Los peligros y la ceguera de Europa

Política

Una de las cosas que más sorprenden de la multitud de estudios sobre la I Guerra Mundial es como, sin quererlo, los estados iban fabricando las condiciones para que al final estallará el conflicto.

Ahora no se trata de una guerra, pero sí de la destrucción del sistema europeo a manos de sus élites dirigentes.

El Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, un político famoso por su ponderación y visión equilibrada, ha advertido formalmente del riesgo que significa el Estado Islámico, después de su derrota en Siria e Irak, y este riesgo tiene uno de sus focos en el terrorismo de bajo coste en Europa. Asimismo se sabe que alrededor de un tercio de los musulmanes que viven en Europa no condenan el terrorismo, al tiempo que crecen los seguidores del salafismo. Esta corriente religiosa del islam, que busca el rigor y la pureza inicial en su religión, no puede confundirse con el terrorismo, y no es legítimo perseguirla; pero, al mismo tiempo, es un campo abonado para la captación de yihadistas.

La emigración seguirá presionado a las puertas de Europa, porque cuando las diferencias de renta son de uno a diez, y en aquellos países africanos la población joven explota por las costuras, Europa es un continente envejecido que rinde culto a la muerte con el aborto y la eutanasia. Esta presión será motivo de contradicciones y conflictos políticos y sociales en el seno de Europa.

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Una parte de su población está afectada por una fuerte crisis de identidad, una triple crisis: una es consecuencia de la globalización y la destrucción social y laboral que ha provocado la Gran Contracción que se inició en 2008, que ha destruido la identidad que nace del trabajo, de tener una tarea sólida, estable, razonablemente remunerada y reconocida. A esta crisis motivada por la alteración en las relaciones de producción se le añade la descristianización, que ha dañado una identidad fuerte como es la religiosa. Y todo esto se ve multiplicado por la crisis de identidad que genera la perspectiva de género.

A estos daños se les añaden otros más: el conflicto institucional con los Países del Este, especialmente Polonia y Hungría, la debilidad del entramado europeo complejo, pero sobre todo mal resuelto. El predominio de una visión liberal de lo políticamente correcto, que sesga en muchas ocasiones la realidad, el Brexit, el conflicto con Trump, que puede crecer con una guerra arancelaria, el conflicto por Ucrania (¿solo por Ucrania?) con Rusia, con lo cual la UE entra en liza a favor de un régimen corrupto hasta la médula, el de Kiev, mientras castiga a otras visiones de la democracia como la polaca y la húngara. ¿La corrupción es preferida a las visiones iliberales?  La situación que se vive en relación con Turquía no es la de un aliado. La emergencia de los partidos populistas y de los antiunionistas es una amenaza. La política y las instituciones viven una hora baja, muy baja, mientras se ha acostumbrado a la sociedad a pensar solo en lo suyo, a ensalzar el subjetivismo más extremo: se puede matar al no nacido por simple deseo. ¿Se quiere una escuela de pensamiento más brutal?

Esa es la realidad. Nunca desde el fin de la II Guerra Mundial Europa había vivido con tantas tensiones simultaneas. ¿Cuál es la respuesta ahora? Entonces el cristianismo social y político abrió las perspectivas de los “treinta años gloriosos”, pero hoy ni está ni se le espera, contaminado por la desvinculación social y una baja tensión europea de la Iglesia, y la supeditación de demasiados católicos a ideologías políticas, las de turno o las salvadoras.

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