Tu propia esposa presentada por ti como un problema y otra mujer convertida en fantasía de disponibilidad y satisfacción. Esto es lo que sucede con la llamada cultura «bitch wife», una tendencia difundida en redes sociales que convierte a la esposa en objeto de burla. Ahí está, probablemente, el corazón del problema. El patrón se repite con notable constancia en todas las publicaciones.
¿Qué ocurre cuando dejamos de mirar a la persona que está a nuestro lado como alguien digno de ser amado por sí mismo y comenzamos a medir exclusivamente por aquello que nos proporciona?
La mujer estresada, absorbida por los hijos, poco disponible sexualmente o simplemente distinta de aquella joven novia, hoy esposa, con la que se comenzó la relación aparece caricaturizada por su marido frente a otra mujer joven, deseable y aparentemente libre de obligaciones.
Hombre y mujer poseen una dignidad anterior a su atractivo, productividad, juventud, estado físico o disponibilidad sexual. Son personas creadas a imagen de Dios.
Lo más preocupante de la corriente “bitch wife” es ver la concepción del ser humano que esconde. Puede parecer obvio, pero debe ser que no, lo contrario del amor no es únicamente el odio; también lo es la utilización. Pues puedes incluso sentir deseo por alguien y, sin embargo, no amarlo verdaderamente si lo tratas como medio para mi satisfacción.
La cultura contemporánea nos ha llevado, casi sin darnos cuenta, a normalizar una concepción comercial de las relaciones.
Es decir, permanezco mientras la relación satisface mis expectativas; cuando disminuye su rendimiento emocional o sexual, aparece la tentación de buscar una alternativa. Pues como más de una vez ha contado Pep Borrell “el valle del vecino siempre nos parecerá, más bonito, más limpio y más verde”.
Un matrimonio no es un contrato de suministro afectivo. Está muy por encima de eso, es un sacramento y un compromiso entre dos personas reales. Y, es verdad, las personas cambian, envejecen, enferman, engordan o adelgazan, pierden el pelo, pueden o no tener hijos, sufren noches sin dormir, atraviesan crisis, experimentan momentos de mayor y menor deseo sexual… Y precisamente entonces es cuando se hace muy evidente si estábamos enamorados de una persona o solo de las satisfacciones que esa persona nos proporcionaba.
Panorama cultural
Resulta particularmente significativa la presencia de madres en estos memes tan virales. El propio fenómeno descrito anteriormente presenta con frecuencia a mujeres agotadas, cuidando bebés o atravesando etapas de menor deseo después del parto.
Hay que tener en cuenta que el nacimiento de un hijo modifica todo el sistema familiar. La pareja tiene que reorganizar tiempos, descanso, economía, tareas domésticas y prioridades. El hombre deja de ser solamente esposo y se convierte también en padre; la mujer experimenta simultáneamente transformaciones físicas, psicológicas y relacionales. Es más que evidente que pretender que nada cambie constituye mucho más que una fantasía.
Amar significa permitir que la existencia del otro modifique mi propia existencia.
Y nosotros parece que sólo queremos los frutos del compromiso sin aceptar las transformaciones que inevitablemente produce el compromiso.
El hijo no constituye una interferencia en el proyecto de la pareja. Es fruto y prolongación del amor de esta. Convertir al hijo implícitamente en rival —«desde que llegaron los niños mi mujer ya no me presta la misma atención»— introduce una lógica demasiado infantil, soez y bobalicona: “ yo necesito seguir ocupando el centro”. Ríanse de las rabietas de los dos años.
La madurez masculina se alcanza cuando el hombre comprende que ser esposo y padre consiste muchas veces en dejar de ser el protagonista para pasar a dar la vida por su familia.
Pero además de esto hay otro aspecto preocupante, el desprecio.
Toda pareja atraviesa frustraciones. También las parejas muy enamoradas discuten sobre sexo, educación de los hijos, dinero, horarios o reparto de responsabilidades.
Si alguien convierte las debilidades de su cónyuge en material para provocar risas ante terceros, está cruzando una frontera fundamental de la intimidad de su matrimonio. Aquello que debería permanecer dentro del espacio protegido de la pareja pasa a ser el hazmerreír y el entretenimiento público.
En una relación sana claro que puedo decir: «Te echo de menos», «necesito recuperar tiempo contigo», «me cuesta nuestra situación sexual» o «me siento desplazado».
Pero ante miles de desconocidos en redes sociales decir que mi esposa se ha vuelto insoportable mientras fantaseo públicamente con otra mujer no es divertido, es puro desprecio.
El matrimonio comprometido. No significa negar los problemas, pasa por mirarlos desde la pertenencia. Es decir, tu fragilidad ya no es simplemente tu problema; de alguna manera también es mía.
La pornificación de la mirada
Hay además un elemento que no debería pasar inadvertido y son muy culpable de ellos las redes sociales. Hablo de la comparación permanente.
Las redes ofrecen una sucesión interminable de cuerpos jóvenes, seleccionados, editados, filtrados y sexualizados. Todos estos mensajes virales de “bitch wife” en redes enfrentan a la esposa real con imágenes de mujeres hipersexualizadas, reales o incluso creadas mediante inteligencia artificial.
La esposa “compite” entonces no con otra mujer, sino con una ficción. Pues la fantasía digital, nunca está cansada y nunca reclamó nada.
Esto es a lo que me refiero cuando hablo de la lógica pornográfica. No necesariamente porque exista pornografía explícita, es más sutil, el otro queda reducido a objeto diseñado para responder inmediatamente al deseo.
Crisis de madurez
Sería simplista concluir que el problema de esta corriente viral es «la masculinidad». ¿qué entendemos por ser hombre? ¿Una masculinidad construida exclusivamente alrededor del poder, éxito económico y conquista sexual ?
La masculinidad cristiana encuentra un modelo muy diferente en Cristo.
El hombre maduro no demuestra su virilidad acumulando mujeres que lo desean.
La paternidad madura y verdadera es capaz de proteger sin poseer, servir sin desaparecer y amar sin exigir permanentemente recompensa.
Un hombre «como Dios manda» es capaz de permanecer fiel aun cuando amar a su esposa resulte más difícil que conquistar a otra.
Habrá deseo y cansancio, belleza y envejecimiento, entusiasmo y rutina, noches románticas y noches pasando fiebre a un niño…
Amar a alguien cuando resulta atractivo y simpático es muy fácil y agradable. Pero para amarlo “en las duras y en las maduras”, cuando necesita de nosotros, es cuando el amor comienza a parecerse verdaderamente al Amor. Al amor de Cristo.









