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Resilientes

Ya vemos que debemos ser resilientes frente al agresivo avance del espíritu del mundo. Firmes e imparables. Prudentes. Imaginativos. ¡Luchadores!

Resiliencia: “Capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos” (diccionario de la RAE). Nos aparece cada día con mayor evidencia la virulenta crueldad de nuestra actitud despreocupada, desvergonzada, ante el desmantelamiento que provocamos al someternos nosotros y a nuestro entorno a un utópico crecimiento económico desmedido y sin límite.

A medida que avanzamos en esa despiadada agresión, está demostrándose que el mal provocado no es solo contra la Naturaleza, sino a eso que los últimos papas señalan como “ecología integral”. Una clarividente definición del origen y el final del problema, que lleva al desprestigio de ese segmento que ahora se llaman “expertos”, cuando advertimos, gracias a la visión papal, que el problema no surge solo del matar o dejar de matar tantas especies y ensuciar el planeta sobrecargándolo de desperdicios, sino de la propia actitud del ser humano frente a sí y frente al mundo. Origen y final del problema, porque, por si fuera poco, el verdadero engranaje está en que es un pez que se muerde la cola, en un avance progresivo que es un retroceso en todo orden.

Seamos realistas. Ese pez que se muerde la cola se transforma pronto en una máquina que tritura todo lo que encuentra a su paso: pobres y ricos. En efecto, de todo lo dicho surge, tarde temprano, el sufrimiento propio y ajeno de todas las partes implicadas, pero, como siempre, los más implicados son los débiles: pobres, enfermos, ancianos… Ellos están pagando como primeros los destrozos y la basura que genera el enriquecimiento desproporcionado de una cada día más minoritaria clase adinerada sobre el sufrimiento y despedazamiento de una mayoría.

¡Si solo fuera eso! Porque, de hecho, estamos viendo que esa minoría es la que no solo se reparte el botín, sino que hasta impone su horizonte eligiendo y manteniendo entre los sus “expertos” la dirección que dicen que debe seguir la sociedad para sobrevivir. ¡Adaptación para sobrevivir, dicen! En términos bélicos. ¿Y es esa mayoría la que debe adaptarse a la minoría?

Más allá del problema en sí mismo, ¿qué debe hacer esa mayoría para adaptarse? Es imprescindible solventar los síntomas que emergen por doquier, climáticos, políticos, económicos, sociales… ¡un berenjenal! ¡Todo un despropósito! Por tanto, factores que no solo atañen a una parte de la sociedad, sino a toda.

Lo más claro es que debemos robustecernos todos, porque los efectos del cambio ya están dando la latosa tabarra, para acabar pagándolo todos con un parón de dimensiones apocalípticas. Solo los cambios provocados por los efectos devastadores de la crisis climática y la peste profetizada para el Fin de los Tiempos (por parte de algunas apariciones marianas y el Apocalipsis de san Juan), serán, junto con las potencias del cielo que temblarán (Lc 21,26), los que provocarán la ya inevitable crisis final. Si no conseguimos ponernos de acuerdo y actuar conjunta y urgentemente sin prejuicios sociales, finalmente, caerán, quieran o no, aquellos factores multidisciplinares despóticos de los que hablábamos, como engranaje que son, provocando la hecatombe.  “Rogad para que vuestra huida no sea ni en invierno ni en sábado”, nos advierte Jesucristo (Mt 24,20).

He ahí la lección de la higuera cuando saca las hojas (Mt 24, 32-35). Lo que falta es, desde su raíz, formación, aquello que antiguamente llamaban educación. Y, por esta vez, no solo de la clase trabajadora, sino empezando por la clase dirigente. Y el cristianismo, custodiado por el catolicismo, es el que da la clave. En el Evangelio, que ratifica la Biblia entera, tenemos la hoja de ruta. Porque el cristianismo no te soluciona los problemas, pero te ayuda a vivir la vida de manera que es más fácil enfrentarlos, y así poder solucionarlos.

¿Debemos, pues cambiar la Iglesia? ¡No! ¡Quien debe cambiar somos nosotros! No solo decir que creemos, sino sobre todo vivir como decimos que creemos. Y, si no actuamos ya (yo, tú, él y todos), en consecuencia, perderemos el tren. El apocalipsis será nuestra parada. El Fin del Tiempo. (Mt 24,1-44; Lc 17,22-37; Lc 21,7-36; Mc 13,32-37; Daniel; Apocalipsis).

Como siempre, los más implicados son los débiles: pobres, enfermos, ancianos... Ellos están pagando como primeros los destrozos y la basura que genera el enriquecimiento desproporcionado Clic para tuitear
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