¿Por qué seguimos necesitando libros de papel?

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Vale que uno puede leer en el móvil mientras espera el bus, en el Ipad durante un viaje, en el libro digital…

Hay muchas ventajas en el libro digital, por ejemplo, cabe en el bolsillo, no pesa, suele ser más barato, no exige estanterías —ese lujo inmobiliario— y permite agrandar la letra cuando la presbicia llama a la puerta. Pero, aun así, no es lo mismo.

No lo es por algo muy sencillo y muy simple; porque el libro en papel no compite con nada. No vibra, no se ilumina con una notificación, no ofrece un enlace azul que nos saque de la página, no nos propone “contenido relacionado” ni nos recuerda que la batería está al 7%.

El libro impreso posee algo preciado, preciso y precioso, se queda donde está, permanece. Es el lector quien debe acudir a él, sentarse, abrirlo y aceptar su ritmo. El papel nos obliga a recuperar la virtud modesta de la abstracción.

Los datos, además, acompañan esa intuición. Según el estudio del Foro del Papel, el 45,7% de los encuestados en España prefiere leer libros en papel, frente al 31,8% que se inclina por soportes digitales; el mismo informe señala que, aunque el 57,4% prefiere informarse por internet y solo el 20,1% por prensa escrita o publicaciones impresas, cerca del 80% cree que los formatos impresos seguirán siendo relevantes en los próximos años.

Es verdad que la fuente puede parecer interesada —el papel hablando bien del papel—, pero conviene no despachar un argumento solo por la biografía de quien lo pronuncia. Más aún cuando otros informes, menos sospechosos de nostalgia industrial, apuntan en la misma dirección.

La Federación de Gremios de Editores de España, que edita, vende y mide tanto lo impreso como lo digital, muestra en su informe de 2025 que el 75% de los lectores leyó su último libro en papel —sumando rústica y bolsillo—, frente al 23,6% que lo hizo en ebook y el 1,4% en audiolibro. Y, aunque la lectura digital crece —el 88,3% de la población de 14 años o más accede a algún tipo de lectura mediante soportes digitales y el móvil ya es el dispositivo más usado para leer en digital—, el propio informe distingue entre leer cosas y leer libros: del 66,2% que lee libros en tiempo libre, un 39,2% sigue siendo lector exclusivo de papel, frente a un 10,3% exclusivamente digital.

No estamos, por tanto, ante la resistencia pintoresca de cuatro bibliófilos frikis, sino ante un hábito cultural robusto.

Me atrevería a decir que la clave está en que el papel conserva textos y además, condiciones de lectura. El libro impreso, permite volver atrás sin ansiedad, subrayar, tocar, doblar una esquina, pegar post-it, detenerse en una frase. Abrir, cerrar, oler, husmear, girar el libro. Hay mucha mas interacción corpórea en juego, se activan muchos mas sentidos. En la pantalla, incluso cuando el texto es noble, el entorno suele ser plebeyo y aséptico.

Veo ventajas, en ciertas circunstancias, a un libro digital pero es evidente que con ello se ha instalado una forma de lectura nerviosa, fría e impaciente. El informe The Google Generation, elaborado para la British Library y JISC, observó ya hace años que muchos usuarios de bibliotecas virtuales apenas permanecían unos minutos en libros y revistas electrónicos, y que emergían formas de “lectura” basadas en rastrear títulos, índices y resúmenes en busca de recompensas rápidas. Lectura de picoteo podríamos llamarlo.

Aquí adquiere sentido aquella vieja intuición de T. S. Eliot: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? ¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?” Nunca nos ha costado tanto convertir los libros en juicio. Francis Bacon distinguía entre libros que se prueban, libros que se tragan y libros que se mastican y digieren. La pantalla favorece mucho lo primero; el libro en papel, cuando se lee de verdad, invita a lo tercero.

Luego está todo el patrimonio de lo intangible. Un libro en la mesita de noche nos espera. Uno en la estantería nos recuerda con su presencia quién éramos cuando lo leímos y en quién nos convertimos. Encontrar años después una nota al margen, prestar un volumen y temer —con razón— que no vuelva. Todo eso forma parte de una relación corporal con las ideas.

El papel no va a sustituir totalmente a lo digital, ni falta que hace. La cuestión es saber qué tipo de lectura exige cada cosa. Para informarse, buscar, consultar, comparar, la pantalla es una herramienta formidable. Para disfrutar, demorarse, comprender, recordar, dejar que una idea madure sin ser interrumpida por el mundo, el libro en papel conserva una superioridad discreta.

Abrir un libro impreso es cerrar, durante un rato, la puerta del barullo, las luces, las baterías de litio y el tumulto. Es aceptar que no todo conocimiento llega por acumulación, que algunas verdades necesitan tiempo, sencillez, calma, silencio y buen tacto y peso en las manos. 

El libro en papel seguirá siendo mucho más que un soporte, será una forma discreta y efectiva de cuidar las cosas sencillas y bellas de la vida.

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