Una publicación en la red social X (a la que yo sigo llamando Twitter, no sé si porque soy un clásico, porque soy un rebelde o por mezcla de ambas razones) me ha traído a la memoria el recuerdo de Glen Hansard, músico irlandés (gran músico irlandés) que protagonizó hace años, junto a Markéta Irglová, la oscarizada película Once.
Hansard es autor de fantásticas canciones, que interpreta con una voz desgarradora llena de fuerza y hasta de rabia, cualidades que se cuelan por los poros de la piel, ponen los pelos como escarpias y penetran hasta lo más profundo del corazón. Personalmente, además, sus canciones me retrotraen a una época feliz, el año del estreno de Once; me hacen volar en el tiempo sin necesidad de máquina alguna, incluso me hacen pensar que eso, ese arte, interpretado de tal forma que el artista se vacía por completo, debe ser un anticipo del Cielo.
El caso es que Hansard me recuerda, no sé por qué, al que fue mi amigo, Diego Cortizas. Ambos se fueron antes de tiempo, ambos partieron de este mundo al otro en plenitud de fuerzas, de capacidades, y, a pesar de su juventud, habiendo entregado hasta la última gota de su sangre a aquellos que tuvieron la fortuna de compartir aunque fuera solo un trocito de sus vidas. De Hansard, lo imagino, por su música y por sus películas. De Diego lo sé a ciencia cierta. Tuve la fortuna de compartir pupitre con él en el colegio. Después, desde que se marchó a Vietnam, seguí siempre su pista en las redes sociales y en el grupo de WhatsApp que compartíamos con otros muchos compañeros de colegio. A Hansard se lo llevó un accidente de moto. A Diego, un accidente vascular.
Pero la asociación que mi cerebro establece cada vez que escucho una canción de Glen Hansard no se debe únicamente, ni mucho menos, a un fallecimiento prematuro de ambos. Ya antes de que Glen falleciera, me recordaba a Diego. Quizá sea por la grandeza de sus canciones. No conocí a Hansard, pero su música me transmite eso, grandeza. No solo artística, sino también humana. Alguien capaz de vaciarse así en una canción, estoy seguro, debe vivir muy intensamente. Una persona con una vida mediocre no podría, ni aunque se lo propusiera con todas sus fuerzas, desgarrar su voz de esa manera y desgarrar los corazones de los que le escuchan.
Con Diego pasaba lo mismo. Bastaba un rato de conversación con él para darse cuenta de que uno estaba ante un gigante, y no precisamente por la altura física. Diego era más bien bajito, pero de una talla humana y moral enormes. Diego y Laura, su mujer, se establecieron en Hanói y allí dieron a luz a Chula, una firma de ropa que ha desfilado sus modelos en las mejores pasarelas del mundo. No solo eso. Chula daba trabajo (da trabajo, porque la obra continúa con el esfuerzo y la entrega de Laura) a los más desfavorecidos en Vietnam, a aquellos que nadie quiere ni valora, a personas que, en una sociedad como la vietnamita, son escoria, desechos humanos.
Pero Diego no solo diseñaba ropa. Diego era también fotógrafo, escritor y compositor, entre otras muchas cosas. Escribía sus propias canciones y las interpretaba de forma magistral con su hija Carmen, que con su dulce y melodiosa voz atrapaba a todo el que se paraba a escuchar.
Quizá esa faceta de músico es la que más sale a relucir en mi cabeza cuando escucho a Glen Hansard. El caso es que Diego, más allá de su ropa, más allá de sus fotos, más allá de sus canciones, era, me repito y me repetiré las veces que haga falta, un gigante en lo humano y en lo moral. Una persona de las que no hay muchas. Una persona que, con su labor callada y a la vez luminosa, con su generosidad desbordada, hace de este mundo un lugar más habitable y nos trae destellos del Cielo, de ese Cielo que ahora, seguro, disfruta. Pero no solo disfruta Diego del Cielo. Seguro que el Cielo disfruta, y mucho, de él. Me lo imagino ahora, a dúo con Glen, interpretando sus canciones ante San Pedro y toda la corte celestial, a todos cayéndoseles la baba disfrutando de semejante arte. No me extraña que Dios los quisiera ya allá arriba.
Vaya este artículo como homenaje póstumo a los dos. De Diego ya escribí en su día, cuando partió hacia la Casa del Padre, en uno de mis blogs. De Hansard no lo había hecho hasta ahora. Va por ustedes.
Hay personas cuya ausencia duele, pero cuyo recuerdo ilumina. Este es un homenaje a dos de ellas: Diego Cortizas y Glen Hansard. Compartir en X




