Joaquín García-Huidobro: «Algunos lo han hecho por cobardía otros por comodidad, pero el resultado es el mismo, la difusión de un cristianismo insípido.»

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¿Qué significa ser cristiano cuando el mundo que nos rodea ha dejado de serlo? Durante generaciones, buena parte de los creyentes occidentales vivieron protegidos por un entramado de costumbres, leyes, instituciones y referencias culturales que facilitaba la transmisión de la fe. Ese «manto protector» se ha ido deshaciendo y muchos cristianos contemplan con desconcierto una sociedad en la que creer ya no es lo normal y, en ocasiones, ni siquiera resulta fácil.

Joaquín García-Huidobro cree que esa situación, pese a sus dificultades, no tiene por qué contemplarse únicamente como una desgracia. Profesor titular del Instituto de Filosofía de la Universidad de los Andes (Chile), columnista político de El Mercurio y autor de dieciocho libros, acaba de publicar en Rialp Cristianos en un mundo menos cristiano, un breve ensayo en el que propone mirar menos obsesivamente hacia los males del mundo y preguntarnos también qué clase de cristianos somos nosotros.

Su diagnóstico está lejos tanto del optimismo ingenuo como del derrotismo. Las crisis de la Iglesia terminan resolviéndose, sostiene, pero eso no constituye una invitación a cruzarse de brazos. El catolicismo puede perder su fuerza cuando se acomoda y se convierte en un cristianismo «insípido», pero la respuesta tampoco consiste en sustituirlo por una militancia agria y permanentemente enfrentada. García-Huidobro reivindica algo mucho más difícil: «la valentía de la moderación».

En esta entrevista hablamos de una Iglesia que siempre ha convivido con las debilidades de quienes la forman y la dirigen; del peligro de adaptar la fe hasta reducirla a una «filantropía muy poco atractiva»; de la tentación de convertir a los católicos en un gueto o una tribu urbana; del compromiso con las realidades temporales sin absolutizarlas; y de la necesidad de recuperar comunidades verdaderas en una sociedad que nunca ha hablado tanto de comunidad mientras sus integrantes viven cada vez más aislados.

Sobre todo ello he hablado con Joaquín García-Huidobro a propósito de Cristianos en un mundo menos cristiano.

1. Hoy se habla con frecuencia de una Iglesia en crisis, pero en el libro recuerda que, de un modo u otro, siempre ha sido así y escribe que «todas las dificultades históricas de la Iglesia tienen algo en común: siempre terminan resolviéndose». ¿Es esta constatación un motivo fundado para la esperanza o existe el riesgo de que se convierta en una actitud paralizante, que lleve a pensar que los problemas acabarán solucionándose por sí solos?

Uno podría pensar que estamos ante el mismo problema que enfrentaron los marxistas hace un siglo: si el advenimiento del socialismo es inevitable, ¿para qué trabajar por hacerlo posible? Sin embargo, nuestro caso es distinto. Es verdad que las crisis se solucionarán, pero a cada uno de nosotros se nos pedirá cuenta acerca de lo que hicimos al respecto. Quien permanece pasivo hace un pésimo negocio. Sería ridículo que alguien le dijera a Dios: “Como confiaba mucho en tu providencia decidí no hacer nada”.

2. La Iglesia no es un club cerrado y en ella tienen cabida todos: «nuestro peor enemigo, los criminales, los ambiciosos, los tontos y los hipócritas». Incluso añade que no puede descartarse de antemano que algunas de estas personas lleguen a ejercer cargos dentro de la propia Iglesia. ¿Cómo debe afrontar la comunidad cristiana la presencia de esa «gente indeseable» sin caer ni en la ingenuidad ni en la tentación de expulsar a quienes también están llamados a la conversión?

Vamos por partes. En algunos casos muy excepcionales, la jerarquía de la Iglesia puede recurrir a la excomunión, que no es una expulsión de la Iglesia, sino una medida medicinal. Ahora bien, como ni usted ni yo tenemos semejante poder (afortunadamente), necesitamos la astucia de las serpientes y la mansedumbre de las palomas. En todo caso, lo decisivo no es que determinadas personas estén o no estén en la Iglesia visible, sino que la gente encuentre a su alrededor a un buen número de cristianos que, más allá de sus deficiencias, se toman en serio su fe.

3. En el libro califica el catolicismo aburguesado como «una sal que, a fuerza de acomodarse a los gustos del mundo, ha perdido su sabor» y sostiene que la fe ha perdido buena parte de su carácter provocador. ¿Nos hemos acomodado por miedo al rechazo o, sencillamente, por comodidad? ¿Cómo podemos recuperar el carácter provocador de Cristo sin caer en la confrontación por la confrontación, pero sin rehuir tampoco los conflictos que inevitablemente provoca la fidelidad al Evangelio?

Algunos lo han hecho por cobardía, otros por comodidad, pero el resultado es el mismo, la difusión de un cristianismo insípido. En todo caso, como usted lo insinúa en su respuesta, la solución no es adoptar una actitud provocadora. Hoy tenemos que tener la valentía de la moderación. Sería absurdo que pretendiéramos reemplazar el narcisismo woke por uno que busca defender la herencia cultural cristiana de una manera agria, destemplada. Los medios que empleamos tienen que ser coherentes con los fines que nos proponemos.

4. Hay un tipo de catolicismo que parece reducir su preocupación a los problemas materiales y sociales, relegando la evangelización. Pero también existe el extremo contrario: una fe que habla de Dios y de realidades elevadas como si las cosas de la tierra fueran irrelevantes. Sin embargo, la cultura y el sistema económico condicionan profundamente la vida de las personas, y tanto el socialismo como el capitalismo pueden dificultar en la práctica una existencia verdaderamente cristiana. ¿Qué falla en cada una de estas dos posturas y cómo puede el cristiano evitar tanto el materialismo como un espiritualismo desencarnado?

Se han dado muchas respuestas a esta pregunta. Recomiendo leer la que dio a comienzos de la década de los noventa Juan Pablo II en Centesimus Annus. Allí distingue los sentidos en los que podemos entender la economía libre y muestra que hay alguno que no solo es aceptable, sino que resulta muy coherente con la dignidad humana. Es un error asociar economía libre y materialismo. Este mal se presenta en todos los sistemas y no es exclusivo de aquellos que reconocen la primacía de la libertad. Además, siempre me llama la atención, cuando converso con los buenos empresarios, darme cuenta de que ellos no están buscando dinero, al menos no en primer lugar. Sus intereses son de otro tipo, lo que buscan es una suerte de satisfacción creadora. Para ellos, iniciar un nuevo negocio, enfrentar un problema que no estaba bien resuelto, es algo muy parecido a lo que me sucede a mí cuando escribo un libro (aunque en mi caso tengo la seguridad de que no ganaré dinero).

5. También denuncia la tentación, moderna aunque no enteramente nueva, de adaptar la fe al mundo, eliminando todo aquello que pueda incomodar y reduciéndola a un mínimo aceptable para todos. Advierte, además, de que ese proceso acabaría convirtiendo el cristianismo en una «filantropía muy poco atractiva». ¿Estamos olvidando lo esencial de la fe?

Ya san Pablo lo decía a los filipenses, esos buenos amigos suyos: “Hay algunos que se comportan, y con lágrimas lo digo, como enemigos de la cruz de Cristo”. El fenómeno no es nuevo, de modo que tampoco debemos amargarnos la vida por eso. Es una realidad con la que debemos contar.

6. La lectura de su libro recuerda inevitablemente aquella conocida frase atribuida a Hilaire Belloc: «La Iglesia católica es una institución que estoy obligado a tener por divina, pero, para los escépticos, una prueba de su divinidad puede encontrarse en el hecho de que ninguna institución humana dirigida con tan artera imbecilidad habría durado un par de semanas». ¿La propia supervivencia de la Iglesia, a pesar de los errores, las debilidades y las torpezas de quienes la formamos y de quienes la dirigen, constituye también una razón para creer en su origen divino?

Desde siempre, la mayoría de los cristianos han sido capaces de distinguir entre la Iglesia y “su personal”, para decirlo en palabras de Maritain. En sus primeros siglos tuvo que resolver la cuestión de la validez del bautismo administrado por un hereje o una persona de mala vida, y no dudó en rechazar esas posturas rigoristas. En el fondo, ellos negaban el núcleo de lo que realmente es la Iglesia: un instrumento de Dios, un “sacramento”, como la llama la Lumen Gentium. El problema actual es que somos muy sensibles y no tenemos la capacidad de soportar el mal que tenían nuestros antepasados de hace algunos siglos. Aunque hay que reconocer que a veces se trata de cosas terribles, debemos saber que ninguna de ellas tiene el poder suficiente como para apartarnos de la Iglesia de Jesucristo si nosotros no queremos. Vuelvo a san Pablo, esta vez a su Carta a los Romanos: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?”. Se nos olvida que “ninguna cosa creada podrá apartarnos del amor de Dios”. Ninguna, ni siquiera las locuras que puede hacer alguno de sus ministros o supuestos seguidores.

7. Explica que el compromiso y el desasimiento, y sobre todo la combinación de ambas actitudes, proporcionan la serenidad que hoy necesitamos. El cristiano debe entregarse por su patria, su familia y sus amigos, pero sin convertir ninguna causa temporal en un absoluto. ¿Corremos el riesgo de centrarnos tanto en las obras de Dios que acabemos olvidándonos del Dios de las obras, como advertía Lorenzo Scupoli?

Efectivamente. Y esto se evita con un poco de buen humor. No podemos tomarnos demasiado en serio las cosas que hacemos, en el sentido de absolutizarlas, ni siquiera aquellas con las que pretendemos servir a Dios.

8. La vida de los creyentes en sociedades que han perdido la savia cristiana no puede ser, según señala, ni reactiva ni aislacionista. ¿Existe el riesgo de que, ante una cultura cada vez más alejada de la fe, los católicos terminemos encerrándonos en un gueto o, peor aún, convirtiéndonos en una especie de tribu urbana?

Reconozco que en el fútbol me gustan los esquemas defensivos, que permiten que un equipo chico le gane a uno grande. Pero esa no puede ser una actitud de vida, al menos no de modo permanente. Si tenemos algo maravilloso, ¿cómo no vamos a difundirlo?

9. Nunca se había hablado tanto de «comunidad» y, sin embargo, cada vez vivimos más solos, más aislados y con menos contacto humano real. ¿Hemos perdido la verdadera experiencia de la comunidad y la hemos sustituido por vínculos superficiales que apenas comprometen nuestra vida?

El antídoto contra el aislamiento individualista es precisamente la comunidad. Necesitamos sentirnos apoyados, queridos por otros. Afortunadamente, para querer a la gente, para servir, no se necesita contar ni con dinero, ni con influencia, ni con poder. Cuando los cristianos ayudamos a recuperar las comunidades estamos prestando un gran servicio a la sociedad, que gana en riqueza interior. No me refiero solo a las comunidades de carácter religioso. Pienso, por ejemplo, en el campo universitario, donde ellas son hoy especialmente necesarias. Los profesores no deben comportarse como las islas de un archipiélago, porque la tarea de buscar la verdad es esencialmente cooperativa.

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