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Geopolítica educativa (X)

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El santo no es aquel a quien ha tocado sufrir, sino quien sabe sufrir. Hay sufridores que por más que parezcan santitos, no saben llevarlo. El santo no es quien sufre, pues, sino quien sufre bien. “Bien” significa, ante todo, darle mirada de eternidad, cogidos a la Cruz de Jesús. “Bien” comporta no sobrecargar el propio sufrimiento (aquel que Dios nos da con carácter personal e intransferible) sobre quienes se tiene alrededor. “Bien” implica tratar de sacar (aunque las más de las veces no se consiga) bien del mal.

Sufrir, sufrimos todos. Pero pocos convierten el sufrimiento en escalera al Cielo. Dentro de los creyentes en un Ser supremo, podemos destacar los que han logrado descubrir en su sufrimiento una oportunidad de oro para caminar en presencia de Dios todos y cada uno de los momentos del día y de la noche junto con su Hijo Jesús, unidos a su Cruz; y otros que saben sostenerlo solo con dignidad.

Si bien todos, de una u otra manera, sufrimos, hay algunas almas especialmente elegidas por Dios para co-redimir el pecado que hay en el mundo. Y hay personas de una talla excepcional que no conocen o están de alguna manera lejos de Dios, pero saben encontrarle al sufrimiento fuente de sentido del humor y de forjarse una sana autoestima, lo cual es admirado por propios y extraños como una fuente inagotable de resiliencia que saben contagiar a su alrededor. Y eso será tanto más heroico cuanto menos se note. “Cuando ayunes perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt 6,17).

Dar la cara

Ante el sufrimiento, si bien es lícito y sano evitarlo, no hay que dejarse bloquear por él, de la misma manera como recomiendan los buenos psicólogos que no hay que huir del miedo. El miedo está puesto a menudo (aunque a primera vista no se advierta) para que reconozcamos en él nuestras miserias. Así, mirándole al miedo a la cara, muchas veces es posible descubrirnos y reconstruirnos heridas abiertas por algún trauma actual o pasado, o en alguna inseguridad personal producto de nuestra escala de valores que en ocasiones choca frontalmente con la del mundo. No olvidemos que el miedo a veces nos avisa, pero comprendamos lo que quieren hacernos comprender los psicólogos al afirmar que el noventa por ciento de los sufrimientos que nos aturden, son infundados; eso es, fruto de nuestra imaginación. Y ahí está el verdadero problema, que demuestra una profunda lacra en nuestro sistema educativo desde que nacemos hasta que morimos.

Miedo, tenemos todos. Pero una cosa es tenerle miedo a un tigre y otra evitar dar la mano a quien consideramos contrario a nuestros intereses, aunque muchas veces nos equivocamos al valorarlo. Pues lo que determina la resolución del miedo no es centrarnos en lo que nos sucede, sino en nuestra concepción de lo que nos sucede; así nos será más fácil superar el miedo. En este sentido, la actitud lo es todo, si bien sabemos que, con una buena actitud, el éxito no está asegurado, pues será determinado por un conjunto de variables, internas y del entorno, tanto si las amenazas son reales como imaginarias.

No debemos dejar que el miedo nos paralice. Antes bien, debemos tenerlo amarrado. Como todo, el miedo se educa, se palia y se trata con una oportuna educación emocional, que si es buena, enseña a gestionarlo y hasta a sacarle partido para el autoconocimiento y el del entorno, ofreciendo herramientas útiles para ello. Más aún, una mala educación emocional suele deformar la conciencia.

Ciertamente, el miedo puede ser útil porque nos advierte de dónde está el problema. Lo importante es detectarlo y actuar en consecuencia, con consciencia y determinación, a veces heroicamente. Un miedo bien controlado puede ser una bendición. Todos tenemos miedo; no es en sí ni bueno ni malo: depende de nuestra respuesta. Eso sí, cuando se convierte en patológico, hay que tratarlo, para lo que puede ser útil un profesional, que nos ayudará a encauzarlo.

¿Querer es poder?

Y del miedo al éxito. Afrontando el miedo podremos descubrir que el verdadero éxito no es ser supermán, sino llegar a ser nuestra mejor versión, lo cual, si no se quiere alcanzarla, difícilmente la alcanzaremos. Por eso, “querer es poder”, pues siempre (a menos que consigan manipular nuestra conciencia con una inteligencia artificial, lo cual es muy cuestionable) tendremos la oportunidad de elegir la respuesta que le damos a un estímulo. Y eso se educa. Sin embargo, es casi nula la inteligencia emocional que nos ha sido formada por la educación que recibimos, también en la actualidad.

Entendámonos. No siempre vamos a conseguir volar con solo imaginarlo (al menos con los sistemas actuales), pero luchando por conseguirlo, siempre conseguiremos mucho más de lo que disponemos, y en ocasiones muchísimo más de lo que disponíamos en el puerto de partida. En el ejemplo de volar, por ahora no hemos conseguido volar físicamente con solo imaginarlo, pero sí hemos conseguido llegar a la luna. Ese es un caso paradigmático del “querer es poder” aplicado a nivel social (lo cual comenzó a nivel personal, con una imaginación que afrontó el miedo).

“Si vuestra fe fuera como un grano de mostaza (…) nada os sería imposible”, “Todo es posible para el que cree”, afirma Jesús (Mt 17,20; Mc 9,23). Pero atención: si la educación no nos lo enseña, por más que oigamos llover, nuestra alma no se empapará. Sin enseñar a aprender, por más que enseñes, nadie aprenderá; antes es el aprender a pensar que a recordar. Podemos recordar muchas guerras para poder conocerlas, pero jamás aprenderemos a tejer la paz si no pensamos que la guerra es un fracaso. Así que educa, pero no impongas, so pena de provocar el miedo. Lo desarrollaremos en el próximo capítulo.

Geopolítica educativa (IX)

Twitter: @jordimariada

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