En las últimas décadas, el modelo de crianza en las sociedades occidentales ha dado un giro radical. Hemos pasado de una educación basada en la autonomía a una cultura de la «hiper-presencia» parental.
Lo que comenzó como un deseo legítimo de proteger a los hijos se ha transformado en un fenómeno que los sociólogos ya denominan «padres quitanieves»:
adultos que dedican toda su energía a allanar el camino de sus hijos, eliminando cualquier obstáculo, frustración o dificultad antes de que el joven siquiera llegue a verlos.
Este fenómeno no es una cuestión privada del hogar; sus consecuencias estallan cada mañana en las aulas. Al llegar al colegio, el alumno se encuentra con una realidad que no puede ser «limpiada»: un examen difícil, un conflicto con un compañero o una corrección de un profesor.
Para un niño que nunca ha ejercitado el «músculo» de la frustración, estos retos naturales no son oportunidades de crecimiento, sino traumas insoportables.
Estamos, sin darnos cuenta, programando una fragilidad que incapacita a las nuevas generaciones para la vida real.
La consecuencia más evidente de este modelo es la erosión de la autonomía. Cuando los padres asumen la responsabilidad de las tareas escolares —recordando los deberes en grupos de mensajería o justificando sistemáticamente cualquier falta de compromiso—, el mensaje que envían al hijo es devastador: «Tú no puedes hacerlo solo».
Esto genera una dependencia emocional que impide al estudiante desarrollar funciones ejecutivas básicas como la planificación, la responsabilidad y la asunción de consecuencias.
Esta sobreprotección se conecta directamente con la crisis de autoridad docente. Cuando el camino del hijo es sagrado e intocable, el profesor que señala un error o suspende un trabajo es visto como un agresor del bienestar del niño, en lugar de como un aliado en su aprendizaje.
La escuela deja de ser un lugar de crecimiento para convertirse en un campo de batalla donde se exige que el entorno se adapte al niño, y no que el niño desarrolle las herramientas para superar el entorno.
Esta situación nos remite necesariamente a lo que el Magisterio de la Iglesia ha calificado como una auténtica «emergencia educativa». Ya el Papa Benedicto XVI advertía que la educación no puede reducirse a una mera transmisión de habilidades técnicas o a la búsqueda de una comodidad afectiva, sino que debe ser una formación en la libertad y la responsabilidad.
La Iglesia nos enseña que educar es ayudar a la persona a salir de sí misma para abrirse a la realidad y a los demás.
En este sentido, el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que la disciplina y la corrección son actos de caridad (CIC 2223), y que los padres tienen la responsabilidad de enseñar a sus hijos a subordinar las dimensiones materiales e instintivas a las interiores y espirituales.
Al eliminar todo esfuerzo y toda contradicción del camino del joven, le estamos privando de la oportunidad de cultivar la virtud de la fortaleza.
El Papa Francisco, en su exhortación Amoris Laetitia, advierte sobre el riesgo de la «obsesión» por proteger a los hijos de todo límite, señalando que «la educación implica la tarea de promover libertades responsables, que en las encrucijadas sepan elegir con sensatez e inteligencia».
Educar hoy requiere la valentía de dejar que los hijos se equivoquen. El error no es un mal absoluto, sino el mejor maestro de la humildad y la perseverancia.
El Magisterio subraya que la verdadera libertad no es la ausencia de límites, sino la capacidad de autodeterminarse hacia el bien. Si evitamos que un niño tropiece en el patio del colegio, le estaremos condenando a caerse con mucha más fuerza cuando el mundo real deje de tener a alguien que limpie el camino por él.
El mayor acto de amor que podemos ofrecer a nuestros alumnos es confiar en su capacidad de superación.
Menos «quitanieves» y más acompañamiento; menos protección y más fomento de la voluntad.
Solo así formaremos personas capaces de construir una vida sólida sobre la roca del esfuerzo y la verdad, permitiendo que la gracia de Dios actúe en un carácter maduro, resiliente y verdaderamente libre.












