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La promesa de la Cruz

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“No todo lo que deseamos está a nuestro alcance”. Al menos eso creen firmemente algunos. Nosotros, con un poco de buena voluntad, vamos a dilucidarlo un tanto.

En un tiempo en que la envidia crece como se derrama en una cazuela el agua en ebullición, pareciera que con solo batir los dedos deben hacerse realidad nuestros sueños, así, simplemente porque yo lo deseo. Yo digo. Yo ordeno. Yo mando. Y a quien me lo impida, lo derribo. Ese es el principal problema de nuestra sociedad 3.0: el ego.

Pero con solo estar sentados observamos ineludiblemente que cuando mi deseo se basa en mi ego, si no es con despotismo no se mueve ni el Tito. Añadamos que sí, que hay quien se mueve, los tititos, que son los que desde las logias aúpan a quien les interesa y hunden a quien les cuestiona. Porque el ego es ubicuo cuando nuestra alma no está en línea con un Dios personal que se hace Padre. Pues quien impulsa el ego está centrado en el sí mismo, en el hombre, desde donde, con su mirada falsamente “humanista” no promueve el verdadero humanismo, pues aquel está centrado en el axioma “el hombre por el hombre”, en línea con un dios que nada tiene de Dios, y mucho de partidismo: “mi voluntad”, “mi visión”, “mi verdad”, eso es, un dios etéreo y tribalista.

La Verdad de Dios, una propuesta

El verdadero humanismo es aquel que promueve el hombre auténtico, aquel que está en línea con la Verdad que solo es Dios; un Dios que no es de parte, sino de la Humanidad entera y hasta de la Creación entera. Un Dios personal, decimos, que ha creado al hombre y a la mujer a su imagen, haciéndose así Padre. Y no un padre cualquiera, sino un Padre que, ante nuestra terquedad en perseguir el ego, nos envía a su Hijo para salvarnos. Una salvación que, al estar enraizado el ego en la misma raíz de lo humano (donde el yo esencial es transmudado en el ego del pecado original), debe ser operada destruyendo el Mal muriendo como hombre y resucitando como Dios y como Hombre. Eso es la Cruz. Una cruz que es redentora, que nos devuelve la vida centrada en Dios, eso es, la Vida. La Vida divina. “Yo os digo: sois dioses” (Sal, 82,6)… y a Dios nacemos.

Debemos ser coherentes. Si nuestro centro es el hombre caído (el ego), debemos morir a él ofreciendo nuestro yo en sacrificio para ser parte del mismo Dios. (Piénsalo, hermano, mi hermana del alma: verás que no es moco de pavo. Si profundizas en ello, te estremecerás). Ya lo afirma Jesús: “El que quiera venirse conmigo (…), que tome su cruz y me siga” (Mt 16,24). Aquí el Maestro nos está llamando a no mirarnos la vida a ras de suelo, sino a volar como las águilas, en una mirada enfocada en Dios, en las alturas del Amor. Un Amor que siendo divino transforma el amor humano en Vida para el espíritu, que nos anima más allá del ego y convierte nuestro yo en humano y divino. (Antes de nacer la mayoría de nosotros, el famoso y mediático sacerdote Jesús Urteaga publicó un exitoso libro titulado El valor divino de lo humano: Ed. Rialp. Madrid, 1948).

Al ego le repugna la Cruz. Sin embargo, la Cruz se aligera cuando se ama. La Cruz podemos arrastrarla de mala gana y a regañadientes, o con amor. De todas maneras, tendremos que cargarla (más aún, si no la acogemos, nos caerá encima y nos machacará el ego); ¿no será mejor llevarla bien alto, con sentido del humor? Solo así podremos descubrir que la Cruz transforma la muerte en vida, cada día, a cada momento, según sea nuestra soltura. Y −no lo olvidemos− por ella y solo por ella llegamos a la resurrección.

Una realidad escondida en el día a día

Tenemos todos, cada día, a cada paso, a nuestra vista personas que van sacando la punta a todo cuanto les contradice, para ir pinchando a todo hijo de vecino, y muy especialmente a aquel que como no piensa como él (desde su ego), le cuestiona su forma de vida centrada en sí mismo y su media verdad. Son personas que buscan la confrontación no para ir en busca de la Verdad, sino para imponer la suya. Del egotista (que es tremendamente celoso de lo suyo y envidioso) debes huir como de la peste, porque, como prueban hoy las neurociencias, su sola presencia contamina todo su entorno y te contamina a ti. No reacciones; ignóralo, y sigue tu camino hacia la Verdad de Dios; él ahí no podrá seguirte, pues seguirá perdido en la inmensidad caótica de su ego. Es pura energía negativa.

Esa realidad de la envidia provocada por el ego permanece escondida en el día a día hasta que cada uno de nosotros la descubre con su buen hacer y mirar benigno, dispuestos a acoger la Verdad que Dios nos propone por medio de los acontecimientos y las personas. Obrando bien se descubre el ego alrededor, como quien levanta el velo de una mofeta apestosa. Sin embargo, antes o después, hasta que el velo se alce, te preguntarás si esa forma de vida que te propone la Verdad te sale a cuenta, toda vez que tus pérdidas son a menudo abundantes. Pero ya Jesús te pide que seas desprendido, que no te ates a nada, y lo hace alabando la belleza y la libertad de lirios y pájaros frente a la codicia y preocupación por lo material (parábola del rico insensato, Lc 12,13-34). El Maestro te invita a que cojas su Cruz y Le sigas. Ahí, de camino, si le sigues acogerás benigno el pasado para aprender y el futuro para ganar, mientras en el presente vivirás como el que más.

No lo dudes: tarde o temprano la vida te pagará con creces la oblación de tu parte oscura, con una paz que nada podrá derribar y con todo tipo de bendiciones de todo tipo y manera, físicas y espirituales. Y lo que es más importante, te asegurará (como preludio) la bienaventuranza eterna. Por el contrario, tu hostigador el pobre hombre que va buscando guerra (porque es guerra lo que vive en su interior, su ego contra su yo) conseguirá adelantarte en el cambio de rasante, pero en la primera curva se estrellará contra sus propios fantasmas. Tú avanza decidido. Lo que no fluye se atasca.

Hay, también, ese tipo de santón que parece que carga dicharachero su Cruz visible, pero las numerosas cruces invisibles de su hipocresía las descarga sobre el hermano, con un virtualismo tal que nadie más que su hermano las nota (eso sí, con especial alevosía). Eso no es ser virtuoso, ni paciente ni humilde; es ser hipócrita. Ese es aquel de quien el Maestro nos pone en guardia: “(…) quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la encontrará” (Mt 16,25).

Vencimiento: la derrota del ego

Como decíamos, el mundo nos propone el espejismo de que lo que queremos lo conseguimos si en ello ponemos el ego, y por ahí sus contrarios los virtuosos adivinan que no va su camino, el que les lleva a la Verdad de Dios como vencimiento del ego, paso a paso, momento a momento. Pero sí hay una cosa en nuestra vida mortal que, si la deseamos con la sinceridad de las obras buenas, infaliblemente −antes o después− la conseguiremos: nuestra salvación. Ahí descargaremos nuestra Cruz y viviremos sin fin, todos unidos −por Él, con Él y en Él rezamos en la Eucaristía− en el Amor de Dios.

Twitter: @jordimariada

Cuando el ego manda, todo pesa; cuando amas, hasta la Cruz se aligera. Compartir en X

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