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A la Alegría: música y poesía para alabar al Ser Supremo

Hace unos días la European Broadcasting Union promovió una iniciativa para la Paz llamada «Beethoven llama a la solidaridad» e invitó a todas las emisoras a retransmitir, en cualquier momento del día, la 9ª Sinfonía de Beethoven, entera o el 4º movimiento. Una iniciativa que simboliza en la música el compromiso esencial en la construcción de la fraternidad entre hombres y pueblos.

En un momento en que el horror de las guerras fratricidas está anclado en todo el mundo, es una forma de solidarizarse con los millones de personas que sufren o que han muerto en manos de los propios hermanos.

La oda A la Alegría, de Schiller −que Beethoven incluyó en su extraordinaria Novena− de hecho, no es un himno a la alegría, sino una enérgica invitación a la “solidaridad de los hombres entre sí y con el Creador, este Padre amoroso que vive más allá de la bóveda celestial” tal y como proclaman los versos del poeta. La alegría es el sentimiento efusivo que brota como fruto de esa unión fecunda que llena nuestra vida de sentido. Beethoven compone la sinfonía como un himno de gratitud y alabanza al Ser Supremo.

El 7 de mayo de 1824, pronto cumplirá 200 años, en el Teatro de la puerta de Carintia, en Viena, hubo un concierto histórico: la primera interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven. Fue apoteósico. Beethoven completamente sordo, codirigió la orquesta y los coros. Acabado el último movimiento todo el público, de pie, aplaudía ardorosamente. Beethoven seguía mirando a los músicos olvidado de la presencia de un público delirante de entusiasmo del que no podía oír sus aplausos. La joven soprano Caroline Unger le tomó la mano y le obligó, con suavidad, a ponerse de cara a la platea… para contemplar el enloquecido público que aplaudía, sin cesar, por la extraordinaria audición que acababan de escuchar.

Las últimas obras de Beethoven, la Novena y la Misa Solemnis, son el testamento espiritual que ofrece a la Humanidad:

A mí se me concedió el gran don de vivir en un reino de belleza elevadísima. Mi tarea es comunicar a los hombres un poco de esta belleza a través del lenguaje musical.

Beethoven compuso la inmortal Novena con un extraordinario cuarto movimiento, coral, inspirado por una oda de Schiller que le había fascinado desde su juventud: su oda A la Alegría. La Novena es una de las obras más trascendentales, importantes y populares de la música y el arte. Los primeros movimientos son el resultado de la más profunda labor creadora e intelectual.

La originalidad de la Novena radica en que es la primera sinfonía en introducir la percusión y el coro –hechos revolucionarios que le reportaron grandes críticas y que algunos intentaron aprovechar para desprestigiar su obra– que da paso al impresionismo musical marcando el fin del clasicismo y el inicio del romanticismo musical.

Toda pieza musical tiene dos interpretaciones: la técnica, los medios de los que se sirve el autor para configurar la obra, y la humanística, el conjunto de ideas y sentimientos que quiere transmitir al oyente.

El final del tercer movimiento de la Novena, nos lleva a un sentimiento de felicidad y belleza. El cuarto movimiento, es una pieza única y revolucionaria en la época que se compuso. Después de más de un esbozo, Beethoven decide introducir, en la sinfonía, las estrofas de la oda A la alegría de Schiller.

Al principio, el autor quiere expresar el estado de discordia en que se encuentra la sociedad humana y lo hace con los instrumentos, las melodías y los silencios. Cuando se da cuenta de que no es suficiente con expresar con los instrumentos la insatisfacción ante la discordia moviliza un recurso nunca utilizado en la música sinfónica: la voz humana. La orquesta y el coro representan la humanidad y el chirrido que hace nada más empezar impresiona al público.

Cuando la orquesta calla (es la humanidad desconcertada por su desarmonía interior) un barítono proclama la necesidad de convertirnos hacia la unidad y la alegría. Y lo hace con dos versos que compuso el propio Beethoven:

¡Oh amigos, con esos tonos no;

¡entonemos otros más agradables y alegres!

Esta proclamación mueve a la orquesta y al coro a adherirse al deseo de unión y gozo de los versos de Schiller:

Alegría, hermosa chispa divina…

Todos los hombres se vuelven hermanos…

Todos los seres beben alegría

En los senos de la Naturaleza;

Todos los buenos, todos los malos…

Y el querubín se levanta ante Dios.

Ahora la tonalidad se modula y el volumen de voces e instrumentos se incrementa poderosamente hasta el momento en que pronuncia las palabras: “ante Dios”. Un largo silencio proporciona al oyente un respiro, un campo de resonancia del denso mensaje recibido. La melodía y el canto siguen con la palabra «alegría» y la frase «todos los hombres serán hermanos» que se repetirá a menudo. Es una vibrante proclamación de la solidaridad humana.

Poco a poco la orquesta entona una melodía que da a entender que se puede vivir de una forma más serena, pero se repite el chirrido del principio hasta que un nuevo tema melódico parece iluminar el entorno. Los instrumentos se van añadiendo a este tema intimista esbozado y todos ellos tocan entrelazados, en cuatro líneas melódicas, hasta que al final se añade, de forma solidaria, toda la orquesta que quiere expresar la alegría desbordante de toda la humanidad.

A partir de ahí Beethoven insta a la humanidad «a presentir al Creador, a prosternarse delante de Él y a buscarlo por encima del firmamento cuajado de estrellas, ya que más allá de ellas tiene que habitar Él».

La obra termina en un final rapidísimo y deslumbrante que constituye una explosión de alegría. Schiller y Beethoven confraternizan en un clima intimista que acaba con un mensaje definitivo cantado por tenores y bajos que el corazón retoma en una tesitura altísima que quiere tocar el firmamento:

Sobre la bóveda estrellada, debe habitar un Padre amoroso.

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