Este tema merece ser tratado independientemente porque existen dos tendencias extremas a su respecto, ambas nocivas. Una de ellas cree que basta encontrar un número suficiente de hombres inteligentes y provistos de «espíritu técnico» para que se puedan solucionar todos los problemas y la otra, sin llegar a despreciarlo del todo, tiende a dejar de lado el «espíritu técnico» creyendo que basta con «buena voluntad».
El espíritu técnico sin duda es necesario. El desarrollo requiere una acción correcta, es decir según las normas de la moral pero también según las reglas de la técnica.
Si un experto en moral pero lego en medicina, aún estando en estado de gracia, llevara a cabo una operación de apendicitis, es más probable que la misma salga mal que si hubiera sido efectuada por un hábil cirujano pagano, pues carecería de los necesarios conocimientos técnicos. (Pero si el cirujano además pidiera humildemente a Dios que lo ilumine y dirija su mano, el éxito sería aún más probable).
Es necesario pues el espíritu técnico: esforzarse por ver la realidad tal cual es, tener un criterio objetivo y desapasionado, actuar enérgica y eficazmente.
Pero ello también tiene sus límites. Como consecuencia del pecado el hombre tiende al abuso aún de lo bueno. En este caso puede llegar a idolatrar su propio esfuerzo, la objetividad científica puede convertirse en una concepción del hombre como mero miembro impersonal de una sociedad -un número de ficha, un elemento más para las estadísticas- y el afán de eficacia puede llegar a tal punto que distorsione el sentido del trabajo y afecte al trabajador.
Es necesario actuar con premeditación y cálculo, buscando inteligentemente el mejor camino para el éxito, pero el hombre que quisiera hacer todo «con cálculo» dejaría de ser humano. También hay que tener generosidad sin cálculo, actuando gratuitamente, sin esperar «resultados»: ni éxito ni gratitud.
El mal nadador que se tira al agua para salvar al hombre corpulento que intenta suicidarse, aunque «lógicamente» no tenga éxito, no por eso ha dejado de contribuir al acervo moral, al desarrollo de la sociedad.
Es decir, el «espíritu técnico» es bueno, pero peligroso. Como dijo Pío XII, que dedicó prácticamente todo el Mensaje de Navidad de 1956 a este tema: «No es que la técnica de suyo exija la negación de los valores religiosos, pues más bien conduce a descubrirlos, sino que ese espíritu técnico pone al hombre en condiciones desfavorables para ver, aceptar y buscar los bienes sobrenaturales».
“…Y dominad la tierra”, Siervo de Dios Enrique Shaw.







