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Yo creo firmemente

Familia

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El sábado me encontré con Sergio. En cuanto me vio, salió corriendo para felicitarme el año. Traía su sonrisa renegrida, una sonrisa a la que le faltan unas cuantas piezas dentales: la vida le ha ido cobrando peaje en la boca. Pero los ojos… los ojos chispeaban.

Me contó, orgulloso, que estas Navidades no se había “metido nada” y que apenas había bebido. Y añadió, ufano, una novedad que en su mundo es casi una victoria: había empezado a hacer deporte, y eso le estaba ayudando mucho.

Yo lo escuchaba y por dentro se me mezclaban la ternura, la gratitud y el asombro. A mis 16 años yo estaba segura —segurísima— de que Sergio sería un gran ingeniero: cabeza brillante, manitas nato, capaz de montar y desmontar cualquier motor, cualquier circuito eléctrico, cualquier cacharro imposible.

Pero la vida, con su misterio y su libertad, lo llevó por otros caminos. Y, sin embargo, qué cosas: el sábado, gracias a Dios, Sergio volvía a tener ganas de vivir; ganas de recomenzar y seguir adelante.

Y de pronto, un WhatsApp me regaló una frase de Curzio Malaparte que me ha acompañado este fin de semana

Yo creo firmemente que al menos una vez en la vida, las trompetas de Jericó resuenan en el corazón del hombre”.

La última vez que vi a Sergio le dije que rezaría más por él; que se dejara de tonterías; que su vida tenía un sentido en este mundo; que era amado; que siguiera adelante. Entonces me pareció que tal vez hablaba al vacío, que él no entendería nada. Pero no: nada de lo que se entrega en la oración se pierde. Y otra vez la frase: “yo creo firmemente que al menos una vez en la vida, las trompetas de Jericó resuenan en el corazón del hombre”.

Me fui a casa rezando y pensando en Sergio: en su entorno, en sus circunstancias, en su desconocimiento de un Dios Padre. Y, según escribo estas letras, vuelve a mi mente su sonrisa negra y mellada, y esos ojos cargados de esperanza.

Qué fuerte es experimentar que la esperanza auténtica no es optimismo; no es un “todo irá bien” porque sí.

La esperanza cristiana solo tiene una cosa que ofrecer —y es escandalosa por su grandeza—: la vida eterna.

Es otra forma de vivir ya aquí. Es mirar un rostro herido y saber que no es definitivo. Es comprender que la historia de una persona no queda sellada por sus caídas, ni por sus adicciones, ni por sus decisiones torcidas. Es saber que hay un Alguien capaz de hacer nueva nuestra vida cuando nosotros ya no nos creemos capaces.

Pero ¿cómo llega esa esperanza a tocar el corazón?

A veces llega por el sufrimiento. A veces por una palabra. A veces por un encuentro. Y a veces llega por la belleza. Y yo vuelvo a confesarlo: yo creo firmemente que al menos una vez en la vida, las trompetas de Jericó resuenan en el corazón del hombre.

En el don de mirar el mundo de otra manera, con ojo de eternidad, nos jugamos mucho. Muchísimo.

En los últimos días he tenido la suerte de asistir a cuatro conciertos del “Duo ad Deum”. Dos jóvenes que han puesto sus talentos musicales al servicio del Señor, recorriendo España en favor de la vida. Pero no son conciertos al uso.

Las piezas seleccionadas, a lo largo de toda la tradición musical de la Iglesia, tienen tal densidad de belleza que lo que sucede allí no es simplemente “música”: es oración, alabanza, contemplación. Es como si el Espíritu Santo, con paciencia, fuera recolocando las piezas por dentro.

Uno no sale “entretenido”. Uno sale tocado.

Y sí: yo creo firmemente que al menos una vez en la vida, las trompetas de Jericó resuenan en el corazón del hombre.

Puedo decir que, ante la Belleza y la Verdad, este fin de semana he visto almas conmoverse. He visto lágrimas resbalar por las mejillas sin que nadie las escondiera. He visto sonrisas “eternas”, reflejo de un gozo pleno. He visto miradas al cielo, suspiros espesos, y hombres viriles —ya con canas— desarmarse ante la grandeza de una música que evoca a nuestro Señor.

No era un espectáculo de emoción fácil. Ni era sentimentalismo. Diría que era algo más hondo: era una rendición.

La rendición de las murallas interiores. Jericó no fue solo una ciudad: Jericó es el corazón que se defiende. Jericó es el cinismo. Jericó es el “yo no necesito a nadie”. Jericó es el “no hay salida”. Y entonces, de algún modo, suenan dentro las trompetas: yo creo firmemente que al menos una vez en la vida, las trompetas de Jericó resuenan en el corazón del hombre.

Actualmente vivimos inmersos en el impacto de una ola de desesperanza que arrastra y enferma a nuestra sociedad: consumo en las calles y en las pantallas, desaliento en las relaciones, feísmo en la manera de tratar el cuerpo y el tiempo. Y más que nunca se vuelve urgente la misión de mostrar la Belleza. No porque lo bello sea un lujo, sino porque lo bello es alimento.

Si renunciamos a la fuerza regeneradora de lo sublime —tan gratuito y, a ojos del mundo, aparentemente inútil—, estamos abocados a la desertificación del espíritu.

El arte, la música, la vida misma cuando se mira de verdad, nos ponen en comunicación con el Misterio —y no, no es un fenómeno paranormal—. Y es esperanzador y precioso saber que el Misterio es lo más verdadero y, por tanto, lo menos “misterioso”: no es oscuridad, es profundidad, intimidad…

No olvidemos nunca que la victoria sobre obstáculos aparentemente imposibles de nuestra vida vienen de Dios y no de nuestra fuerza humana. Esta realidad es un regalazo, pues no humilla al hombre, lo libera.

Nos libra de la mentira de que todo depende de nosotros. Nos libra de la desesperación cuando no podemos más. Nos libra del orgullo cuando creemos que ya lo hemos logrado. Nos coloca en la verdad: somos frágiles, sí; pero amados. Somos capaces de caer, sí; pero también de levantarnos, porque Otro nos sostiene.

Por eso no perdamos nunca la esperanza. Dios tiene sus tiempos y sus maneras de derribar murallas.

Y después de haber visto en estos últimos días el brillo de la esperanza en muchos ojos, me atrevo a repetir aquello que perdura, aquello que atraviesa los siglos: “yo creo firmemente que al menos una vez en la vida, las trompetas de Jericó resuenan en el corazón del hombre”.

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