La moderación con la que el episcopado español ha respondido durante años a los excesos del poder político solo obtiene, una y otra vez, la descalificación y la agresión verbal. La última prueba la ha proporcionado la reacción del Gobierno al discurso pronunciado por monseñor Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española, durante la clausura del curso de verano El colapso de la democracia. La oportunidad para una geopolítica al servicio del ser humano.
Desde el Ejecutivo se construyó una polémica a partir de una interpretación parcial de una intervención mucho más amplia. Precisamente por eso conviene recordar qué dijo realmente Argüello.
Lo que dijo realmente Argüello
1. La corrupción no es solo un problema del Gobierno
- La corrupción política existe y debe denunciarse.
- Pero reducir el problema únicamente a los gobernantes supone ignorar la raíz del deterioro democrático.
- Siguiendo a san Agustín, Argüello recordó que una sociedad corrupta difícilmente puede producir dirigentes íntegros.
2. La regeneración empieza por cada ciudadano
Argüello puso ejemplos concretos de corrupción cotidiana:
- Defraudar en la declaración de la renta.
- Pagar o cobrar facturas en negro.
- Eludir las obligaciones fiscales.
- Normalizar pequeñas formas de fraude.
Su conclusión fue rotunda:
«Las referencias éticas son para todos y, si no hay un pueblo con referencia ética, ¿cómo vas a exigírselo a quien sea tu representante?».
3. Existe una profunda crisis antropológica
Denunció lo que definió como una «deconstrucción antropológica», manifestada en:
- Las leyes sobre identidad de género.
- La sustitución de una antropología fundada en la naturaleza humana por otra basada exclusivamente en la autodeterminación.
- La imposición, desde el poder político, de una única visión cultural.
4. Libertad también para la Iglesia
Criticó que se dificulte o incluso se prohíba el acompañamiento pastoral de personas con atracción hacia el mismo sexo mientras se promueven únicamente las llamadas «terapias de afirmación» como única respuesta legítima.
5. La crisis demográfica es una crisis de civilización
Mostró su preocupación por:
- El desplome de la natalidad.
- El debilitamiento de la familia.
- El envejecimiento de la sociedad.
- La pérdida del sentido de continuidad entre generaciones.
6. El individualismo ha debilitado el bien común
Según Argüello, la cultura contemporánea ha sustituido el bien común por la satisfacción individual, de modo que la política termina respondiendo más a intereses particulares que al servicio de la comunidad.
7. Crítica al Estado asistencial dependiente
Advirtió del riesgo de un modelo político basado en:
- Las subvenciones.
- El asistencialismo permanente.
- La creciente dependencia del ciudadano respecto del Estado.
Su advertencia fue clara: este modelo puede convertir las ayudas públicas en un instrumento de subordinación política.
8. La democracia necesita instituciones fuertes
Reclamó reforzar:
- La división de poderes.
- La independencia judicial.
- La libertad de prensa.
- El respeto efectivo de la Constitución.
- La calidad institucional.
9. Una verdadera aconfesionalidad del Estado
Defendió que el Estado no debe identificarse con ninguna confesión religiosa, pero tampoco imponer desde el poder público una determinada visión antropológica o ideológica. La neutralidad exige respetar el pluralismo de convicciones.
10. «El César no es Dios»
La idea central de su intervención fue que la política tiene límites. El Estado no puede convertirse en la instancia suprema que decide qué es el hombre, la familia, la verdad o el bien. Cuando pretende ocupar ese lugar, termina funcionando como una religión secular.
Un diagnóstico moral, no un discurso partidista
El núcleo del mensaje de Luis Argüello no fue una intervención partidista, sino un diagnóstico moral y cultural: la crisis democrática no puede separarse de la crisis ética y antropológica de la sociedad. Sin ciudadanos responsables, con una sólida referencia moral y una sociedad civil vigorosa, las instituciones democráticas acaban deteriorándose, por mucho que cambien las leyes o los gobiernos.
Sin embargo, el Gobierno de Pedro Sánchez vive atrapado en su propio filtro de la realidad. Cercado por una sucesión de condenas, investigaciones y casos de corrupción que afectan ya a cerca de un centenar de personas —entre ellas un expresidente del Gobierno, un ministro, el fiscal general del Estado, los dos últimos secretarios de Organización del PSOE, tres presidentes de la SEPI, un expresidente de Correos y amigo íntimo de Sánchez, además de numerosos altos cargos—, interpretó el discurso como un ataque político cuando, en realidad, era una reflexión moral inspirada en san Agustín.
La respuesta llegó en boca de uno de los ministros más representativos del sanchismo. Félix Bolaños calificó de «ofensiva» la comparación utilizada por el prelado y replicó:
«¿Qué le parecería si un miembro del Gobierno calificase a la Iglesia entera como «banda de agresores sexuales, a las pruebas me remito»? Evidentemente sería falso y profundamente injusto».
Falso e injusto, sin duda. Pero fue precisamente el Congreso de los Diputados el que decidió concentrar buena parte de su investigación sobre los abusos sexuales a menores en las personas vinculadas a la Iglesia. Si aquello era falso e injusto, convendría recordarlo también.
Lo que sucede en Francia
En realidad, frente a las políticas y leyes impulsadas por el Gobierno de Sánchez, los obispos españoles mantienen una actitud extraordinariamente moderada. Basta comparar su comportamiento con el que puede observarse en la Francia laica y republicana.
Ante la próxima votación del proyecto de ley sobre la eutanasia en la Asamblea Nacional francesa, el obispo de Bayona, Lescar y Oloron, monseñor Marc Aillet, ha advertido a los parlamentarios católicos de que un voto favorable a una ley que autorice provocar deliberadamente la muerte constituye una grave contradicción con la fe.
Sus palabras no dejan lugar a dudas:
«Los parlamentarios católicos que hayan votado este proyecto de ley deben sopesar sus consecuencias. Si son conscientes de esta incoherencia, ya no podrán comulgar».
Eso sí constituye una respuesta contundente. En España, por el contrario, se ha preferido mantener un perfil de mayor diálogo con el poder político.
Cabe preguntarse qué sucedería si los obispos españoles adoptaran posiciones semejantes ante leyes frontalmente incompatibles con la concepción cristiana de la persona, de la vida o de la familia. ¿Respondería el Gobierno enviándolos a la Fiscalía? No parece una hipótesis descabellada. Mientras tanto, determinados medios de comunicación —El País y muchas horas de programación de RTVE— ya se encargan de ejercer esa presión cuando la ocasión lo aconseja.
Monseñor Argüello dejó dicho y escrito un texto de gran calado intelectual y moral. El Gobierno respondió recurriendo a uno de sus viejos trampantojos: convertir un debate moral sobre la crisis de la democracia en una polémica sobre la pederastia. Y, para completar el cuadro, el arzobispo de Tarragona —que en esto ya es un clásico— decidió intervenir en la discusión sin haber leído íntegramente el discurso que estaba criticando.






