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Hacer, renacer…¡Despertar!

Das amor, luchas por la Verdad, trabajas a conciencia. Un día, así, sin más, te das cuenta de que por poco que hagas recibes, de manera que cuanto más haces, más recibes, en sinergia, haciendo y recibiendo a la vez, lo cual te afianza y te hace crecer cada vez que haces y recibes. Observas que esto te sucede no solo con la lectura espiritual y otras prácticas religiosas, sino con toda tu vida de cristiano. Te llena. Te inflama. Te crece. Ya te dijo Jesucristo que perder es ganar alabando la limosna de la rica viuda pobre (Mc 12,41-44). Dios mira tu intención y tu sacrificio.

¿Qué está sucediendo? Estabas perseverando en tu esfuerzo sin sentir nada más que hastío, sí; un día te sentías esclavo y otro esclavizado; pero, de repente, al estar cumpliendo con tu obligación, sin comerlo ni beberlo, te sientes inflamar por el Espíritu y prorrumpes en cantos de alegría. Te sientes vivo y exclamas: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!” (Mt 21,9). No es porque sí. Es porque te sientes renacer.

Es entonces cuando recobras el ánimo y te enriqueces: te sientes rico. Y cuanto más pobre eres, ¡más rico te sientes! Eso te inflama el ánimo de tal forma que no solo te sientes curar el alma, sino todo tu ser, que es cuerpo, mente y alma. También te lo asegura Jesucristo: “Al que tiene se le dará, y al que no tiene incluso lo que piensa tener se le quitará” (Lc 8,18).

Míralo con los ojos del mundo, y también por él verás que realmente vale la pena serle fiel a tu Creador. Así reza el poeta del Renacimiento italiano Dante Alighieri: “El secreto para que las cosas sean hechas está en hacerlas”. ¿No es, por ventura, lo que te sucede? Creías que te vaciabas, que lo habías dado todo y nada te quedaba…, y ahora te sientes vivito y coleando.

Y eso es, más bien más que menos, lo que el Nazareno te aseguraba. Tú te habías desmoralizado ante tanta contradicción. Habías dudado de la Palabra de tu Señor, y ahora Él te corrige: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas!” (Lc 24,25). En efecto, eso era lo que tu Redentor te susurraba al oído: ponerte a caminar hacia el norte que te marca la fe sin desánimo y sin quejas, dando alegría y poniendo paz, dar sin esperar nada a cambio, ¡para recibirlo todo! Esperar la resurrección post mortem, después de la muerte. Eso es… ¿cómo lo dirías?… Algo así como… renacer. Más bien ¡despertar! Dios, tu Creador, te ha sido fiel. Ahora, ya sabes: recomienza. Así es la vida: un continuo hacer-renacer-despertar. Hasta el Cielo. Allí descansarás.

 

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