La gran obra del Amor

En mi artículo “Matrimonios intra-extraeclesiales (I)” finalizaba anotando que la Iglesia es dogmática. Pero esta afirmación precisa un matiz. Porque nuestra madre Iglesia no nos manda por mandar, sino para que podamos llegar al Cielo, y para ello es necesario amar. También los preceptos. Además, como la Iglesia sabe de amor, no nos obliga a amar. Lo que hace es proponernos el estilo de vida óptimo para conseguirlo. Y esto, indirectamente, pasa por reseguir el camino señalizado por la Ley de Dios y sus mandamientos. Por eso la Iglesia, basándose en la enseñanza de Jesucristo, tiene dogmas. No obstante, los dogmas, en relación con la libertad que nos da nuestra Madre –que proviene en última instancia de Dios-, son cuatro gotas en un mar de libertades.

En realidad –si queremos concretar más-, la fe cristiana se basa en cumplir la virtud fundamentada en la caridad, que es el amor a Dios, y por Él, al prójimo. No queda o no debería quedar en un cumplir por cumplir, sino en caminar hacia la Patria celestial procurando que nuestra libertad no chapotee y se apegue a terrenos pringosos, que por muy atractivos que nos puedan resultar, en realidad son sucedáneos del amor; eso que llamamos libertinaje, que es la primera consecuencia de la debilidad a que nos conduce el pecado, eso es, la muerte a la gracia de Dios.

Como la Iglesia sabe que no debe forzar, sino que debe ser en nuestro corazón un proceso obrado en libertad –que es la que nos “merece” el bien o el mal eternos- lo que hace es lo equivalente a la seducción en el amor. Puede resultar una afirmación un tanto osada, pero piénsalo, y advertirás que tiene su miga. Porque todos los enamorados saben que el amor es amor si es libre, y la seducción es un ingrediente que lo genera y le da sabor. ¿Cómo voy a amar por obligación? O amo o no amo. Y punto. “Amar” por obligación es –aun sabiendo que en realidad no amamos, porque eso es un engaño y no amor- es, de hecho, muy cómodo. Su principal ingrediente es, en este caso, la falsedad. Y ya sabemos que construir sobre fango es tarea fatigosa… y la ruina.

Así pues, amando, llegamos a descubrir –tarde o temprano- que podemos amar hasta a nuestros enemigos, aquellos que nos martirizan, incluso si lo hacen físicamente. Es una consecuencia de la libertad. Porque siendo libres amamos, como amamos siendo libres. Por este motivo, subiendo por la escalera del amor, llegamos a descubrir un Amor sobre todos los amores, un Amor que es la fuente, más aún, el verdadero Amor: es el Amor de Dios. Por eso decimos que Dios nos ama sin medida. No porque haya en Él algo mensurable, sino porque es la manera humana que tenemos para referirnos a la esencia de lo que no sabemos  Y eso no podemos entenderlo, somos humanos, y por tanto, limitados; eso es, “con medida”.

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Siguiendo por ese camino descubrimos, pues, que, en definitiva, Dios es siempre el que nos ha amado primero. Porque, si somos sinceros con nosotros mismos, reconoceremos que Él nos lo ha dado todo, y que nada podemos sin Él. “Los cristianos creemos, además, que Dios nos ofrece su gracia para que sea posible actuar como hermanos” (Papa Francisco. Fratelli  tutti. Pág. 145, nota 203). Con ese Amor –único, concreto, divino e infinito-, podemos –así sí- amar a los demás y hasta a nuestros enemigos. Un poco o un mucho, pero podemos si queremos.

Todo está en nuestra voluntad, en aceptar la realidad como es, y poner manos a la obra. En el querer –en definitiva- está resumida toda acción del ser humano. Pero atención: es un querer activo, no un flotar entre nubes de algodón. Nos dice Josep Maria Torras en La Pinacoteca de la Oración (Pinceladas del Evangelio – Nazaret, la escuela de Dios 3 – Un okupa en Nazaret): “El amor es lo que transforma lo sencillo en extraordinario, lo temporal en eterno, lo pequeño en grande, lo ordinario en una obra de arte”. Pues, como apunta Santiago en su Carta, “La fe, si no va acompañada de obras, está realmente muerta” (St 2, 14-19). En definitiva, obras por amor: así realizaremos, de la mano de Dios, la gran obra de su Amor.

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