fbpx

Geopolítica educativa (XVIII) – Ser, vivir, amar

COMPARTIR EN REDES

¿Qué es primero: ser o vivir? Yo, si quieres que te diga la verdad, no lo sé. En realidad, depende de por dónde se mire. Si se mira por el vivir, este existe gracias al ser. Si se mira por el ser, ¿acaso el ser no procede de la vida? Por tanto, no nos quedemos en la propia viga queriendo encontrarle con lupa la pajita en el ojo al hermano. Pues todos sabemos que la educación es la que favorece y puede determinar una u otra visión, y a menudo la nuestra adolece. Ya afirmaba Aristóteles: “Educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto”.

No es moco de pavo. Están surgiendo voces que en principio parecen “expertas” de esas que esparcen hoy los nuevos medios −algunos tan fake− tratando de colar ingenierías culturales por tierra, mar y aire. Algunas de esas voces gritan que hay que dejar volar el corazón para que se alce por encima de la razón, que la razón es un marchamo cristiano que hay que erradicar. Es −evidentemente− un griterío que procede de las catacumbas del Infierno, desde donde Pedro el Botero pretende cautivar la mente humana seduciéndola en nombre de su dignidad, orgulloso de ser el generador de todo ser poderoso animado por los dioses inventados por los hombres y las mujeres también. Y cautivados por su media verdad, les arranca de cuajo su dignidad.

“Amoris Laetitia” de Francisco, sentencia: “Es preciso que el camino espiritual de cada uno −como indicaba Dietrich Bonhoeffer− le ayude a ‘desilusionarse’ del otro, a dejar de esperar de esa persona lo que solo es propio del amor de Dios. Eso exige un despojo interior” (n. 320). Observamos, ahí, que el corazón es imperfecto, pues imperfecta es la vida, como impotente es el amor… cuando se separa del Amor. El amor lo puede todo, pero solo si está amarrado a la Verdad que solo puede provenir de Dios. Y la Verdad se encuentra en el trato con Dios, en libertad. Dejemos volar, pues, al corazón atentos a la voz que nos susurra que “necesitamos invocar cada día la acción del Espíritu para que esta libertad interior sea posible” (ibíd). Solo así conseguiremos una vida lograda… salvaguardando, impulsando y desarrollando nuestra dignidad en actos concretos.

Las tres hojitas del trébol

Así pues, esos que nos ocupan son tres aspectos distintos, pero íntimamente relacionados: el “ser” es aquello que da aliento a toda vida; la “vida” es la que nos posibilita poder expresar el “amor”. Observamos, en esta síntesis, que ser, vivir y amar son tres hojas inseparables de la conformación de un mismo espécimen, cuya significación bebe de una nueva expresión de la voluntad del Creador. Pero es importante destacar que, en la raíz de esa expresión, la que gobierna el espécimen (la persona) es el ser (alma), lo cual es ejecutado gracias a la vida (razón), si bien alimentada por el amor (corazón).

Enumera la Iglesia como tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad, donde la voluntad es la que ejecuta y concreta la acción, que a su vez es la que santifica a la persona; nuestra Madre Iglesia las presenta relacionándolas de alguna manera con la enseñanza de santo Tomás en su Summa Teológica, donde afirma que las tres potencias son vegetativa, sensitiva y racional, entre las cuales la que gobierna al alma es la racional.

Nosotros no nos encallemos en la teoría −destinada a los teólogos−, sino observemos que entrambas visiones enlazamos nuestra interpretación de la realidad. Pero, con todo, no olvidemos que, como afirma Catalina Hoffmann, experta en entrenamiento cerebral: «Cuando la mente no puede gestionar lo que siente, manda un aviso al cuerpo». Deviene entonces lo que denominamos “crisis”. Y una crisis puede ser portadora de destrucción o bien de recomposición; pues cabe destacar la capacidad innata del ser de reinventarse, probada por la psicofisiobiología actual, que demuestra que nuestro cuerpo y nuestra mente, con las condiciones adecuadas, se regeneran.

Un paso más

Una vez el cuerpo y la mente se regeneran, si entra en acto la voluntad, despiertan, de modo que el ser humano advierte la sublimidad del amor, que se encuentra en el servicio. Un servicio que −sea físico, intelectual o moral− tantas veces es instrumentalizado al propio favor, pero que o es altruista o no es servicio; pues todo servicio que sea digno de tal calificativo debe ser, ante todo, desinteresado. Un servicio por interés no es servicio, es interés, negocio pronóstico de autoafirmación.

Hablábamos en nuestro anterior capítulo de aquella serie de pretendidos “servidores públicos” que gustan de esta etiqueta sin que el contenido del envase sea de calidad. Y es que en política también se da −y mucho, como vemos− la sinrazón del sinsentido. Pareciera que los políticos se distinguieran entre sí por dos parámetros básicos: “amigos” y “enemigos”, “buenos” y “malos”; y eso es una entelequia para posicionar mejor su producto en las estanterías del súper, con la información de las etiquetas manipulada. Es un tic de la modernidad, en que las democracias que sufrimos son dictadura disfrazada por los que gran parte de la ya sometida y así manipulada opinión pública considera ya “los elegidos”, aunque esos mequetrefes desvían la mirada y fingen no considerarse como tales, pero en realidad, de eso van y se las dan, despreciando a la plebe del burdel… que acaba por ver solo buenos y malos en su realidad cotidiana, y con esta visión actúan, creyéndose todopoderosos, pues replican lo que imitan de los “elegidos” (con lo que se lo consideran también).

Así las cosas, como decimos, no es de extrañar que el producto final sea pura adulteración, pues no servimos a Dios, sino al dinero… a costa de nuestros hermanos, disfrazando el osito de peluche como “superación personal”, cuando en realidad lo que es es festín de ver quién se come a quién. Luego nos extrañamos (hipócritamente, por tanto) de que “Dios no nos da” lo que le pedimos; pero lo que sucede en realidad es que no cumplimos con su Ley. Y aquí no vale colocarse en el pedestal de la virtud, pues todos (los católicos también) somos pecadores. En consonancia, hay que recordar que los dones de Dios (encauzados y también activados por nuestras potencias) vienen normalmente condicionados por nuestra actitud: si nos portamos bien −resumiendo, si hacemos lo que nos toca hacer, eso es, el Bien−, por sí solo el Bien viene a nosotros, como con un imán. No es preciso forzar el Bien para que nos enriquezca, puesto que por sí solo el Bien es riqueza. No la riqueza que da el mundo, sino la que da Dios, que siempre es y será en la Cruz, y repele al polo opuesto.

El amor-acción

Profundicemos. Remarquemos que el amor no es solo un sentimiento, sino sobre todo acción, expresada y tejida por detalles concretos, no por palabras vanas ni acciones interessadas. Por eso no hay que exigirlo, pues cada uno lo vive a su manera y según su memoria, entendimiento y voluntad. El amor nunca se acaba, siempre puede darse más, se retroalimenta. El amor que no se alimenta a sí mismo para el darse al otro en un ciclo permanente, sino que es manipulado para que “enriquezca” a uno mismo y ahí se quede, no es amor, es negocio.

Pero en todo hay matices. Y los matices en el amor vienen dados por su propia idiosincrasia. Al ser una acción, el amor siempre puede “negociarse”, no en su esencia, sino en su expresión, que −insistamos, porque hay quien se escaquea− debe ser concreta. Es el caso de la repartición de tareas en un hogar, que debe ser explícita y justa, sin que para nadie suponga la descarga de una obligación, pues por encima está la misión, y la de todos los miembros de la familia es hacer crecer el mutuo amor basado y alimentado por el Amor de Dios. De no ser así, envanece y mata miembro a miembro, hasta que mata la familia entera.

Ese amor-acción puede ser −como hemos visto en otras ocasiones− de muchos tipos: paterno, materno, fraterno, de pareja, esponsal, social…, pero en todos ellos tanto el origen como el objetivo es la persona, en su calidad de hombre o mujer. Todo lo que trastoque estas condiciones corrompe la esencia del amor, como en el caso paradigmático del manipulador narcisista, que pretende que moviendo su batuta toda la orquesta suene en su favor y para su propio deleite. Caso que en alguna ocasión el manipulador (experto en disfrazar el amor) consiga con sus artes seductoras corromperlo, siempre habrá una ocasión posterior en que reclamará el reconocimiento a ser el maestro de ceremonias al que se debe respeto por haber ofrecido, en su momento, aquella ayuda pretendidamente desinteresada. He ahí la importancia de la educación, que orientará el alma hacia un sentido u otro. He ahí la geopolítica educativa que reclamamos en esta serie, una geopolítica tan necesitada por todos y tan poco aprendida, y por tanto, tan poco practicada.

“Que tu vida no sea una vida estéril. —Sé útil. —Deja poso. —Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor (…)” (Josemaría Escrivá de Balaguer. Camino. N. 1). Ama. A Dios primero, y a tu hermano después.

Twitter: @jordimariada

Están surgiendo voces que en principio parecen “expertas” de esas que esparcen hoy los nuevos medios −algunos tan fake− tratando de colar ingenierías culturales por tierra, mar y aire. Compartir en X

¿Te ha gustado el artículo?

Ayúdanos con 1€ para seguir haciendo noticias como esta

Donar 1€
NOTICIAS RELACIONADAS

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Rellena este campo
Rellena este campo
Por favor, introduce una dirección de correo electrónico válida.

El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.