La nueva masculinidad ya existe

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Hay momentos en que una sociedad cree estar inventando lo que, en realidad, ha olvidado. La llamada “nueva masculinidad” pertenece a esa categoría. Se presenta como una necesidad urgente: redefinir al hombre para erradicar la violencia, el abuso y la dominación. Se describe como una construcción pendiente. Pero no lo es. Esa masculinidad ya existe. Y no es nueva: es antigua, exigente y tiene un nombre claro: la masculinidad fundada en la cultura cristiana.

deconstrucción, reeducación, redefinición de roles.

El diagnóstico de partida es conocido: la violencia contra la mujer persiste. No es anecdótica. Tiene una presencia estructural en la sociedad, aunque no en cada individuo. Los datos lo confirman, las políticas públicas lo reconocen. Y la respuesta dominante ha sido intentar reconstruir al hombre desde categorías nuevas: deconstrucción, reeducación, redefinición de roles.

Sin embargo, aquí aparece una paradoja que rara vez se afronta con claridad: se pretende formar a un hombre capaz de autocontrol, respeto radical y dominio de sí mismo en una cultura que debilita sistemáticamente esas mismas virtudes.

Se pide contención en un contexto de excitación sexual permanente.

Se exige respeto en un entorno de cosificación constante de la mujer.

Se reclama responsabilidad en una cultura que disocia deseo y deber.

La contradicción no es menor. Es estructural.

El problema no es la falta de modelo, sino su abandono

La tradición cristiana nunca ignoró el problema del eros. Al contrario: lo tomó en serio, demasiado en serio como para trivializarlo. Entendió que la sexualidad es una fuerza poderosa, capaz de construir o destruir, de elevar o degradar. Y, por eso, no la dejó sin forma: la ordenó.

No mediante la negación, sino mediante la integración.

El hombre no es el que no desea, sino el que no es esclavo de su deseo.

La clave es la virtud de la templanza. No como represión, sino como gobierno de sí mismo. El hombre no es el que no desea, sino el que no es esclavo de su deseo. No es el que carece de impulso, sino el que lo orienta al bien propio y al del otro.

Aquí aparece una diferencia fundamental con muchas propuestas contemporáneas: no se trata de eliminar la masculinidad, sino de formarla.

La cultura cristiana define un modelo claro:

  • El hombre no ejerce dominio sobre la mujer, sino sobre sí mismo.
  • El deseo no legitima la acción.
  • La fuerza no se traduce en imposición, sino en responsabilidad.
  • La mujer no es objeto de uso, sino sujeto de dignidad.

Este marco no es teórico. Es normativo y, sobre todo, exigente.

Autocontrol: la condición olvidada

Las políticas actuales insisten en el consentimiento, y con razón: es un principio imprescindible. Pero resulta insuficiente, porque actúa en el límite, cuando la acción ya está planteada.

Una sociedad que no educa en el autocontrol se ve obligada a multiplicar el control externo.

El problema real se sitúa antes: en la formación del deseo, en su orientación y en su control. Una sociedad que no educa en el autocontrol se ve obligada a multiplicar el control externo.

Cuando la cultura no forma la virtud, necesita reforzar la sanción. Y eso es lo que estamos viendo: más legislación, más tipificación, más castigo, pero no necesariamente mejor formación.

La tradición cristiana invierte el orden: primero la formación interior; después, la norma. No elimina la ley, pero la sitúa en su lugar: como garantía, no como sustituto de la virtud.

Una cultura de estímulo sin límite

Conviene señalar un elemento decisivo: el entorno cultural no es neutro. La pornografía es masiva. La sexualización, constante. La provocación se convierte en recurso publicitario. La relación sexual se absolutiza como eje de identidad.

Y, sin embargo, se espera que el comportamiento individual no se vea afectado.

No es un juicio moral abstracto, sino una constatación antropológica: el comportamiento humano responde a estímulos, hábitos y normas. Si una cultura estimula sin límite, debe asumir sus consecuencias. Y si no quiere asumirlas, debe introducir límites.

No hay una tercera vía.

La falsa novedad de la “nueva masculinidad”

Cuando se analizan los rasgos atribuidos a la “nueva masculinidad”, aparecen siempre los mismos elementos: respeto a la mujer, rechazo de la violencia, autocontrol, responsabilidad emocional, integración del deseo.

Nada de esto es nuevo.

Todo forma parte del ideal clásico cristiano del hombre. La diferencia no está en el contenido, sino en el fundamento.

Las propuestas actuales intentan construir ese modelo sin un marco moral fuerte que lo sostenga. Confían en la educación formal, la sensibilización y la normativa, pero evitan afirmar un ideal exigente de vida.

El resultado es una masculinidad débilmente definida: se sabe lo que no debe ser, pero no lo que debe ser.

La tradición cristiana, en cambio, sí ofrece una definición positiva: un hombre capaz de sacrificio, fidelidad, dominio de sí y entrega. No es un modelo fácil, pero es coherente. Es, en definitiva, una concepción exigente de la hombría.

La dignidad como eje

El punto decisivo es la concepción de la persona.

Si la mujer es un sujeto de dignidad intrínseca, nunca puede ser reducida a objeto. Pero esta afirmación solo se sostiene si la dignidad no depende del deseo ni del acuerdo, sino de la propia condición humana.

Aquí la cultura cristiana introduce un fundamento sólido: la persona vale por lo que es, no por lo que suscita. Es una criatura hecha a imagen de Dios: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Génesis 1:27). Y añade: “No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea” (Génesis 2:18).

Sin este fundamento, el respeto queda expuesto a la fluctuación del deseo, del contexto o del consenso.

Recuperar, no inventar

La sociedad actual busca una solución urgente a un problema real, pero la busca en el lugar equivocado: intenta producir efectos sin reconstruir las causas.

La “nueva masculinidad” no necesita ser inventada. Necesita ser recuperada.

Existe ya un modelo que integra autocontrol, respeto, responsabilidad, dignidad y orientación del deseo. Es un modelo exigente porque toma en serio al hombre y toma en serio a la mujer.

No promete eliminar el mal —ninguna política puede hacerlo—, pero ofrece algo más importante: una estructura racional que aumenta la probabilidad del bien.

Y eso, en política y en cultura, es lo máximo que se puede exigir.

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