Hay historias que sobreviven miles de años porque hablan de algo que no envejece. La Odisea es una de ellas. Podemos cambiar los barcos por aviones, las cartas por teléfonos móviles y los monstruos mitológicos por amenazas mucho más sofisticadas, pero seguimos enfrentándonos a las mismas preguntas: quiénes somos, qué queremos, qué estamos dispuestos a perder, a quién queremos regresar y qué puede dar orientación a nuestra vida cuando el camino se vuelve difícil.
La nueva película de Christopher Nolan vuelve a poner a Odiseo ante nuestros ojos. Y quizá lo más interesante no sea preguntarnos si esta nueva versión cinematográfica hace justicia al poema de Homero —una cuestión legítima para críticos y especialistas—, sino preguntarnos por qué seguimos necesitando contar esta historia.
Odiseo parte hacia una guerra y tarda diez años en regresar. Después comienza otro viaje que también durará años. Durante ese tiempo encuentra peligros, placeres, tentaciones, pérdidas y personajes extraordinarios. Su mundo se transforma y él también. Pero hay algo que permanece: quiere volver a Ítaca.
Esto parece sencillo, pero contiene una de las claves del sentido de la vida. Odiseo se mueve muchísimo, pero no se mueve sin dirección. Su viaje tiene un horizonte. Puede equivocarse, desviarse, retrasarse e incluso olvidar durante un tiempo quién es, pero existe un lugar al que desea regresar.
Y quizá aquí la antigua epopeya tenga algo importante que decirnos.
Vivimos en una sociedad que se mueve constantemente. Viajamos, cambiamos de trabajo, aprendemos nuevas habilidades, consumimos información, conocemos personas, buscamos experiencias, modificamos nuestros proyectos y construimos continuamente nuevas versiones de nosotros mismos. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades. Nunca habíamos dispuesto de tantos caminos.
Y, sin embargo, tener muchos caminos no significa saber hacia dónde caminar.
Podemos confundir movimiento con progreso, actividad con realización y experiencia con sentido. Una persona puede llenar su vida de acontecimientos y, al mismo tiempo, no saber para qué está viviendo. Puede tener una agenda llena y una existencia vacía. Puede conocer muchos lugares sin sentirse en casa en ninguno.
Esta es quizá una de las paradojas de nuestro tiempo: tenemos más medios que nunca para desplazarnos y menos claridad sobre hacia dónde queremos ir.
Por eso Ítaca es una metáfora tan poderosa. No representa únicamente una meta que hay que alcanzar. Representa aquello que da orientación al camino. Sin Ítaca, el viaje de Odiseo sería simplemente una sucesión de aventuras. Con Ítaca, esas aventuras forman parte de una historia.
También nuestra vida necesita una cierta orientación. No necesariamente un proyecto perfectamente diseñado ni una respuesta definitiva a todas las preguntas. El sentido no consiste en disponer de un mapa que nos indique exactamente qué ocurrirá mañana. Consiste más bien en saber qué merece la pena, qué queremos cuidar, por quién estamos dispuestos a sacrificarnos, qué valores no queremos traicionar y hacia qué horizonte queremos dirigir nuestra existencia.
Esto es importante porque una de las tentaciones contemporáneas consiste en exigir explicaciones para todo. Si sufrimos, queremos saber por qué. Si fracasamos, buscamos una causa. Si perdemos a alguien, necesitamos encontrar una explicación. Si algo no sale como esperábamos, pensamos que quizá hemos elegido mal.
Pero tener sentido no significa comprenderlo todo.
Hay acontecimientos que no comprendemos. Hay pérdidas que no podemos justificar. Hay sufrimientos que permanecen como un misterio. Y, sin embargo, una persona puede seguir viviendo con sentido incluso sin tener respuestas para todas esas preguntas. Esta es una diferencia fundamental:
el sentido no es necesariamente una explicación de lo que sucede, sino una orientación desde la que afrontar lo que sucede.
Odiseo no necesita comprender cada tormenta para continuar su viaje. Tampoco necesita interpretar cada monstruo como una lección. Algunas cosas simplemente le ocurren. Pierde compañeros, comete errores, sucumbe a tentaciones y tiene que pagar precios muy altos. Pero continúa.
Y quizá ahí encontramos algo más profundo que una moraleja optimista. La vida no adquiere sentido porque todo lo que nos ocurre sea bueno. Adquiere sentido cuando somos capaces de integrar incluso aquello que no elegimos dentro de una orientación vital que consideramos valiosa.
Esto explica también por qué dos personas pueden atravesar circunstancias semejantes y vivirlas de maneras completamente distintas. Para una, la dificultad puede convertirse en una experiencia que destruye toda orientación; para otra, puede convertirse en una ocasión para descubrir una profundidad que desconocía. No significa que una persona sea moralmente superior a la otra. Significa que el sentido no se experimenta de manera idéntica en todos.
Hay personas que parecen perderlo ante determinadas circunstancias. Otras, en cambio, mantienen una percepción profunda de sentido incluso cuando no entienden lo que les está sucediendo. No porque posean una explicación privilegiada de la realidad, sino porque existe en ellas una confianza de fondo, una orientación que no depende de que cada pieza encaje.
Aquí la vieja historia de Odiseo se encuentra con una cuestión muy actual. Quizá no sea suficiente preguntarnos si nuestra vida tiene sentido. También debemos preguntarnos qué ocupa el lugar de nuestra Ítaca.
Porque todos tenemos alguna.
Puede ser el éxito profesional, el dinero, la familia, el reconocimiento, la pareja, el poder, la seguridad, el conocimiento, el bienestar, la fama o incluso la búsqueda espiritual. El problema no es tener una Ítaca. El problema aparece cuando convertimos en definitiva una realidad que, por su propia naturaleza, es limitada.
Quizá por eso el viaje nunca termina del todo.
Kavafis lo expresó de una manera extraordinaria muchos siglos después de Homero: Ítaca importa, pero importa también todo aquello que aprendemos mientras vamos hacia ella. Lluís Llach convirtió esa intuición en canción y la hizo resonar en una generación que necesitaba también encontrar un horizonte de libertad. La meta orienta, pero el camino transforma.
Esa puede ser una de las grandes paradojas del sentido de la vida: necesitamos una dirección para caminar, pero no sabemos de antemano en quién nos convertirá el camino.
Por eso una vida con sentido no es una vida en la que todo está previsto. Es una vida que sabe hacia dónde quiere orientarse, aun cuando desconoce muchas de las etapas que tendrá que atravesar.
Y quizá esta sea la pregunta que la Odisea nos devuelve tres mil años después: ¿tenemos una Ítaca o simplemente estamos viajando?
Porque quizá el problema de nuestro tiempo no sea que nos falten caminos. Nunca hemos tenido tantos.
Quizá lo que nos falta es aquello que convierte un desplazamiento en un viaje, una sucesión de experiencias en una historia y una vida en algo que merece la pena vivir.
Necesitamos una Ítaca. Pero también necesitamos comprender que, cuando finalmente lleguemos, probablemente descubriremos que lo más valioso que llevábamos dentro no era aquello que esperábamos encontrar al final, sino la persona en la que nos hemos convertido mientras caminábamos.
Twitter: @lluciapou
Quizá esta sea la pregunta que la Odisea nos devuelve tres mil años después: ¿tenemos una Ítaca o simplemente estamos viajando? #laOdisea Compartir en X



