A los enemigos tradicionales y sobradamente conocidos de la Iglesia, inspirados en el luteranismo, la Ilustración o el materialismo marxista, o en religiones fundadas por los hombres, hay que añadir un espécimen digno de estudio, que ha proliferado últimamente a propósito del anonimato propio de las llamadas redes sociales.
Se trata de la figura del «católico» que puntualiza todo cuanto dice el Papa[1]. Es una figura tediosa, agazapada detrás de un ordenador, que busca afanosamente sorprender al mundo descubriendo alguna imprecisión, mucho más cotizada si se trata de una contradicción real o aparente, qué más da.
El «puntualizador» se presenta como fiel y celoso custodio de la fe, amante de la Iglesia, y persona providencial con una misión personal y salvífica. El «puntualizador» lo tiene fácil, porque la dimensión humana de la Iglesia es pecadora y siempre necesitada de conversión.
Toda vez que el Romano Pontífice solo está dotado de infalibilidad pontificia cuando habla sobre moral y buenas costumbres de forma solemne (ex cathedra), cosa que ocurre muy excepcionalmente, el «puntualizador» tiene un trabajo ímprobo que nunca se acaba, especialmente en la vida moderna, donde los pronunciamientos de la jerarquía de la Iglesia son muy frecuentes, en una inflación de textos que no siempre facilita la claridad, la exactitud y la exposición sistemática. En otros tiempos, cuando los medios de comunicación social eran rudimentarios, la Iglesia hablaba en documentos escritos que eran mucho menos abundantes y en consecuencia, tal vez, más precisos.
Sin embargo, la actitud del «puntualizador» demuestra un amor imperfecto a la Iglesia. Hay tanto que decir de Dios y de la Iglesia, saturada de divinidad, que no debería quedar tiempo ni ganas para afear públicamente a la Iglesia, madre y maestra, los pecados de sus hijos, sus limitaciones y miserias.
Esto no quiere decir que debamos sonreír con tolerancia ante los errores de palabra o de obra que realizan los hijos de la Iglesia, menos aún cuando se trata de personas con responsabilidad en su gobierno. Enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, y dar buen consejo al que lo necesita son obras de misericordia espirituales, y toda corrección fraterna perfecciona a quien la practica y a quien la recibe. Pero evitando, si es posible, el escándalo; distinguiendo lo substancial de lo accesorio; respetando la legítima pluralidad en cuestiones discutibles; y sobre todo no confundiendo el criterio personal con la doctrina oficial de la Iglesia.
A la figura generalmente infecunda del «puntualizador» se une la figura del discrepante con la enseñanza oficial de la Iglesia. Es una figura que estima poco digno obedecer a la Iglesia en toda cuestión y ocasión, como si ello le restase dignidad personal y de alguna manera le deshumanizase.
El discrepante no identifica la voluntad de Dios con la obediencia a la Iglesia, porque alberga alguna reserva sobre el origen divino de la autoridad apostólica. El discrepante además no tiene medida. Deja todo el Credo sometido a su soberano poder decisorio, haciendo un uso irresponsable del libre albedrío, que ha sido pensado por Dios solo para hacer el bien.
El discrepante es un bautizado que se ha fabricado una religión a la carta, ignorando algunas enseñanzas oficiales y rechazando otras. No necesita aprender nada porque ya tiene forjada una opinión propia que no piensa modificar. Es un bautizado sin unidad de vida, sin coherencia personal, donde vida privada y vida pública, pensamiento y acción, son líneas paralelas sin plena interferencia mutua.
Entre los dimes y diretes de los hombres los grandes tesoros de la Iglesia, la Revelación y la Gracia divina, quedan difuminados, consiguiendo erosionar el mensaje del Evangelio y la credibilidad de la Iglesia para regocijo del diablo. Mientras los hombres viven entretenidos en afear el rostro de la Iglesia con nuestros pecados y con la divulgación de esos pecados con alegre desparpajo, muchas almas se pierden para siempre.
Cuando el Santo Padre de Roma todavía estaba pisando suelo de España, tierra de María, León XIV ya ha recibido las primeras calumnias. Todo ha sido a raíz de su visita al Proyecto Social «CEDIA 24 Horas» de Cáritas Diocesana de Madrid, un edificio de acogida para personas sin hogar.
El núcleo de la intervención del Romano Pontífice ha sido una cita de su Exhortación apostólica Dilexi te, sobre el amor hacia los pobres, publicada el pasado 4 de octubre: «también los cristianos, en muchas ocasiones, se dejan contagiar por actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas. El hecho de que el ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar que siempre es necesario volver a leer el Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana. No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico»[2].
León XIV no ha dicho nada que no haya dicho siempre la Iglesia. Las palabras de León XIV no defienden o justifican la inmigración ilegal. Aquellos que han incurrido en esta interpretación peregrina, si no son católicos, tienen mala fe. Pero si son bautizados, desconocen las enseñanzas de la fe que profesan.
¿Qué dice la Iglesia sobre la inmigración?
Cuando se habla hoy de inmigración fácilmente se pierde la perspectiva. Se habla de inseguridad ciudadana, de mano de obra barata, del sistema de pensiones, de invasión…, y de muchas otras consideraciones que son secundarias cuando hablamos de seres humanos.
En primer lugar, se trata de hombres con una dignidad[3] innata en virtud de su condición de criaturas a imagen y semejanza de Dios[4], que tienen un destino eterno en Dios, y que tienen valor infinito[5] en la medida en que han merecido que Dios haya muerto por ellos. «Todo emigrante es una persona humana que, en cuanto tal, posee derechos fundamentales inalienables que han de ser respetados por todos y en cualquier situación»[6].
«No son números ni expedientes, (…) son personas con una familia y una casa dejada atrás»[7]. «Cada vida humana es una bendición de Dios», resplandeciendo en ellos «la imagen y semejanza del Creador»[8]. «No somos solo materia, sino que llevamos también el “aliento de vida” que procede de Dios». Todos los seres humanos son criaturas de Dios, viven en la casa común y pertenecen a «una única familia humana»[9]. Por lo tanto, «Dios (…) ha creado todos los seres humanos iguales en los derechos, en los deberes y en la dignidad, y los ha llamado a convivir como hermanos entre ellos»[10].
«La dignidad humana no pierde valor al cruzar una frontera»[11]. Son «vidas heridas», «despojadas de casi todo», «pero nunca de su dignidad»[12]. También la Sagrada Familia fue emigrante, cuando tuvo que huir a Egipto para proteger al Niño Jesús de la amenaza de Herodes[13].
«Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada por ser contraria al plan divino»[14].
«Cristo (…) se identifica con el forastero, toca las heridas de la humanidad y nos llama a reconocerlo en cada hermano que necesita ser acogido, protegido, promovido e integrado»[15].
La Iglesia es consciente de que todo fenómeno migratorio es un drama para quien se siente obligado al abandono de familia y patria. Pero la emigración, aunque «es bajo cierto aspecto un mal, en determinadas circunstancias es (…) un mal necesario. Se debe hacer todo lo posible (…) para que este mal, en sentido material, no comporte mayores males en sentido moral, es más, para que, dentro de lo posible, comporte incluso un bien en la vida personal, familiar y social del emigrado, en lo que concierne tanto al país donde llega, como a la Patria que abandona. En este sector muchísimo depende de una justa legislación, en particular cuando se trata de los derechos del hombre del trabajo»[16].
El segundo aspecto a subrayar en la Doctrina Social de la Iglesia es, por un lado, el destino universal de los bienes. Y por otro lado, los principios de justicia[17] y de solidaridad[18].
Dios es soberano de todo cuanto tiene existencia y establece por Ley Divina positiva que los «bienes creados deben llegar a todos de forma equitativa bajo la justicia y caridad»[19]. Efectivamente, «los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia. La apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo»[20]. Pero «el hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás»[21].
En tercer lugar, todos los hombres sin excepción están llamados a la santidad de vida. Han sido creados para vivir la misma vida de Dios, recibiendo por participación lo que Dios tiene por naturaleza. Esto significa que el amor de Dios[22] es el origen y el destino de nuestra existencia. El hombre ha sido creado por el amor de Dios para vivir en el amor de Dios, fuente de la perfección y felicidad humanas[23]. Como Dios nos amó primero y con amor infinito, es justo dar a Dios lo que le corresponde, y el amor con amor se paga. El hombre necesita a Dios no solo para existir sino también para una existencia plena. Porque sin Dios el hombre no es nada. Pero, ¿qué es el amor?
Benedicto XVI dedicó una encíclica a este asunto: Deus caritas est. El Papa distingue allí entre el amor de amistad (philia), basado en el afecto recíproco, del amor apasionado y romántico (eros), que es bueno pero necesita «alzar la mirada» para purificarse y no caer en el egoísmo. Pero hay un amor más perfecto (ágape), que es el amor incondicional que se entrega, el amor desinteresado que busca exclusivamente el bien y la felicidad del ser amado. El eros y el ágape no son contradictorios: el eros necesita del ágape para no degradarse en mero apetito, y el ágape necesita del eros porque necesita ser amado[24].
Si el amor es el sacrificio por el bien amado, si el hombre alcanza su plenitud en el amor a Dios, si el hombre demuestra su amor a Dios amando a todos aquellos a quienes Dios ama con todo su ser, el hombre está llamado al servicio de las necesidades materiales y espirituales de su prójimo, primero, y de todos los hombres, después.
Por eso san Juan Pablo II condenaba las «tendencias actuales de ausencia de responsabilidad del hombre hacia sus semejantes, cuyos síntomas son, entre otros, la falta de solidaridad con los miembros más débiles de la sociedad —es decir, ancianos, enfermos, inmigrantes y niños—»[25].
Para España esta lógica del amor entendido como ágape ha sido un estilo de vida durante siglos. España podría haberse dedicado a cumplir las meras exigencias personales y familiares. España podría haber ayudado al prójimo, al más cercano, y ya habría estado justificada. Sin embargo, para un verdadero amor nunca es suficiente. Siempre quiere más. La península Ibérica se quedaba pequeña para la vocación histórica de España, que era donarse. Europa, también. Era necesario llegar a los últimos confines del mundo, las Indias orientales. Pero España tropezó con una tierra desconocida, América. Allí regaló la fe y el amor acrisolado por la gracia santificante, que se tradujo en hospitales, en universidades, en acueductos, en leyes que garantizaban derechos y deberes fundamentales, en ciudades, o en catedrales, en definitiva en civilización.
Es la «civilización del amor» que decía san Pablo VI[26], frente a las estructuras de pecado, que decía san Juan Pablo II[27]. Porque el hombre es un ser social por naturaleza, y en el servicio al prójimo por amor a Dios encuentra su causa final, que es el sentido de su vida. Por eso, estamos llamados no sólo al servicio del más cercano por imperativo del amor de Dios, sino también a la caridad política, que es una expresión superior del amor al prójimo buscando el bien común, esto es, el bien que es común a todos los hombres. Se trata de buscar las condiciones sociales para que las personas y las familias encuentren su propia perfección. Este es el sentido primigenio de la acción política de los seglares, cuya ejecutoria debe traducirse en la acción del Estado, que debe servir al bien común si quiere ser justo y legítimo. Entre esas condiciones sociales ineludibles para un Estado justo de Derecho está la vida digna de todos los seres humanos.
Y en cuarto lugar, se olvida con frecuencia que la opción preferencial por los pobres es una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, que deriva del mismo Dios, que tiene un amor especial a los más necesitados.
«Hoy más que nunca, la Iglesia es consciente de que su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las obras, antes que por su coherencia y lógica interna. De esta conciencia deriva también su opción preferencial por los pobres, la cual nunca es exclusiva ni discriminatoria de otros grupos. (…) El amor de la Iglesia por los pobres, que es determinante y pertenece a su constante tradición, la impulsa a dirigirse al mundo en el cual, no obstante el progreso técnico-económico, la pobreza amenaza con alcanzar formas gigantescas. En los países occidentales existe la pobreza múltiple de los grupos marginados, de los ancianos y enfermos, de las víctimas del consumismo y, más aún, la de tantos prófugos y emigrados; en los países en vías de desarrollo se perfilan en el horizonte crisis dramáticas si no se toman a tiempo medidas coordinadas internacionalmente»[28].
A nadie se le escapa que muchos de nuestros hermanos, la mayoría de la humanidad, no viven conforme a la dignidad de su condición de hijos de Dios en acto o en potencia, sufriendo una existencia precaria en necesidades básicas, que no pocas veces provocan una muerte prematura y agónica.
En consecuencia, la Iglesia plantea con caridad pero también con claridad, en nombre de Cristo resucitado, dos únicas opciones para una conciencia cristiana: o nos rascamos el bolsillo para ayudar a quien lo necesita allí donde esté como buenos samaritanos[29], o les acogemos en nuestra casa dando posada al peregrino[30]. Lo que es inadmisible, especialmente desde un punto de vista cristiano, es la respuesta más habitual, ni una cosa ni la otra.
El derecho a emigrar
La Sagrada Escritura no deja lugar a dudas. El pobre y el refugiado tienen derecho a emigrar, y los pueblos anfitriones tienen obligación de hospitalidad. «Maldito el que pervirtiere el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda»[31]. «No oprimirás al extranjero, pues vosotros sabéis cómo se siente el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto»[32].
Las migraciones son un fenómeno complejo, que implica tanto derechos como deberes. Es necesario reconocer la diversidad de situaciones: migraciones forzadas por razones políticas o económicas, y migraciones voluntarias por motivos de formación o cooperación.
«Determinado muchas veces por la libre decisión de las personas, y motivado con bastante frecuencia también por objetivos culturales, técnicos y científicos, además de económicos, este fenómeno es, por lo demás, un signo elocuente de los desequilibrios sociales, económicos y demográficos, tanto a nivel regional como mundial, que impulsan a emigrar. Dicho fenómeno tiene también sus raíces en el nacionalismo exacerbado y, en muchos países, incluso en el odio o la marginación sistemática o violenta de las poblaciones minoritarias o de los creyentes de religiones no mayoritarias, en los conflictos civiles, políticos, étnicos y también religiosos que ensangrientan todos los continentes»[33].
Decía san Pablo VI en la misma dirección que «se ha afirmado el derecho natural del hombre a utilizar los bienes materiales y espirituales para “alcanzar su propia perfección de manera más plena y expedita”. Pero cuando un Estado, por falta de recursos y debido al gran número de sus habitantes, no puede poner estos bienes a disposición de sus ciudadanos, o cuando impone condiciones que violan la dignidad humana, la persona tiene derecho a emigrar, a elegir una nueva residencia en el extranjero y buscar allí condiciones de vida más dignas. Este derecho pertenece plenamente no solo a los individuos, sino también a familias enteras»[34].
En 1912 san Pío X fundó una oficina especial para la emigración en el contexto de las grandes migraciones de Europa hacia América. Se trataba de acompañar a los sacerdotes que emigraban junto con sus fieles.
En 1952, Pío XII publica la constitución apostólica Exsul Familia, la primera gran carta de la pastoral migratoria. Pío XII enseña que la migración permite una mejor distribución de los bienes terrenales: «es inevitable que algunas familias, emigrando de un lugar a otro, busquen en otro sitio una nueva patria. (…) Debe respetarse el derecho de la familia a un espacio vital. Cuando esto ocurre, la emigración alcanza su propósito natural, que con frecuencia valida la experiencia, es decir, una distribución más favorable de los hombres sobre la superficie terrestre, (…); una superficie que Dios creó para el uso de todos»[35].
San Juan XXIII enseñaba que «ha de respetarse íntegramente también el derecho de cada hombre a conservar o cambiar su residencia dentro de los límites geográficos del país; más aún, es necesario que le sea lícito, cuando lo aconsejen justos motivos, emigrar a otros países y fijar allí su domicilio»[36]. «Entre los derechos de la persona humana debe contarse también el de que pueda lícitamente cualquiera emigrar a la nación donde espere que podrá atender mejor a sí mismo y a su familia. Por lo cual es un deber de las autoridades públicas admitir a los extranjeros que llegan y, en cuanto lo permita el verdadero bien de su comunidad, favorecer los propósitos de quienes pretenden incorporarse a ella como nuevos miembros»[37]. San Juan XXIII, probablemente por primera vez, subordina el derecho a emigrar con el derecho de la comunidad receptora a la salvaguarda de su bien propio.
El Concilio explícitamente declara que la migración es un derecho personal que debe ser respetado[38]. San Pablo VI subraya la necesidad, en nombre de la caridad cristiana y la solidaridad humana, de brindar asistencia a quienes van a trabajar a un país extranjero para escapar de la pobreza en el suyo propio[39].
Para san Juan Pablo II, «la llamada emigración por trabajo (…) es un fenómeno antiguo (…). El hombre tiene derecho a abandonar su país de origen por varios motivos —como también a volver a él— y a buscar mejores condiciones de vida en otro país»[40].
Como el bien común universal «abarca toda la familia de los pueblos, por encima de cualquier egoísmo nacionalista (…), se debe considerar el derecho a emigrar. La Iglesia lo reconoce a todo hombre, en el doble aspecto de la posibilidad de salir del propio país y la posibilidad de entrar en otro, en busca de mejores condiciones de vida»[41].
Finalmente el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, en la misma dirección, señala que «toda persona tiene derecho a buscar condiciones de vida más dignas, también mediante la emigración»[42].
El deber de acogida
Al derecho a emigrar corresponde el deber de acogida, que corresponde al deber de hospitalidad de personas e instituciones. El principio de hospitalidad aparece reiteradamente en la Sagrada Escritura en los mandatos del Señor al pueblo de Israel. «Al forastero que reside junto a vosotros, lo miraréis como a uno de vuestro pueblo; y lo amarás como a ti mismo; pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto»[43]. «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis»[44].
El Concilio habla de la obligación de todos (…) de contribuir al bien común con sus talentos y recursos materiales[45]. El Papa Benedicto XVI reclamó, ante el drama de la emigración «una estrecha colaboración entre los países de procedencia y de destino de los emigrantes», (…) «para armonizar los diversos ordenamientos legislativos, con vistas a salvaguardar las exigencias y los derechos de las personas y de las familias emigrantes, así como las de las sociedades de destino»[46].
San Pablo VI enseña que «cada uno de los hombres (…), pertenece a la humanidad entera. (…) Estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber»[47]. «Este clamor es legítimo; a la responsabilidad de cada uno queda el escucharlo y el responder a él»[48].
Para Juan Pablo II «todos han de colaborar en el crecimiento de una cultura madura de la acogida que, teniendo en cuenta la igual dignidad de cada persona y la obligada solidaridad con los más débiles, exige que se reconozca a todo migrante los derechos fundamentales»[49].
El deber de hospitalidad es un «deber de solidaridad humana y de caridad cristiana, que incumbe tanto a las familias como a las organizaciones culturales de los países que acogen a los extranjeros, (…) forzados a comparar la extrema pobreza de su patria con el lujo y el derroche que a menudo les rodea. Y asimismo para ponerles al abrigo de doctrinas subversivas y de tentaciones agresivas que les asaltan ante el recuerdo de tanta “miseria inmerecida”. Sobre todo, en fin, para ofrecerles, con el calor de una acogida fraterna, el ejemplo de una vida sana, la estima de la caridad cristiana auténtica y eficaz, el aprecio de los valores espirituales»[50].
Desde 1987 y con motivo de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, Juan Pablo II ha enviado cada año un mensaje abordando distintos aspectos del Evangelio aplicados a la cuestión migratoria, entre ellos destacan la acogida al extranjero con la alegría de quien reconoce en el emigrante el rostro de Cristo (1993), el deber del Estado de proteger a las familias de los inmigrantes contra cualquier forma de marginación y racismo (1994), o la Iglesia ante los migrantes en situación irregular (1996).
Dice el Catecismo que «las naciones más prósperas tienen el deber de acoger, en cuanto sea posible, al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede encontrar en su país de origen. Las autoridades deben velar para que se respete el derecho natural que coloca al huésped bajo la protección de quienes lo reciben»[51].
El Papa Francisco ha destacado la necesidad de profundizar en el principio de solidaridad de los países ricos, pero también ha puesto el acento en la necesidad de un «esfuerzo que cada país debería hacer para crear mejores condiciones económicas y sociales en su patria, de modo que la emigración no sea la única opción para quien busca paz, justicia, seguridad y pleno respeto de la dignidad humana. Crear oportunidades de trabajo en las economías locales, evitará también la separación de las familias y garantizará condiciones de estabilidad y serenidad para los individuos y las colectividades».
El ideal por lo tanto no es que los pobres abandonen su tierra por necesidad, sometidos a la eventual solidaridad de los países más ricos. Lo ideal es que los países ricos ayuden a los más necesitados a salir de la pobreza con tecnología, con capital incluso a fondo perdido, con la condonación de la deuda externa, y con mano de obra especializada.
[1] «La primera sede no es juzgada por nadie» (Enrique DENZINGER, El magisterio de la Iglesia, Barcelona: Herder, 1963, n. 330, p. 121). [2] LEÓN XIV, Dilexi te, 15. [3] CONCILIO VATICANO II, Gaudium et Spes, n. 26. [4] «Hablamos, ante todo, de personas creadas a imagen y semejanza de Dios, antes que de categorías jurídicas o de problemas que administrar» (LEÓN XIV, Discurso en la Plaza del Cristo de La Laguna, San Cristóbal de La Laguna, Tenerife), 12 de junio de 2026).«La dignidad de la persona humana está enraizada en su creación a imagen y semejanza de Dios» (Constitución Apostólica FIDEI DEPOSITUM, Catecismo de la Iglesia Católica, Madrid: BAC, 1992, n. 1700). «La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos ellos, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque, redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino. [5] DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración Dignitas infinita (Sobre la dignidad humana), nn. 10-32. [6] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, n. 62. PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, Madrid: BAC, 2005, n. 298. [7] LEÓN XIV, Discurso en el puerto de Arguineguín (Mogán, Las Palmas), 11 de junio de 2026. [8] Ib. [9] FRANCISCO, Audiencia General, 22 de abril de 2020. BENEDICTO XVI, Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, 2006; Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, 2011. [10] FRANCISCO, Fratelli tutti (Sobre la fraternidad y la amistad social), n. 285). En la célebre obra de la apologética cristiana de la Iglesia primitiva (siglo II), la Carta a Diogneto, tal vez escrita por Cuadrato, obispo de Atenas, y dirigida al emperador Adriano, antiguo arconte de Atenas, en el año 112, se hace un retrato de los cristianos como iguales a todos los hombres en dignidad, suerte y destino, por son eternos forasteros en sus propias patrias, en la medida que el destino de todo hombre es la Patria celestial. «Los cristianos, en efecto, no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás. A la verdad, esta doctrina no ha sido inventada gracias al talento y especulación de hombres curiosos; ni profesan, como otros hacen, una enseñanza humana; sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor peculiar de conducta admirable, y, por confesión de todos, sorprendente. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. Se casan como todos; como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. Ponen mesa común, pero no lecho. Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las leyes. A todos aman y por todos son perseguidos. Se les desconoce y se les condena. Se les mata y en ello se les da la vida. Son pobres y enriquecen a muchos. Carecen de todo y abundan en todo. Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se les maldice y se les declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. Se les injuria y ellos dan honra. Hacen bien y se les castiga como malhechores; condenados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extranjeros; son perseguidos por los griegos y, sin embargo, los mismos que les aborrecen no saben decir el motivo de su odio» (Epistula ad Diognetum, 5 y 6). [11] LEÓN XIV, Discurso en el puerto de Arguineguín (Mogán, Las Palmas), 11 de junio de 2026. [12] Ib. [13] LEÓN XIV, Discurso en la Plaza del Cristo de La Laguna, San Cristóbal de La Laguna, Tenerife), 12 de junio de 2026. [14] CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, n. 29. [15] LEÓN XIV, Discurso en la Plaza del Cristo de La Laguna, San Cristóbal de La Laguna, Tenerife), 12 de junio de 2026. [16] JUAN PABLO II, Laborem exercens, n. 23. No debe olvidarse que «las migraciones, en efecto, al favorecer y promover el conocimiento recíproco y la colaboración universal, testimonian y perfeccionan la unidad de la familia humana; confirman claramente esta relación de hermandad entre los pueblos, en la que ambas partes dan y reciben al mismo tiempo». [17] JUAN PABLO II, Laborem exercens, nn. 201-203. [18] PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, op. cit., nn 192-196. [19] CONCILIO VATICANO II, Gaudium et Spes, n. 69. [20] Constitución Apostólica FIDEI DEPOSITUM, Catecismo de la Iglesia Católica, op. cit., n. 2402. [21] Ib., n. 2404. [22] «Cuando el Padre envía su Verbo, envía también su aliento: misión conjunta en la que el Hijo y el Espíritu Santo son distintos pero inseparables. Sin ninguna duda, Cristo es quien se manifiesta, Imagen visible de Dios invisible, pero es el Espíritu Santo quien lo revela» (Constitución Apostólica FIDEI DEPOSITUM, Catecismo de la Iglesia Católica, op. cit., n. 689). El Espíritu Santo es el amor mutuo infinito y perfecto entre Dios Padre y Dios Hijo. Es el Espíritu de Dios, el único que «conoce lo íntimo de Dios» (1 Cor. 2, 11). [23] «El hombre se realiza en su vocación a la bienaventuranza divina. Corresponde al ser humano llegar libremente a esta realización. Por sus actos deliberados, la persona humana se conforma, o no se conforma, al bien prometido por Dios y atestiguado por la conciencia moral. Los seres humanos se edifican a sí mismos y crecen desde el interior: hacen de toda su vida sensible y espiritual un material de su crecimiento. Con la ayuda de la gracia crecen en la virtud, evitan el pecado y, si lo han cometido recurren como el hijo pródigo (cf. Lc. 15, 11-31) a la misericordia de nuestro Padre del cielo. Así acceden a la perfección de la caridad» (Constitución Apostólica FIDEI DEPOSITUM, Catecismo de la Iglesia Católica, op. cit., n. 1700). [24] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, nn. 3-8. [25] JUAN PABLO II, Evangelium vitae, n. 8 [26] PABLO VI, Clausura del Año Santo. Misa del Gallo, 24 de diciembre de 1975; Alocución en la Audiencia General, 31 de diciembre de 1975. [27] JUAN PABLO II, Sollicitudo Rei Socialis, n. 36; Reconciliatio et Paenitentia, n. 16. [28] JUAN PABLO II, Centesimus annus, n. 57. «Se trata, en efecto, de una opción que no vale solamente para la pobreza material, pues es sabido que, especialmente en la sociedad moderna, se hallan muchas formas de pobreza no sólo económica, sino también cultural y religiosa» (ib.). [29] Lc. 10, 25-37. [30] Mt. 25, 35. [31] Dt. 27, 19. [32] Ex. 23, 9. Lev. 19, 33-34. [33] PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL DE LOS EMIGRANTES Y LOS ITINERANTES, Erga migrantes caritas Christi, sobre la caridad de Cristo hacia los emigrantes, 2004, n. 1. [34] PABLO VI, Pastoralis migratorum cura, n. I, 7. «Por eso, es necesario que “en la regulación de la emigración se salvaguarde de la manera más absoluta la convivencia familiar”, teniendo en cuenta las necesidades de la familia en lo que respecta a la vivienda, la educación de los niños, las condiciones laborales, la seguridad social y la carga fiscal» (ib.). [35] PÍO XII, Exsul Familia, nn. 77-78. [36] JUAN XXIII, Pacem in Terris, n. 25. [37] Ib., p. 106. [38] CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, n. 65. [39] PABLO VI, Populorum Progressio, nn. 67-69. [40] JUAN PABLO II, Laborem exercens, n. 23. [41] JUAN PABLO II, Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado, 2001. PABLO VI, Octogesima adveniens, n. 17. PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL DE LOS EMIGRANTES E ITINERANTES, Erga migrantes caritas Christi, (La caridad de Cristo hacia los emigrantes), 2004. BENEDICTO XVI, Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y el Refugiado, 2011. [42] PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, op. cit., n. 298. [43] Lv. 19, 34. [44] Mt. 25, 34-40. [45] CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, n. 65. [46] BENEDICTO XVI, Caritas in veritate, n. 62. [47] PABLO VI, Populorum progressio, n. 17. [48] Ib., n. 65. «La solidaridad mundial (…) debe permitir a todos los pueblos el llegar a ser por sí mismos artífices de su destino. (…) Venga ya el día en que las relaciones internacionales lleven el cuño del mutuo respeto y de la amistad, de la interdependencia en la colaboración y de la promoción común bajo la responsabilidad de cada uno. Los pueblos más jóvenes o más débiles reclaman tener su parte activa en la construcción de un mundo mejor, más respetuoso de los derechos y de la vocación de cada uno» (ib.). [49] JUAN PABLO II, Ecclesia in Europa, n. 14. [50] Ib., n. 67. [51] Constitución Apostólica FIDEI DEPOSITUM, Catecismo de la Iglesia Católica, op. cit., n. 2241.









