“Soy ermitaña porque estoy enamorada de Dios”, la vida de Sònia Sapena, siempre confinada

Son numerosos y diversos los carismas y las formas de vivir la fe en Dios. Destacan, eso sí, algunas de ellas por su singularidad y aproximación a la experiencia espiritual y a la trascendencia, ser ermitaña es uno de ellos.

Recientemente la televisión pública catalana entrevistó a una de los 10 ermitaños (9 de ellos mujeres) que viven en Cataluña esta vida contemplativa, en silencio, soledad y pobreza, es Sònia Sapena.

El motivo es que a raíz del fenómeno meteorológico de Filomena, esta ermitaña de la zona del Priorat ha visto como su parte de lugar donde vive en la ermita se venía abajo: el taller y el lavabo.

“En la madrugada oí: ‘Pum pum!’ Y cuando llegué allí arriba lo que pasaba es que no había nieve porque no había tejado”, explica Sapena. TV3 destaca que lo dice riendo: “Ahora puedo reír, pero en ese momento dije: ‘Esto es verdad? ¡Esto es una bomba! Hay un antes y un después, porque… ¿Cómo será el día de mañana? No lo sé. Él dirá “.

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Esta religiosa nació en Valencia hace 45 años y hace 10 que hace vida eremítica en el Priorat. El retirarse de la vida pública es la opción más radical, la que ejercían los cristianos de los primeros siglos para vivir la fe.

Vive sin agua corriente ni potable, y con un hilo de luz que le dan unas baterías conectadas a una placa solar. Cuando le preguntamos por qué lo hace, la respuesta es sencilla: está enamorada de Dios.

Cuando uno está enamorado hace lo que sea, ¿no? Es verdad que tienes unas condiciones físicas y psicológicas que te da vida. Sin Dios, ¡esto no tiene sentido!”

Sonia fue voluntaria de la Cruz Roja y miembro de los Scouts cuando era adolescente y, según explica, “no pisaba ni una iglesia”.

 

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A los 19 años se hizo monja, después de vivir una experiencia en un orfanato de Sevilla, que la marcó para siempre. “No se puede explicar. Se debe experimentar. Yo vi que en los ojos de una niña había Dios que me llamaba”

Las ermitañas: siempre confinadas

Los eremitas viven en constante confinamiento, solos y en silencio. Apartados del mundo, viven en lo que ellos llaman “el desierto”.

“Aunque parecemos antisistema, estamos al sistema. Somos ciudadanos, debemos colaborar con la ciudadanía, y claro, llega un momento que también tenemos que ir a las votaciones”, explica Sapena.

“La pandemia me ha hecho descubrir cosas de la gente que te llamaba. Porque, claro, nuestra vida no ha cambiado mucho”, explica esta ermitaña, que vive siempre en confinamiento.

“Ya tenemos mucho lugares de ocio para la sociedad, para hacer otras actividades -reflexiona-. Es verdad que la vida contemplativa, la vida que llevamos… es normal que la gente de hoy no lo entienda. Pero en verdad no buscamos el entendimiento, porque hay veces que ni una entiende”.

Su regla de vida es “el ora et labora” monástica. Ora todo el día, y dedica unas horas en el trabajo, en su caso, a hacer velas. Es su único sostén económico.

ermitaña

Sonia tiene móvil para seguridad, porque alguna vez ha tenido que llamar a los Mossos porque corría peligro. “Tengo que agradecer muchísimo a los Mossos de escuadra y la Guardia Civil su trabajo. Nos cuidan, son personas”.

A veces se encuentra con las otras mujeres eremitas que viven por la zona: “Tengo la suerte que ellas son más grandes, y tienen una experiencia amplísima. Yo estoy aprendiendo. Y comunicarme con ellas que ya han pasado por aquí, a mí me aporta mucho”. Explica agradecida.

“La vida contemplativa es muy fuerte en la vida femenina. Hay una dimensión contemplativa de la mujer que puede aportar mucho a la iglesia.”

“Si Dios lo quiere, yo estaré, aquí. Y si Dios no lo permite, pues estaré en otro lugar, no lo sé”, concluye esta ermitaña.

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