo, aceptamos que la formación integral de la persona —mucho más compleja que el mero rendimiento físico— pueda improvisarse sin fundamentos antropológicos claros.

La crisis educativa puede leerse, en última instancia, como la pérdida de equilibrio entre tres facultades clásicas de la tradición cristiana: entendimiento, voluntad y memoria.

Las facultades necesarias

  1. El Entendimiento (la verdad)

Durante siglos, la educación fue búsqueda de verdad. Hoy la hemos sustituido por “competencias”. El resultado es un alumno funcional, pero no necesariamente lúcido. Sin referencia a la verdad, el pensamiento crítico degenera en simple adaptación al discurso dominante.

  1. La Voluntad (el bien)

Educar la voluntad es enseñar a perseverar, a sacrificarse, a demorar la gratificación. Sin esta formación, el adolescente queda expuesto a la lógica del impulso inmediato —consumo, redes sociales, aprobación instantánea— y se vuelve frágil ante el fracaso. La libertad sin virtud es mera reacción.

  1. La Memoria (la identidad)

La memoria no es nostalgia; es arraigo. Sin tradición, el joven pierde las claves para comprender el arte, la historia y la moral que lo rodean. La tradición cristiana no es un vestigio arqueológico: es el código cultural que ha configurado nuestras categorías de justicia, dignidad, perdón e igualdad.

Causas y consecuencias de la liquidación educativa

Causas
  • Relativismo: negación de verdades estables.
  • Emotivismo: primacía del “lo que siento” sobre “lo que es justo”.
  • Presentismo: clausura del horizonte histórico y trascendente.
  • Desvinculación moral: reducción del bien a satisfacción del deseo.
Consecuencias
  • Vacío existencial.
  • Fragilidad emocional ante el fracaso.
  • Pérdida de identidad colectiva.
  • Mayor vulnerabilidad frente a ideologías de masas.

Superar la emergencia educativa implica restaurar el equilibrio entre entendimiento, voluntad y memoria como respuesta al vacío que afecta a muchos adolescentes.

Propuesta para una reconstrucción educativa

  1. El derecho a la memoria: “No venimos de la nada”

La educación es transmisión. No podemos exigir construcción del futuro si previamente hemos amputado el pasado.

Objetivo: reconocer el legado cristiano como matriz cultural.
Acción: integrar el estudio de fuentes bíblicas, historia y pensamiento clásico como claves de identidad. Quien desconoce su tradición se convierte en extranjero en su propia ciudad.

  1. El cultivo del entendimiento: “Buscar la verdad”

Frente a la posverdad y la saturación informativa, la escuela debe ser espacio de reflexión profunda.

Objetivo: pasar de la información a la sabiduría.
Acción: reforzar filosofía, diálogo teológico y grandes preguntas humanas, no como consignas cerradas, sino como itinerarios de búsqueda.

  1. La educación de la voluntad: “Libres para hacer el bien”

La libertad desvinculada es vacía. Solo quien se gobierna puede ser verdaderamente libre.

Objetivo: fortalecer el carácter mediante las virtudes clásicas: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
Acción: pedagogía del compromiso, del silencio, del servicio. La felicidad no nace del consumo inmediato, sino del sentido del deber y la entrega.

Cinco puntos clave

  1. El alumno como persona: no cliente ni dato estadístico, sino ser dotado de dignidad trascendente.
  2. El espacio del silencio: pausa e interioridad para combatir la hiperestimulación.
  3. Ecología integral: respeto a la creación y unidad cuerpo-espíritu.
  4. La belleza como camino: arte y música sacra como educación de la sensibilidad.
  5. Referentes sólidos: santos, pensadores y héroes como anclaje en tiempos líquidos.
Tenemos la sensación de que nuestros jóvenes caminan sin mapa en medio de un ruido constante. #EmergenciaEducativa Compartir en X

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