En la tarde del pasado domingo 28 de diciembre, el silencio secular del monasterio de La Santa Espina se vio violentado por un acto de especial gravedad. Unos desconocidos accedieron al templo, forzaron y profanaron el sagrario y sustrajeron las Sagradas Formas que se encontraban en su interior.
No robaron objetos litúrgicos ni bienes de valor material, ni causaron daños en otros espacios del monasterio: fueron exclusiva y directamente a por el Señor.
Ante el doloroso suceso, Francisco Casas, párroco de La Santa Espina y de Castromonte, interpuso denuncia ante la Guardia Civil esa misma noche, tras informar al arzobispo de Valladolid. Como respuesta espiritual y eclesial, se convocó un solemne acto de desagravio, destinado a reparar la ofensa cometida contra la Eucaristía y a proclamar públicamente la fe de la Iglesia en la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento.
Educatio Servanda, que gestiona desde hace unos años el Monasterio cuyo profanado actúa como parroquia de la pedanía de La Santa Espina, quiso “unirse al dolor del párroco” animando a todos sus amigos y seguidores a participar en el acto.
Para ello y “teniendo en cuenta las fechas y las distancias” pusieron en marcha un enlace para que quien desease pudiera unirse mediante un acto de reparación personal. Mediante este cauce, sumaron su acción reparadora más de 8.000 personas, la mitad de ellas dejando su nombre.
Un relicario de nueve siglos lleno de fieles
El acto de desagravio tuvo lugar en una tarde fría, pero intensamente viva desde el punto de vista espiritual. Ciento de personas abarrotaron la iglesia del monasterio de La Santa Espina, gran relicario de piedra de más de nueve siglos, erigido para custodiar una Espina de la Corona de Espinas de Cristo. Fieles llegados desde distintos puntos de la geografía española quisieron hacerse presentes en este gesto de reparación, oración y comunión, llenando por completo el templo.
La celebración fue presidida por don Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, quien celebró la Santa Misa y pronunció la homilía central del acto. La Eucaristía fue concelebrada por un gran número de sacerdotes, signo visible de la comunión presbiteral y de la gravedad con la que la Iglesia quiso responder al sacrilegio cometido.
Presencia institucional y eclesial
Entre los asistentes se encontraban, entre otros, Heliodoro de la Iglesia, alcalde de Castromonte y patrono de la Fundación La Santa Espina —quien días antes animó expresamente a los vecinos a sumarse al acto a través de la asociación de jubilados—; Luis Miguel Puerta, alcalde pedáneo de la pedanía de La Santa Espina; y David Esteban, alcalde de Medina de Rioseco y vicepresidente de la Mancomunidad de Campos Góticos.
Asistió igualmente Hipólito Sánchiz Álvarez de Toledo, marqués de Valderas y presidente de la Fundación La Santa Espina, fundación propietaria del monasterio. Junto a ellos se encontraban varios miembros del Consejo Nacional, responsables del Monasterio y patronos de la Fundación Educatio Servanda, institución que gestiona el monasterio. Además asistieron al acto Alberto Rodríguez Cillero, arcipreste de Campos y párroco de Rioseco; José María Castañeda, director de la residencia jesuita de Villagarcía de Campos.
«La fe de los demonios»: una enseñanza tradicional de la Iglesia
En su homilía, don Luis Argüello ofreció una reflexión profunda y exigente sobre el misterio del mal, recurriendo a una expresión clásica de la tradición cristiana: la llamada “fe de los demonios”, denominación con la que la teología ha señalado desde antiguo que los demonios saben quién es Dios, pero no lo aman ni se acogen a Él.
El arzobispo recordó que, aunque no es posible determinar si la profanación tuvo una intención demoníaca explícita, sí es evidente que tanto los ladrones como el Demonio saben que Cristo está realmente presente en el sagrario.
De hecho, al interponer la denuncia por los hechos, se preguntó si se había robado algo valioso, entendiendo por ello bienes materiales o metales preciosos. Sin embargo, subrayó con fuerza que lo sustraído fue lo más valioso que existe: al mismo Cristo.
Don Luis advirtió también del riesgo de caer en la tentación ideológica, recordando que Dios no llama a la división, sino a la unidad, a la comunión y a reconocer a Cristo en los demás. Insistió en que la fe cristiana no puede quedar reducida a un conocimiento frío o meramente intelectual, sino que debe manifestarse de manera visible, especialmente en la forma de vivir la Santa Misa y de tratar a la Eucaristía. Frente a la fe sin amor del demonio, contrapuso la llamada de Dios a vivir como hijos acogidos por Él.
Reparación, perdón y oración silenciosa
Durante la celebración se elevó una oración explícita por el perdón y la reparación de la profanación cometida en el monasterio de La Santa Espina, pero también por todas aquellas profanaciones que, de manera silenciosa y menos visible, se producen en otros lugares y pasan más desapercibidas.
El acto quiso así trascender el hecho concreto para convertirse en una súplica por la santidad de la Iglesia y el respeto debido al Santísimo Sacramento.
Belleza litúrgica y silencio elocuente
La celebración estuvo marcada por una liturgia bella, sobria y profundamente cuidada. Con la iglesia completamente abarrotada, se impuso un silencio atronador, denso y elocuente, que solo encontraba interrupción en las palabras del sacerdote y en la intervención de un magnífico coro que acompañó y embelleció la liturgia. Un clima de recogimiento que convirtió el acto de desagravio en un testimonio público de fe viva, reparación sincera y adoración profunda.













