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27/04/2012 - La firma
“Niños robados”, un terreno resbaladizo
Hay un grave peligro: el de transformar en delincuentes a quienes no sólo no pretendían aprovecharse, sino prestar un servicio generoso a la mujer embarazada, al bebé y a una familia que adoptaría al niño
Daniel Arasa

La referencia a los “niños robados” se ha convertido en las últimas semanas en un lugar común en los medios de comunicación. Madres o incluso matrimonios que reclaman hijos supuestamente “robados” ocupan espacios preferentes en todos los medios, incluido el valioso tiempo televisivo de los Telediarios y Telenoticias. Hasta una anciana religiosa ha sido sometida a la “pena de Telediario” –pasando las imágenes repetidas veces en todas las cadenas-- cuando entraba o salía de los juzgados con la acusación de haber entregado una niña “robada” a unos padres adoptivos.

Si, en efecto, se trata de bebés “robados” no hay duda que la avalancha mediática está justificada. De ser cierto aún sería corto el revuelo levantado por denunciar algo que de forma tan sustancial atenta contra la dignidad de la persona. Claro que debe cumplirse un pequeño requisito previo: que tales niños sean realmente “robados”, lo que no está tan claro en muchos de los casos, o incluso la realidad es la inversa, que madres o familias dieron su asentimiento a que los entregaran. Es probable, además, que algunos de los reclamados murieran al nacer o poco después. Por tanto, cuando falla la mayor, el hecho central, todo lo demás se desvanece.
Según datos de la Defensora del Pueblo correspondientes al año 2011 siguiendo las denuncias de las asociaciones de víctimas de menores robados, son más de 1.400 los buscados. El Gobierno y la Fiscalía se han comprometido a investigar, decisión totalmente correcta porque es obligación de las autoridades aclarar los hechos y sancionar si hay culpables.
Unas premisas a considerar
Un primer aspecto que debe llamar la atención a los investigadores es la cronología: se están produciendo reclamaciones correspondientes a hechos supuestamente producidos 25, 30, 40, 45 años atrás. Es decir, ya en época democrática o en la etapa final del franquismo. O sea, períodos en los que era perfectamente posible actuar y denunciar. Me reafirmo, incluyendo la propia etapa final del franquismo, ya mucho más abierta que la de sus primeros años. 
Ubicados los hechos en el tiempo, merece la pena formularse unas preguntas: Cualquier madre a quien tras el parto han sustraído a su hijo, ¿no mueve cielo y tierra de inmediato en su búsqueda? Quizás pasados los primeros días del trauma ¿no se enfrenta con uñas y dientes a quien sea para recuperar al hijo de sus entrañas? ¿Es normal que haya dejado pasar el tiempo y reclame 30 o 40 años después? Si le dijeron que había muerto, ¿cómo no reclamó entonces o poco después el cuerpo?
Tal situación es distinta de la que pudo plantearse al final de la guerra civil española o lo ocurrido en Argentina con las víctimas de los militares golpistas. En efecto, en ambos casos fueron sustraídos o entregados sin consentimiento niños de mujeres represaliadas. El caso argentino fue muy claro y alguno se ha juzgado recientemente. Si estas madres sobrevivieron es comprensible que durante muchos años no pudieran reclamar a sus hijos por motivos políticos. Estaban estigmatizadas y en peligro, quizás muchos años en la cárcel. Pero en la España de 1980, con la democracia, o incluso diez antes con el régimen político más autoritario entonces vigente, no dice la verdad quien afirma que no podía reclamar, ni plantearlo a las autoridades, ni darlo a conocer a los medios de comunicación. Los que trabajamos en éstos lo tragamos todo si es sensacional, y en la época de la Transición aún más.
Informaciones de los últimos días
Las informaciones aparecidas en estos días hablan de muchos bebés que fueron sustraídos a sus madres o familias para entregarlos a matrimonios generalmente sin hijos, formando todo ello parte de un negocio quizás no de venta en sentido estricto pero sí de transacción de bebés que no estaría exenta del interés económico de algunos, incluidos médicos, enfermeras e instituciones de la Iglesia, sobre todo algunas órdenes religiosas femeninas.
Publiqué hace unos días un artículo en “La Vanguardia” tratando del tema e intentando introducir ponderación, sentido común y conocimiento de la realidad histórica. Como he recibido diversas muestras de apoyo de movimientos provida y hasta de alguna religiosa considero conveniente abordar el tema con mayor amplitud y profundidad, y poniendo aún más claras las cartas sobre la mesa.
El tema es resbaladizo. Incluso diría con tramos de arenas movedizas. Con el grave peligro de transformar en delincuentes a quienes no sólo no pretendían aprovecharse, sino, muy al contrario, prestar un servicio generoso a la mujer embarazada, al bebé y a una familia que adoptaría al niño. Que acertaran siempre o no es otra cosa. Y se puede coincidir de pleno en que hoy día se haría de forma distinta, pero es perverso acusar de maldad a quien puso su mano y su esfuerzo de manera desinteresada para ayudar a personas que atravesaban una gran dificultad. Muchas lo hicieron precisamente por su entrega a Dios y en bien de los demás. He visto muchas veces trabajar en hospitales y centros sociales a religiosas con una dedicación infinita, con un cariño a los enfermos que va mucho más allá de la mera simpatía humana.
Recuerdo que hace unos 25 años se atribuyó que una monja había entregado un bebé a un matrimonio sin hijos y escribimos algo sobre ello. Me telefoneó un amigo que había sido teniente coronel de los maquis españoles en Francia, luchador destacado contra los nazis, a quien había conocido a raíz de la investigación y publicación de un libro mío sobre el maquis. Me dijo que tratara el tema con mucha cautela, porque en tales actuaciones de las monjas (o de aquella monja) se trataba precisamente de salvar un niño y asegurarle una vida digna, salvar también a una mujer angustiada –los casos más frecuentes chicas solteras—y dar un hijo a algún matrimonio a quien no le llegaban. Mi interlocutor había sido comunista y aunque se había distanciado un tanto no renunciaba a su pasado, era una persona sensata, muy ecuánime. Me ponía en guardia ante sensacionalismos que podían hacer daño.
Sin miedo a reacciones adversas de algún colega afirmo que la mayor parte de informaciones aparecidas en las últimas semanas sobre el asunto son amarillistas y fruto de un desconocimiento de la realidad por parte de quienes redactaron los reportajes.
La aproximación a una realidad informativa, y más si está referida a un tiempo pretérito, quizás de muchos años atrás, ha de tener en cuenta la situación social, política y económica del momento, junto a la mentalidad y los valores imperantes, así como las condiciones personales de los afectados. Juzgar los hechos con mentalidad de hoy lleva no entender nada y, en consecuencia, que la información sea sesgada ya de entrada, aunque su autor no se lo proponga. Por ello es tan importante la formación del periodista.
Marginación de la mujer
El caso más frecuente en la situación tratada era el de un bebé, generalmente hijo de una chica soltera o de una familia que ya tenía otros hijos y que estaba en una situación económico-social muy dramática, que era entregado a un matrimonio sin hijos. Hoy con irritación se alega “robo” del pequeño.
Remontemos el túnel del tiempo y situémonos en la situación social y económica de la mujer, sujeta a una enorme e injusta discriminación. Incluso, aunque haya que retroceder unos cuantos años más atrás, no pocas veces a aquella chica soltera embarazada la habían “echado” de casa sus propios padres que veían un oprobio en tal situación de gravidez sin un marido. Al margen incluso de tal caso extremo, para la mayor parte de mujeres solas era enormemente duro salir adelante ellas y su hijo.
Era una situación indigna, injusta, pero “era” una realidad. Precisamente aquellas monjas alojaban y atendían a las mujeres en su embarazo, las hacían trabajar ayudando en las tareas domésticas de los propios centros hospitalarios o asistenciales, y sabiendo que la chica no podría seguir con el niño se buscaba una familia para cuando naciera el bebé. Se entendía como verdadera caridad porque se evitaba un posible aborto, se ayudaba a la chica y hasta se quitaba un probable estigma para su vida, el bebé tenía una familia que le atendía y amaba, y un matrimonio quizás sin hijos se llenaba de ilusión. Pocos años después el entonces bebé no pasaría (ante sus compañeros de colegio, por ejemplo) por el trauma de no tener padre.
Sin duda sería un profundo dolor para las chicas, pero la mayoría de ellas en esta situación aceptaban entregar los bebés al matrimonio que lo adoptara y al que no conocían. Muchas veces las parturientas ni siquiera llegaban a ver al recién nacido, ya que tras el parto era entregado de inmediato a su nueva familia. También así se evitaba un trauma mayor en la separación.
Muchas cosas son hoy distintas, y mejores, entre otras razones porque ser mujer soltera con hijos ya no es un estigma, porque un elevado porcentaje de mujeres pueden ganarse la vida mucho mejor que en otras épocas, y porque existen servicios sociales y guarderías. Pero hay que ir con cuidado con calificar de robo, acción delictiva, etc. lo que en otras épocas hicieron aquellos médicos, enfermeras o religiosas. Precisamente intentaban lo contrario, el bien de la chica, del niño, de la familia adoptante. A la manera de la época, sin duda con un estilo hoy no aceptable en muchos aspectos.
Quien haya cometido delitos debe pagarlos, sea laico o religioso, pero pocas cosas son más perversas que atribuir maldad a lo que se hizo buscando bien, si, además, los medios utilizados no fueron coactivos o mendaces.  
 
Añado que, en aquellas épocas, la gran mayoría no se planteaba el aborto, sino sacar adelante el hijo. En este aspecto de respeto a la vida hemos empeorado claramente.
Algunos dramas siguen hoy
A pesar de todos los cambios sociales, el drama de la mujer sola embarazada sigue siendo una realidad. Lo saben muy bien las más diversas organizaciones provida, con este nombre u otro, que han creado servicios para atender a la mujer embarazada, ayudarla a salir adelante, evitar abortos.
Lo conocen también desde otros ámbitos contrarios, los abortistas, que en lugar de intentar conducir al bebé a la vida lo que aconsejan a la madre –a menudo de entrada, sin plantearle otras alternativas—es que acabe con el nasciturus, que aplique lo que eufemísticamente se denomina interrupción voluntaria del embarazo.
Aquellas organizaciones provida intentan que la madre se quede con su bebé tras el parto. Es lo mejor siempre que sea posible. En algunos casos si la chica en modo alguno se ve con capacidad de salir adelante se busca una familia adoptante. Sería dramático que se las acusara de robar niños, pero al paso que se va todo puede ser.
Familias adoptantes
Me ha llamado particularmente la atención de todas las informaciones la absoluta falta de reconocimiento a las familias adoptantes, a las que de facto se considera protagonistas más o menos activas del “robo”. Estas familias lucharon por sacar adelante aquel niño o niña, lo alimentaron y educaron, quizás atravesaron períodos difíciles, la adolescencia de dichos muchachos con la natural rebeldía  probablemente les hizo pasar muy malos ratos, les atendieron en la enfermedad. Los trataron con el mismo cariño que si fueran hijos biológicos y por ello mismo no merecen el olvido o incluso el rechazo al que son sometidos.
Por la forma en que se ha abierto la caja de los truenos en este tema pueden temblar muchos padres que, al margen de este asunto, tras muchos trámites y gastos han adoptado legalmente niños del país o del extranjero. En cualquier momento salta la reclamación de unos padres biológicos que quizás antes jamás se preocuparon por su niño y les ponen entre la espada y la pared.
Una malévola visión
En todo lo anterior he procurado limitarme a dejar clara mi convicción de que en España, a partir de los años 60 del siglo pasado, la mayor parte de los niños de mujeres solas o de familias muy pobres que fueron entregados a familias adoptantes lo fueron con la aquiescencia –sin duda dolorosa- de sus madres o familias. Y la mayoría de los que actuaron como intermediarios iban movidos de la mejor voluntad. Por supuesto no es descartable alguna actuación dolosa o promovida por intereses económicos, pero tengo el convencimiento de que serían casos aislados, la minoría.
Paso a analizar motivos por los cuales las madres o familias recurren ahora al intento de recuperar a sus posibles hijos. Seguro que muchos lo hacen con el lógico sentimiento de ver, de recuperar, a aquellos que eran suyos y que los avatares de la vida separaron. El rescoldo del cariño habrá persistido. Quizás el sentimiento de haberlo entregado. Más de uno, estoy convencido, sabe que dio su consentimiento a entregarlo pero que su demanda no puede prosperar si lo reconoce, por lo que alega que fue robado.
Para otros casos, sin acusar a nadie en concreto, aventuro una hipótesis de denuncia que sé que puede resultar dura: a algunos de los padres con supuestos hijos robados alguien les ha metido en la cabeza que vale la pena reclamar y pleitear, porque pretenden sacar dinero.  
Mi sospecha puede parecer surgida de la desconfianza, pero uno ya peina las pocas canas que le quedan y tras décadas de trabajo periodístico viendo actuaciones de miles de personas y de estar muchos años al frente de entidades sociales sabe que tal hipótesis no es ninguna bagatela, ni un brindis al sol, ni un globo sonda. Quizás algún picapleitos les ha asegurado que “alguien”, ya sea los padres adoptantes, unos médicos o enfermeras, una clínica u hospital, una institución religiosa, o el Estado, les tendrá que pagar. Y han puesto en marcha la maquinaria reivindicativa. Conseguir que los medios de comunicación le den prioridad no es difícil porque el tema toca las fibras más sensibles. Pero que salga en la prensa no siempre es garantía de justicia ni de que todo sea verdad.
A la Fiscalía, a los jueces, corresponderá separar el grano de la paja.
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