La reciente guía distribuida por el Ayuntamiento de Barcelona a los centros educativos titulada “Orientaciones para los centros educativos durante el Ramadán” no puede pasarnos desapercibida.
Tiene el objetivo de que los colegios dispongan de “información rigurosa sobre la festividad islámica del Ramadán y sobre los derechos del alumnado musulmán, ya que la escuela es un espacio clave de convivencia, igualdad y reconocimiento de la diversidad” y facilitar así que los alumnos musulmanes puedan cumplir el Ramadán en horario escolar.
Además de invitar a los centros a aprovechar ese periodo para explicar en clase qué es el Ramadán, para “evitar estereotipos, prevenir situaciones de discriminación y garantizar un trato equitativo al alumnado”, el documento hace una serie de recomendaciones generales para facilitar la convivencia.
Pide, por ejemplo, que los docentes tengan en cuenta que los alumnos que ayunan pueden sentirse más cansados o tener menor capacidad de concentración. Sugiere flexibilizar determinadas actividades, especialmente en educación física. Incluso plantea que aquellos estudiantes que no comen durante el día puedan permanecer en espacios tranquilos durante el tiempo de comedor para evitar tener que estar viendo comer a sus compañeros.
Citando la Ley 26/1992 indica que “el alumnado musulmán puede quedar dispensado de asistir a clase y de realizar exámenes los viernes entre las 13:30 y las 16:30 para la oración colectiva y durante determinadas festividades religiosas, entre ellas el día del Aid al-Fitr, que marca el final del Ramadán”.
Leídas aisladamente, estas recomendaciones podrían interpretarse como simples gestos de convivencia cultural. Pero cuando se observa el contexto general surge una pregunta inevitable: ¿por qué las instituciones públicas se movilizan con tanta diligencia para acompañar determinadas religiones mientras la mayoritaria en España es sistemáticamente arrinconada?
¿Una guía para la Cuaresma?
Conviene hacerse una pregunta muy sencilla: ¿alguien imagina al Ayuntamiento de Barcelona publicando una guía para los colegios sobre cómo acompañar a los alumnos durante la Cuaresma?
Una guía que explicara el sentido del ayuno cristiano, que recordara los motivos de la abstinencia de carne los viernes o que animara a los centros a tener en cuenta ese tiempo litúrgico en la vida escolar. ¿Alguien imagina lo que se diría de cualquier Ayuntamiento o Comunidad Autónoma que se atreviese a hacerlo?
No ocurrirá. Y no porque todos los alumnos ya lo conozcan. No es así. España en general —y Cataluña en particular— son ya sociedades profundamente secularizadas. Si se hiciese una encuesta entre los escolares muchos sabrían lo que es Halloween o incluso el Ramadán, pero difícilmente sabrían explicar qué es la Cuaresma o el Adviento, por poner dos ejemplos.
Una tendencia más amplia: nueva normativa de comedores y menú Halal en Ceuta
La guía del Ayuntamiento de Barcelona no es un hecho aislado. Coincide en el tiempo con otra decisión, esta vez estatal, que apunta en la misma dirección: el nuevo Real Decreto 315/2025, que desarrolla la Ley 17/2011 de seguridad alimentaria y nutrición y establece criterios obligatorios para los comedores escolares en España.
Aprobada en abril del 2025 y de aplicación a partir del mes que viene (abril del 2026) obliga a contemplar menús alternativos no solo por motivos médicos —algo perfectamente razonable y que ya se hace en todas las escuelas— sino también por razones éticas o religiosas.
Nadie discute la necesidad de adaptar la alimentación escolar cuando existe una alergia o una intolerancia. Pero convertir un comedor escolar en un espacio donde deban multiplicarse las dietas en función de gustos, modas alimenticias, convicciones religiosas o ideológicas es otra cuestión.
En los centros públicos de Ceuta y Melilla, por ejemplo, ya no tendrán ese problema. Algunos contratos de comedor ya han incorporado obligatoriamente carne halal y han eliminado el cerdo para todos los alumnos.
Recientemente la Comunidad de Castilla La Mancha ha cambiado las denominaciones de “vacaciones de Navidad” y “vacaciones de Semana Santa”, por “descanso del primer trimestre” y “descanso del segundo trimestre”.
Los hechos muestran tozudamente que mientras se promueve una religión se margina otra. La religión católica, que ha configurado durante siglos nuestra cultura, es perseguida y progresivamente arrinconada en nuestras escuelas, etc.
El caso de la asignatura de religión
Cada una de las leyes educativas desde la LOGSE –que convierte la asignatura de Religión de obligatoria en optativa– a la LOMLOE, han supuesto pasos decididos en la marginación de la asignatura de religión con la clara intención de hacerla desaparecer del sistema educativo.
A pesar de esos esfuerzos, es elegida cada año por unos 3 millones de alumnos un 60% en primaria y un 55% en secundaria. Sólo en los centros estatales es elegida por un 45% llegando al 90% en los concertados y un 70% en los privados.
Sin el conocimiento que aporta esta asignatura –que no es ni una catequesis ni un espacio de evangelización– resulta muy difícil conocer una parte fundamental de los fundamentos que han configurado la civilización occidental y tener las necesarias claves interpretativas del mundo que nos rodea.
El riesgo de olvidar quiénes somos
Estos elementos forman parte de un proceso más profundo denunciado, entre muchos otros, por Alicia Delibes en su libro El suicidio de Occidente. La renuncia a la transmisión del saber. Delibes advierte de que Occidente ha comenzado a desmontar voluntariamente los mecanismos que durante siglos permitieron transmitir su cultura de una generación a otra.
Con un carácter más general, autores como Roger Scruton, Douglas Murray o Samuel Huntington han alertado en sus escritos del riesgo de que una civilización pierda su continuidad si deja de amar y transmitir su propia herencia cultural.
La combinación de una inmigración descontrolada con regularizaciones masivas y la pérdida de la propia identidad cultural genera un vacío que otras culturas ocupan por sustitución y eso incluye en muy buena medida a la fe.
Porque cuando una civilización deja de transmitir lo que es, tarde o temprano alguien acabará ocupando ese lugar. Sin transmisión del saber no habrá conocimiento. Sin tradición no habrá patria. Sin una cultura común no habrá nación.









