Cada año, durante la primera semana de Cuaresma, la Basílica de San Pedro en el Vaticano se convierte en el escenario de una de las ceremonias más sobrecogedoras de la tradición católica.
La veneración de la Santa Lanza, la reliquia que, según la tradición cristiana, atravesó el costado de Cristo en el Calvario.
El Evangelio de san Juan relata que un soldado romano confirmó la muerte de Jesús hiriéndolo con una lanza. Con el paso del tiempo, la tradición identificó a ese soldado como san Longinos, quien más tarde habría experimentado una profunda conversión al contemplar el sacrificio de Cristo. Esta reliquia, asociada a aquel momento decisivo de la Pasión, ocupa un lugar de gran veneración en la memoria de la Iglesia.
La ceremonia tiene lugar en un ambiente de intensa solemnidad. Encabezada por una gran cruz de madera, la procesión reúne a canónigos y miembros del clero que avanzan hacia el altar mayor mientras se canta la Letanía de los Santos. Cuando resuena por tres veces la invocación “Sancte Petre, ora pro nobis”, la procesión recorre la nave central y culmina en el Altar de la Cátedra, donde se celebra la Santa Misa.
Durante la liturgia, se desarrolla una segunda procesión alrededor del Altar Mayor de la Confesión. En uno de los momentos más significativos del rito, el celebrante se detiene junto a la imponente estatua de san Longinos.
Entonces repican las campanas y tres canónigos portan solemnemente la Santa Lanza. La reliquia es elevada y mostrada hacia los cuatro ángulos de la logia, para que los fieles puedan contemplarla y rendirle veneración, antes de ser devuelta a su lugar en la Capilla de las Reliquias.
La figura de san Longinos ocupa un lugar especial en esta celebración. Su memoria litúrgica se conmemora el 16 de octubre, y dentro de la basílica destaca la majestuosa estatua esculpida por Gian Lorenzo Bernini, que lo representa en el instante de su fe naciente. La obra resume visualmente la transformación interior de aquel soldado que, al presenciar la muerte de Cristo, reconoció en Él al Hijo de Dios.
Así, cuando la Santa Lanza es alzada en lo alto en medio del silencio y la oración de los fieles, la escena remite a las palabras del centurión recogidas en el Evangelio de san Marcos: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39).
Más que una reliquia histórica, la Santa Lanza se convierte entonces en un signo espiritual que invita a contemplar el misterio de la Pasión y a renovar la fe en Cristo durante el tiempo cuaresmal.










