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www.forumlibertas.com/El Bloc de Josep Miró/Castellano
  11/11/2009
Josep Miró i Ardèvol Facebook Twitter del.icio.us technorati myspace.com Meneame  Preparar para imprimir Enviar por correo

En los tiempos del Ágora de Amenábar: San Agustín y el mito de Hipatia (I)

En tiempos de Hipatia encontramos un personaje de una importancia fuera de lo común por lo que representa para la cultura universal. Se trata de San Agustín de Hipona. Su vida es bien conocida, tanto como su obra. No se trata, por tanto, de la transformación de una persona en mito, sino de una realidad histórica que puede manipularse en función de la ideología. 

Agustín habla por sí mismo en su extensa y en buena medida autobiográfica obra, su manipulación se torna muy difícil. Su interés para nosotros surge de una evidencia: significa como gigante cultural que vive en un tiempo paralelo al de Hipatia, encarnando el pensamiento y la actuación cristiana. Este hecho permite observar directamente su significado real de aquélla sin intermediarios históricos. Agustín es quien introduce el potencial platónico en nuestro mundo, quien lo recrea y adapta, y llega hasta nosotros, no en exclusiva, pero sí de forma decisiva. Quien salva a la filosofía clásica no son los exhaustos pensadores paganos sino el cristianismo. Esta es la realidad histórica que corre el riesgo de ser oscurecida por intentos como el film Ágora, algo fácil en un tiempo como el nuestro donde prolifera la cultura de baja calidad, el digest para las masas, relleno de ideología, carente de rigor, que tiene a su favor, eso sí, toda la fuerza de la simplicidad y del relato audiovisual.

San Agustín nació en el año 354, uno antes que Hipatia, a unos 1.300 kilómetros al oeste de Alejandría, en la Numidia romana, la ciudad de Tagaste. Vivió, por tanto, en su mismo tiempo y en una cultura marcada por influencias parecidas. Él en el Imperio de Occidente e Hipatia en el de Oriente. De padre no religioso y madre profundamente cristiana, Santa Mónica, Agustín fue durante muchos años un inconformista del pensamiento y también un hombre que en su juventud gozó de aquello que en lenguaje tópico llaman 'placeres de la vida'. Aunque educado por su madre en el cristianismo, no se mantuvo en él y su inquietud, muy centrada en el problema de la verdad y, por consiguiente, del sentido último de la vida, lo llevó al maniqueísmo, una nueva religión de origen iranio, fundada por el persa Mani en el siglo III.

San Agustín fue, pues, maniqueo un buen número de años, hasta que su insatisfacción ante las respuestas que había encontrado y vivido le llevó a una andadura en los retos del pensamiento que había iniciado a los 19 años, cuando comenzó a estudiar filosofía. En este caminar desengañado recaló en filosofía escéptica. Esta forma de pensar no se ajusta al sentido coloquial que hoy le damos al término, el de no creer en nada, sino que el escéptico se basa en la duda y la investigación de la misma partiendo de la premisa de que no existe una verdad objetiva porque todo es subjetivo. Todo depende del sujeto y no del objeto. No existe el frío sino la sensación de sentir frío. Para el escéptico no es factible emitir juicios y sí sólo opiniones. 

Los precedentes en materia religiosa y filosófica ciertamente no preparaban a Agustín para el cristianismo: Su rechazo juvenil, una educación filosófica que compartió la idea del dualismo alejada de un Dios personal y creador y de la comprensión de Jesucristo, Dios y hombre. Más todavía ¿cómo un filósofo entrenado en el escepticismo podía asumir una concepción sobre la divinidad tan aparentemente complicada como la Santísima Trinidad? Pues no sólo se convirtió sino que una de sus obras maestras fue precisamente 'La Trinidad' (De Trinitate libri XV), escrita entre el año 339 y el 412, compuesta por doce libros y dividida en cinco partes.

Toda la experiencia agustiniana, su querencia por la poesía y el teatro, su sentido sensual de la vida una vez abandonado el maniqueísmo, no le predisponían aparentemente a un cambio religioso tan espectacular, que además le exigió una modificación sustancial de su forma de vivir. Pero lo que seguía latiendo en el pensamiento y sentir de Agustín a lo largo de todos estos cambios era su búsqueda de la verdad, una forma de entenderla, y esto es lo que le condujo al cristianismo. Platón, la escuela filosófica de Hipatia no fue un inconveniente, sino todo lo contrario, un acceso desde la razón. La presentación de una forma de pensar cristiana enemiga, incompatible con la filosofía, como desde el siglo XVIII hasta nuestro tiempo plantean algunos panfletos, es obviamente una traición histórica de proporciones escandalosas.

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