Llamas, ufano y contento, a un organismo de Iglesia, donde no se aclaran con tantos números de teléfono, haciéndote perder tiempo arriba y abajo −y tu alegría−. Una señorita peripuesta cuarentona te agarra el oído por donde más suena y, con su punzante voz de niñita mimada y harta de la vida, te escupe jadeando y vergonzosamente agresiva una sentencia digna de ser figurante en los anales de la historia por venir: “No es aquí, es allá, yo soy la secretaria de presidencia, y no tengo tiempo para…”; y como se da cuenta de que está hablando de más, se calla y te manda a otro número de teléfono. ¡Qué salada, la nena! ¡Qué gordo le va el cargo!
Hay −lo sabemos− secretarias y secretarias. La nuestra es una que prolifera a día de hoy, en que el ego se imprime a fuego lento y a veces rabioso como marchamo de la propia identidad. Esa secre que nos ocupa −ya se ve− no tiene tiempo para menudencias, ella va a por el pez gordo… pero de camino al gordo pierde el gordo y mucha pesca. −Y la pesca que pierde, después de perder ella muchas oportunidades a modo de otras secretarias como la que mostramos aquí y que todas ellas pretenden aparentar supuestos para la “nueva presidencia” que nos viene, uno se pone de mal humor y acaba por perder la paciencia y sin saber ya dónde mirar, para hacer algo de bien en este mundo nuestro que de tanto mirarse se está perdiendo−.
O sea… que para la secre de presidencia de un organismo de Iglesia, porque nadie en su casa (ni ella) te da un teléfono pertinente y correcto, eres, así, sin siquiera conocerte, un estorbo. Ese es, pues, el poder del mal ejemplo que estamos dando como Iglesia, y motivo por el cual muchos de los que se acercarían a nosotros huyen como de la tinta china, que ensucia, y además persiste.
Así que: “¡Aquí no es!”, “Aquí, tampoco!”. ¡Claro que ni la secre ni sus circundantes planetas tienen tiempo para ti ni para nada más! Así deben de funcionar todos los cometidos encargados por Su Excelencia la Presidenta, multiplicando los procesos y las operaciones a hacer por doce o por cien… Pero, ¿de quién es la culpa? ¿Tuya o “de presidencia”? ¡Pongan orden en su casa, señores, que es su sala, no la mía! Que no tengo que pagar yo (ni los que me preceden ni los que vendrán detrás de mí) el pato que se cocinan ustedes entre cuatro monigotes que van de jamón pata negra con su etiqueta de postín, tanto, que cuando te presentas como comunicador de lo que toca, te saltan con una mofada como la que sigue: “¡Aquí, comunicadores lo somos todos!”. ¡Pues sí! ¡Vamos todos a comunicar, porque, por lo visto, de tanto comunicar, no nos entendemos… ni entre los que en principio “somos Iglesia”! ¡Cuánto hipócrita anda suelto!
Ya lo vemos. Muchos de entre nosotros dan mal ejemplo por actuar con su centro en su ego (ver mi artículo del Viernes Santo): unos, con su cortura de miras, otros como el azúcar refinado, que de tanto refine pierde gran parte de sus propiedades alimentarias y hasta edulcorantes. Así que, dándose una vuelta por las líneas telefónicas de los organismos de la propia Iglesia, uno puede tomar el pulso de lo afectada y mal hilvanada que tenemos la geopolítica educativa que decimos que pedimos porque la merecemos, pero que quizás no la merecemos tanto, ni tan solo nosotros mismos sabemos comunicarla, en nuestra propia casa.
Por ello, está claro que por nuestra casa deberíamos empezar, no solo para ahorrar, sino sobre todo para aquello de lo que se trata, que es llevar −con nuestras palabras y nuestras obras− la Buena Nueva al mundo. Si yo me escandalizo, ¿qué pensará un descreído agresivo? ¿O, con toda la lógica del mundo, se enfrentará a la secre y al presi… y por ellos vomitará en la puerta de la primera iglesia con que tropiece? No es de extrañar, cada uno tiene lo que se merece: según siembra, recoge, y si no, desparrama (Lc 11,23). Unos cocinan y otros tragan (incluso gratis, y a la fuerza). Y cuando a base de tragar los acostumbramos a llenarse el papo, cuando les falta manduca, revolucionan el gallinero. Por eso, como hay pocos que cocinan bien, hay hoy tanto revoltoso, que se autoconsume y se pudre con cuanto toca, y en tanto vomita intoxicado.
¿Qué nos espera? No lo sabemos. De momento, hagamos de tripas corazón, y recemos (¡pero pongámonos por obra!) para que más pronto que tarde cada uno de nosotros sepa reconocer su lugar y su obrar en el mundo, en consecuencia con la fe que decimos que profesamos. Como decía Miguel de Unamuno, “hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento”. Pues mucha culpa de cómo va nuestra fe hoy día (dentro y fuera de nosotros mismos y de nuestra Iglesia) la tienen nuestras obras, eso es, nosotros, a consecuencia de vivir contemplándonos nuestro ombligo, y así narcotizarnos el ego. De esta manera, como vemos, la Iglesia no es ni entendida ni reconocida como lo que en verdad es: Sacramento del Padre. ¿Cómo van a ver al Padre si así ven a sus hijos? Huyamos del ego. ¡Amémonos!
Geopolítica educativa (XVIII) – Ser, vivir, amar
Twitter: @jordimariada
La fe no se pierde solo fuera: también se desgasta dentro, en los pequeños gestos. Compartir en X








