Hay momentos en la vida de una sociedad en los que una política pública aparentemente técnica revela algo más profundo: una determinada concepción del ser humano. La educación es uno de esos lugares donde se manifiestan, casi sin disfraz, las convicciones últimas de una cultura.
La polémica suscitada por el programa Coeduca’t en Cataluña, a instancia de la crítica y rectificación exigida por la Corriente Social Cristiana, no es simplemente una discusión pedagógica. Es, en realidad, una discusión antropológica y política. Bajo la apariencia de modernizar la educación o de promover la igualdad, emerge un proyecto que pretende redefinir la manera en que los niños comprenden su propio cuerpo, su familia y la sociedad en la que viven.
La cuestión no es menor. Porque la educación no consiste solo en transmitir conocimientos, sino en introducir a las nuevas generaciones en la realidad. Enseñar a un niño es ayudarle a reconocer el mundo tal como es, y a encontrar en él su lugar con libertad y responsabilidad.
Cuando la escuela deja de ser un lugar de descubrimiento de la realidad para convertirse en un laboratorio de reinterpretación ideológica de esa realidad, algo esencial se rompe.
Los documentos pedagógicos asociados al programa Coeduca’t muestran con claridad esta transformación.
El lenguaje que utilizan no se limita a promover la igualdad entre hombres y mujeres —un principio plenamente asumido en las democracias modernas—, sino que adopta categorías ideológicas procedentes de la teoría de género y de la interseccionalidad. Conceptos como “heteropatriarcado”, “binarismo de género” o “identidad performativa” se convierten en herramientas pedagógicas destinadas a reinterpretar la experiencia cotidiana de los alumnos.
El resultado es una escuela que ya no se limita a enseñar matemáticas, historia o ciencias. Se propone, además, reconfigurar la mirada del alumno sobre sí mismo y sobre su entorno.
Esta intención aparece de forma explícita en el itinerario educativo que acompaña al programa. Desde edades tempranas se propone que los niños cuestionen las estructuras sociales consideradas tradicionales y que cuestionen sus relaciones familiares desde categorías de poder y dominación.
La escuela deja entonces de ser un espacio de aprendizaje para convertirse en un espacio de adoctrinamiento político.
Este fenómeno no es nuevo en la historia. Cada vez que una ideología ha aspirado a reorganizar la sociedad desde sus fundamentos, ha dirigido su mirada hacia la educación. La razón es sencilla: quien forma la conciencia de los niños influye decisivamente en el futuro de la sociedad.
En el caso que nos ocupa, el cambio es particularmente visible en la manera en que se presenta la familia. En diversos materiales educativos se invita a los alumnos a reconsiderar la estructura familiar como una construcción cultural abierta y variable, que debe ser criticada.
Reconocer la diversidad es una cosa y algo muy distinto presentar la familia fundada en la relación entre hombre y mujer como una estructura sospechosa que debe ser superada.
Desde una perspectiva cristiana, esta cuestión tiene una profundidad especial. El cristianismo no ve en la diferencia entre hombre y mujer una simple convención social, sino una dimensión constitutiva de la persona humana. La complementariedad entre ambos no es una construcción arbitraria, sino una expresión de la realidad humana tal como ha sido experimentada durante siglos.
La tradición cristiana ha entendido siempre la educación como una colaboración entre la familia, la sociedad y la escuela. La familia es el primer lugar donde el niño aprende el significado de la confianza, del amor y de la responsabilidad. La escuela, por su parte, amplía ese horizonte mediante el conocimiento y el cultivo de la razón.
Cuando el sistema educativo comienza a considerar que los valores familiares deben ser “compensados” o corregidos por la institución escolar, se introduce una fractura en ese equilibrio. La escuela deja de colaborar con la familia y empieza a sustituirla.
En ese momento aparece una figura nueva en el paisaje educativo: el Estado como formador moral principal.
Este desplazamiento resulta especialmente preocupante cuando se observa el carácter político de muchos de los contenidos asociados al programa. El itinerario educativo no se limita a explicar conceptos; invita al alumnado a identificar estructuras de poder en la sociedad y a adoptar una actitud de transformación activa frente a ellas.
El estudiante es así introducido, desde edades cada vez más tempranas, en un marco interpretativo que divide la realidad en términos de opresión y liberación.
Esta manera de entender la educación refleja claramente la influencia de corrientes ideológicas presentes en determinados sectores políticos contemporáneos. En Cataluña, estas ideas han sido promovidas principalmente por gobiernos vinculados al socialismo y a los Comunes, fuerza esta última que en el ámbito estatal se integra en el espacio político de Sumar.
No se trata simplemente de una política educativa autonómica. Forma parte de una tendencia más amplia que busca redefinir la educación como instrumento de transformación cultural.
El riesgo de esta orientación es evidente. La escuela corre el peligro de convertirse en un espacio donde las conciencias jóvenes son moldeadas según una narrativa política previamente definida.
Cuando esto ocurre, la educación deja de formar ciudadanos libres y comienza a producir sujetos ideológicamente alineados.
Frente a esta deriva conviene recordar una verdad sencilla: la libertad no nace de la programación ideológica, sino del encuentro con la realidad. Una educación auténtica no enseña al alumno qué debe pensar, sino que le ayuda a descubrir por sí mismo lo que es verdadero y lo que es bueno.
La tradición cristiana ha insistido durante siglos en esta idea fundamental: la persona humana posee una dignidad que ninguna ideología puede redefinir a voluntad. El cuerpo, la familia y la comunidad no son construcciones arbitrarias, sino dimensiones reales de la existencia humana.
Por eso la educación debe ayudar al niño a comprender estas realidades, no a sospechar sistemáticamente de ellas.
El debate sobre Coeduca’t no debería reducirse a una polémica partidista. Es, en realidad, una invitación a reflexionar sobre el sentido mismo de la educación.
¿Queremos una escuela que enseñe a los jóvenes a comprender el mundo? ¿O una escuela que pretenda reconstruirlos ideológicamente desde las aulas?
De la respuesta a esta pregunta depende algo más que una política educativa. Depende el tipo de sociedad que estamos construyendo.
Mientras tanto, el programa Coeduca’t debe desaparecer de las aulas y poner así fin al adoctrinamiento de los hijos contra sus familias.
Cuando la escuela pretende redefinir lo que es el ser humano, la educación deja de ser enseñanza y se convierte en ingeniería cultural. #Coeducat #Educación Compartir en X











