No es que el periódico de papel haya dejado de existir; es que ha dejado de ser necesario en la imaginación cotidiana; si no, preguntemos en la puerta de un colegio de educación primaria.
Ya no ocupa el centro simbólico de la vida pública. Ha asumido el rango de objeto lateral, casi pintoresco, a medio camino entre la nostalgia, el rito semanal y la rareza.
Mi impresión es que la caída de la prensa en papel no responde a una sola causa, ni siquiera a una causa principalmente económica. Desde luego, hay motivos empresariales evidentes, internet, las redes sociales, la pérdida de valor del ejemplar físico, la inmediatez digital…
Pero, debajo de todo eso, creo que lo más importante es que ha cambiado nuestra relación con el tiempo, con la atención y con el propio acto de informarnos. Ha cambiado, en definitiva, nuestra forma de estar en el mundo.
Durante mucho tiempo, el periódico fue algo más que un soporte. Era capaz de ordenar la mañana, imponía una secuencia, distinguía lo importante y daba a la actualidad un peso especial que hoy se ha evaporado.
Comprar el diario formaba parte de una entrada en la conversación pública, siempre con pretensiones de continuidad. Es más, incluso cuando uno desconfiaba de la línea editorial, seguía concediendo al periódico una forma de autoridad cultural. Había en cada una sus páginas un intento de mediación. Alguien había seleccionado, jerarquizado, redactado y corregido. Esa promesa de autoridad hoy, en parte, se ha desvanecido.
La primera razón es obvia, todo sucede ya dentro de la pantalla, en tiempo real o en el simulacro de tiempo real.
El periódico en papel, por definición, llega tarde. Hemos educado nuestros reflejos para no soportar demora alguna. Podríamos decir que la caducidad del papel es meramente antropológica.
Por otro lado, ha cambiado el modo en el que recibimos y acogemos las noticias, pues la hiperconectividad ha desbarrado nuestro deseo.
La noticia se consume, se comparte, se corrige, se desmiente, se parodia y se reemplaza a una velocidad que no concede prestigio a la elaboración, sino, más bien, al impacto social que supone.
Esto explica, en parte, por qué las redes sociales han deslegitimado simbólicamente a la prensa, pues superan con creces la experiencia de circulación e impacto de la noticia.
Durante años, los periódicos pudieron defenderse apelando a una diferencia primordial, la credibilidad. Hoy, esa superioridad ha sido socavada por la propia prensa. No pocas cabeceras han dejado de comportarse como mediadoras de la realidad para presentarse como amplificadores de consignas y argumentarios partidistas.
Aquí conviene detenerse un momento.
La prensa en papel no ha sabido convertirse en objeto deseable dentro de la economía contemporánea de la identidad.
Hoy el consumo no solo satisface necesidades. En la actualidad, simplemente se compran cosas para ser alguien ante los demás. Un vinilo, una cámara analógica, una prenda vintage, una revista de nicho pueden funcionar como emblemas de singularidad, como pequeñas piezas de una identidad social distinguible. El periódico, en cambio, carece de esa potencia simbólica.
Su naturaleza es efímera, ha sido hecho para durar un día y desaparecer. El periódico padece esa desventaja estructural. Nadie se define por comprar el diario en el quiosco; como mucho, se reconoce en una costumbre privada.
La sociología del consumo ayuda a entender este punto mejor que cualquier lamento gremial.
Precisamente porque todo se ha vuelto inmaterial, algunos bienes físicos recuperan prestigio como pruebas de gusto, tiempo y personalidad. Pero eso solo beneficia a lo coleccionable. El periódico diario no ofrece nada de eso.
Ni su periodicidad ni su materialidad se adaptan a la lógica del fetiche contemporáneo. Es un objeto que no convierte la compra en relato del yo.
A esta dificultad se añade otra, más grave todavía, como es el debilitamiento de las condiciones culturales que hacían valiosa la lectura lenta.
La riqueza de información genera pobreza de atención. Y eso es exactamente lo que vivimos.
Cuanta más información circula, menos capacidad tenemos para demorarnos en ella, elaborarla, discutirla interiormente o convertirla en conocimiento.
Aquí reside el drama central. La facilidad extrema del acceso a la información no ha producido que lo que aparece al instante envejece al instante.
El periódico de papel exigía sentarse, pararse, pasar páginas, tolerar lo no elegido, encontrarse incluso con lo que no apetecía leer. Esa estructura material favorecía la paciencia. La pantalla nos lleva a una relación mucho más soberana y más empobrecida, deslizar, saltar, cerrar, comentar, abandonar. Creemos dominar el flujo, pero el pensamiento pierde densidad.
Tal vez el papel tenga futuro allí donde deje de competir con la inmediatez y abrace, sin complejos, otra vocación, como es la de la selección, la profundidad, el diseño, la pausa, el ensayo, el reportaje… No tanto el diario o la urgencia como la revista y la forma de un objeto que merece quedarse en casa.
El porvenir digno del periodismo no está en imitar el tic nervioso del scroll infinito, sino en ofrecer lo que ese régimen no puede dar.
Mientras tanto, la imagen del lector con el periódico abierto en el café o en el tren seguirá retirándose hacia el territorio de la memoria. Pues la sociedad que lo hacía legible se está desvaneciendo.
Si no somos capaces de leer despacio y con criterio lo que nos afecta, comenzaremos, casi sin advertirlo, a amputarnos una porción decisiva de ese coloquio íntimo, exigente y civilizador con el que una comunidad se examina, se mide y se salva.






