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Le rociaron de gasolina y lo tiraron al vacío (y la revolución en Palamós)

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Ocho mártires del siglo XX en España nacieron un 2 de marzo; por el orden temporal de su muerte: un lasaliano palentino (para el que me referiré a la revolución en Palamós), un sacerdote secular tarraconense, un franciscano abulense, un sacerdote diocesano jiennense, un carmelita descalzo ilerdense, un marista turolense, una adoratriz abulense y un sacerdote secular valenciano.

La revolución en Palamós
El lasaliano Eugenio Cuesta Padierna (hermano Hilarión Eugenio), de 24 años, nació en Villanueva de Rebollar (Palencia), había emitido los votos en 1929, fue asesinado el 13 de agosto de 1936 en Torrent (Gerona) y beatificado en 2007; junto con el también hermano de La Salle Francisco Mallo Sánchez (hermano Francisco Alfredo, de 20 años y de Santa María del Rey -León-, vistió el hábito lasaliano desde 1932), había tomado un autobus para salir de Palamós por orden del comité local. En el camino les esperaba un grupo de milicianos que los hizo descender, los introdujo en un hosquecillo de Torrent y los fusiló.

He tratado de completar la información consultando la Causa General (CG) sobre Palamós y lo que he encontrado me sirve para responder a los que a veces preguntan por qué no cuento qué pasó con quienes mataban a los mártires. Para quien quiera verla con sus propios ojos, la documentación la he puesto en esta página de Wiki Martyres.

Registro del martirio del hermano Eugenio Cuesta.
Registro del martirio del hermano Eugenio Cuesta.

A vuelapluma, según el Estado 3 de la información para la CG, la revolución tuvo dos momentos fundamentales: el 22 de julio -una vez seguros de que el movimiento militar ha sido sofocado en Cataluña-, la toma del poder con la quema de iglesias, «colectivización» de la industria pesquera y demás. El segundo momento es el 17 de noviembre, con el asesinato de seis personas (y otras dos en San Juan de Palamós) de entre las que se tenía esclavizadas construyendo fortificaciones y que pernoctaban en el ayuntamiento. Se ejecutó a estas personas tras haber intentado infructuosamente detener al exalcalde, que escapó. A otras de las personas que estaban detenidas y ya condenadas a muerte por el comité (en una República que había abolido la pena de muerte), «se les facilitó la huida», incluyendo en los así salvados al cura y otras cinco personas: o sea que mataron a la mitad y escapó la otra mitad.

Este salomónico «mitad y mitad» fue precedido el 16 de noviembre por el asesinato, según el Estado 1 en una calle y por una sola persona (Narciso Esparraguera Bach, encarcelado en 1940 cuando se redacta el informe) de un albañil-propietario. Antes que él habían sido asesinados el 13 de agosto los dos religiosos, a manos de seis personas (los hermanos José, Ricardo y Miguel Garriga Vila, Salvador Ferrer Blasco, Juan Ponsatí Carbonell y Pedro Homs Vilanova: todos en Francia al redactarse el informe); más un peón de 38 años -Gregorio Calavera Morales- calificado como «elemento anti-sindicalista» el 23 de septiembre en las «curvas de Torrent» a manos de una única persona (Pedro Goiri Revilla, ya fusilado al escribirse el informe), y el capataz de peones Juan Maruny Caldas, de 54 años, asesinado a hachazos en la cabeza el 30 de septiembre en los bosques de Romañá por cuatro personas, de las cuales dos habían sido fusiladas (Enrique Costa Fábregas, alias Tano, y Cristóbal Ponce Fernández) y dos estaban en Francia (Francisco Salmerón Rocamora y Salvador -su hermano José aparece como dirigente de la CNT- Gispert Cos) al redactarse el informe. Estos cuatro aparecen como ejecutores de dos de las víctimas de la matanza del 17 de noviembre, acompañados de Joaquín Areu, alias Unclet, e Ignacio Marlasca Marlasca (presidente de la CNT, Marlaza según otros documentos). El apodado Tano o era el cabecilla o empezó el crimen, ya que aparece como único que mató a la primera víctima, el farmacéutico de 60 años, calificado como tradicionalista, Luis Figa Oliu. Pero a las últimas tres víctimas las mató una cuadrilla de nueve, capitaneados «por Juan Ponsatí Carbonell», entre los que encontramos a cinco nuevos: Juan Roldós Planas (CNT), José Corbi Pérez, Pelayo Llobet Corsellas (CNT) y Gaspar Bofill Tauler (los cuatro en Francia), Miguel Santamaría García (encarcelado), y tres conocidos: Pedro Goiri, Pedro Homs y Narciso Esparraguera.

En contraste con estos hechos, el 29 de enero de 1942 (folio 24), el alcade-gestor de Palamós declara que «los asesinatos de personas de orden que se cometieron en vecinos de esta, lo fueron en otros términos», municipales, pero esto no significa que trate de ocultar la matanza del 17 de noviembre, sino que, como le están preguntando por enterramientos fuera de cementerios, dice que a los que mataron en el campo los sacaron fuera del término. Al margen de esta aclaración, el relato de la Guardia Civil (folio 31) nos pone al tanto de que el comité revolucionario estuvo formado por Marlaza como presidente de la CNT, Luciano Sistaner Suquet, secretario de ERC, Juan Roldós, José Valls, Pelayo Llobert, Adolfo Flaquer, vocales de la CNT, Manuel Flaquer, Francisco Pala y Arturo Casanova, vocales de ERC, más Joaquín Robau Roig (fusilado) y Víctor Nicolau Margarit (huido), vocales del POUM. La información de la alcaldía de posguerra (folio 42) aclara que el alcalde-presidente era el de ERC, partido que tenía otros cinco concejales, mientras que la CNT tenía siete, el PSUC tenía 3, el POUM dos y Acción Catalana Republicana dos. El comité permanente solo lo formaban ocho: el alcalde Sistané y dos de ERC, cuatro de la CNT, y Robau Roig del POUM.

Hasta qué punto los catalanistas colaboraban, o eran meras marionetas, o incluso contrarrestaban a los supuestamente más ardientes revolucionarios de la CNT y el POUM (al PSUC parecían tenerlo marginado: claro, sería hasta mayo de 1937 cuando los comunistas aniquilaron al POUM y a los anarquistas), es algo que la documentación no aclara.

El martirio de los lasalianos es aún más complicado, pues el folio 51 aclara que el salvoconducto se lo hizo el alcalde «de San Juan de Palamós, Jaime Guiseras Costabella», que se fueron en el taxi de Salvador Burgell Buixedá, y que al llegar a las curvas de Torrent, «los esperaban otros sujetos de Palamós», los seis citados al principio. Según el guardia civil que escribe ese 2 de noviembre de 1942, el chófer aún sufría condena en la cárcel de Girona, y el alcalde «ha sufrido condena, pero ya debe estar en libertad».

San Juan de Palamós… y conclusiones
Los dos lasalianos asesinados reaparecen en el Estado 1 de San Juan de Palamós (legajo 1431, expediente 25, folio 8, de la Causa General), pero aunque allí se desconoce quiénes los mataron, se nos dan algunas claves. El guardia civil encargado del puesto, en el informe que firma el 7 de noviembre de 1941, es el único que especifica las circunstancias del martirio asegurando que «fueron llevados engañados para llevarlos a Gerona» por quienes los mataron, lo que se deduce no porque haya testigos sino porque «todos ellos eran los que corrían de una parte para otra, habiendo además un sujeto en San Juan de Palamós llamado Jaime Guiseras que fue alcalde al estallar el G.M.N., condenado después a pena de muerte petición fiscal tribunal lo condenó a 30 años nueva revisión a 12 años y un día y actualmente a 6 años en prisión atenuada en su domicilio manifestando dicho sujeto al llevarse a los citados hermanos religiosos que los conducían a Gerona y si los mataban antes de llegar a Gerona quitarían a dos enemigos que tendrían menos siendo uno de los agitadores en contra del GMN y en favor del marxismo».

La complicada redacción, sin siquiera punto final, da a entender que el alcalde (folio 18) (Guixeras según el consejo de guerra nº 53504) se salvó, a pesar de que su responsabilidad no parecía menor que la de los supuestos ejecutores. Además, la documentación de San Juan menciona el asesinato, el 17 de noviembre (condena a muerte y ejecución llevada a cabo por el comité de esta localidad a las 22 horas en la iglesia, folio 48), del sacerdote Miguel Juanola Mares y del vecino Ricardo Grasot Puig (folio 59), sobre los que se piden declaraciones de familiares, que no se tomaron entre otras cosas porque el ayuntamiento fue absorbido por el de Palamós (en algún momento entre marzo de 1942 y febrero de 1943, según da a entender el folio 50).

Quizá a modo de conclusión cabe mostrar a quienes preguntan por los asesinos de los mártires, que la revolución española fue (o por lo menos «degeneró en») «un conjunto de asesinatos» alevosos y cobardes, como reconocía el anarquista Juan Peiró refiriéndose al mártir Josep Samsó, unos castigados y otros no en función de las pruebas y de las casualidades, revisiones y perdones de posguerra… pero sobre los cuales sus responsables no han mostrado con el paso del tiempo la menor penitencia… Como Peiró, han seguido atacando a la Iglesia como si fuera la única culpable de todo. El perdón cae a veces en saco roto, pero eso son cosas que quedan a la misericordia de Dios, y los hombres sólo podemos constatar que no se ven muchas señales de arrepentimiento. Nunca es tarde por tanto para confiar en que aparezcan, y desde luego para recordar el mérito de los mártires, unos beatificados como los dos lasalianos, otros como Miguel Juanola, al que al menos le han puesto una calle con un par de manzanas de casas en la urbanización La Rutlla de Palamós.

La causa de la Iglesia tiene asegurada la victoria
Agustí Ibarra Anguela, sacerdote de 25 años nacido en Alió (Tarragona) y vicario de la parroquia de San Juan de Tarragona, fue asesinado el 15 de agosto de 1936 con otros dos sacerdotes y beatificado en 2013. Fue ordenado sacerdote en diciembre de 1934. Se dedicó con gran entusiasmo a la enseñanza del catecismo a los niños. Pagaba de su bolsillo la manutención de los niños pobres de la catequesis en la colonia de verano de Salou. Al ser advertido por sus padres de que no podían permitirse esos gastos, contestaba: “Con un par de mudas tengo bastante, y en caso de estar enfermo tengo las puertas del hospital abiertas”. El 16 de julio dejó escrito: “El derecho siempre triunfará; el ideal cristiano no puede morir ni fracasar. La verdad católica es y será. Por lo tanto, estoy en una posición inmejorable. Mi ideal triunfará, la verdad que defiendo sobresaldrá, mi derecho se impondrá. La causa de la Iglesia que hago, libremente, mi causa, tiene asegurada la victoria. No soy yo el que ha de triunfar, no son derechos personales ni un ideal privado o particular ni una verdad que yo pienso: la verdad de Cristo y sus derechos son los que triunfarán; es el ideal de cristianismo, el que no morirá. Mi fracaso, e incluso mi muerte, podrán ser -¡tanto mejor!- el preludio de la victoria santa. Y si yo, buen Jesús, os tuviera que pedir algo, sería esto: Deja que los enemigos me humillen, me venzan, me maten, con la condición de que ellos sean humillados y vencidos ante tu causa. Yo defenderé este ideal; esta verdad y este derecho triunfarán, quizás después de mi derrota. ¡Ojala! Si tiene que ser así, buen Jesús, te doy gracias de antemano. ¡Ojala! Gracias!”. A primeros de agosto se trasladó a Barcelona. Había dicho más de una vez: “Nunca negaré mi condición sacerdotal, si me lo preguntan; ni me defenderé aunque me maten”. Se hospedó en la Pensión Neutral de la Rambla de Cataluña, 42, junto con mosén Ceró y mosén Josep Rovira Camps. Hacia las 18 horas del día 15 fueron detenidos, cuando un grupo de milicianos les preguntó si eran curas, pregunta a la que respondieron los tres clara y resueltamente que sí. Marcharon sin oponer resistencia. Los asesinaron en la calle de Ganduxer y llevaron sus cadáveres al Hospital Clínico.

Andrés Majadas Málaga, subdiácono franciscano de 22 años, natural de Becedas (Ávila), fue asesinado en la Boca de Balondillo (Fuente el Fresno, Ciudad Real: ver el post del 26 de enero), el 16 de agosto de 1936 y beatificado en 2007.

«Haced conmigo lo que penséis hacer con las imágenes»
Francisco de Paula López Navarrete, sacerdote diocesano de 44 años, natural de Villanueva del Arzobispo (Jaén), fue asesinado en Orcera (Jaén) el 28 de agosto de 1936 y beatificado en 2013. Párroco de Orcera desde agosto de 1933, lo primero que hizo fue buscar a los 12 más pobres para darles limosna, planear unas misiones para la Sierra de Segura y organizar la Acción Católica. Iniciada la Guerra Civil, según relata Antonio Aranda, seguiría celebrando en Cristo Rey hasta que un día le dieron el alto y cachearon en la llamada Cruz Dorada por lo que desistió de celebrar, aunque lo hiciera en casa, de donde no salía. Le acusaron de hacer propaganda religiosa, defendiendo la fe, aunque siempre le reconocieron como “el padre de los pobres”. Le sacaron de su casa, estando enfermo, y le condenaron arbitrariamente a muerte. Hacia las 14 horas del 28 de agosto, un grupo de milicianos le exigió la entrega de cuantas imágenes y objetos religiosos tuviera para profanarlos; él se negó a ello, pidiendo que hicieran con él lo que pensaban hacer con las imágenes. Se lo llevaron montado en un camión y tomaron la carretera a Beas de Segura. Entre los olivos, cerca del cortijo de la Venta Porras, junto a la vía del proyectado ferrocarril Utiel-Baeza, en la boca de un túnel le fusilaron, pero viendo que vivía, le rociaron de gasolina y lo tiraron por el túnel al vacío. Se ensañaron con el cadáver, cortando cabeza y extremidades.

José María Masip Tamarit (fray Marcelo de Santa Ana), carmelita descalzo de 22 años natural de El Cogul (Lleida), fue asesinado en Barcelona con otro carmelita el 7 de septiembre de 1936 y beatificado en 2007. Entró con 11 en el seminario menor de los carmelitas de Palafrugell y profesó en Tarragona en 1930. En 1931 fue enviado al Monte Carmelo (Israel) para estudiar Filosofía y cumplir al mismo tiempo con el requisito militar, como colaborador en las misiones extranjeras. Regresó a Barcelona para proseguir los estudios de Teología. Durante los sucesos del 20 de julio (el convento fue ocupado por los militares y asaltado por las milicias tras la rendición), le asestaron un golpe con un fusil, derribándolo sobre el hermano Juan José de Jesús Crucificado, que yacía gravemente herido, y con cuya sangre se manchó. Creyéndolo herido, lo llevaron a una clínica, de donde pudo escapar y refugiarse en casa de unos conocidos del santuario de Santa Teresita de Lleida, que vivían en Barcelona. Poco después se encontró con el padre Antonio María de Jesús Bonet Seró -de 29 años, también ingresó en Palafrugell y profesó en Tarragona en 1923, estudiando en Roma, donde se ordenó en 1929; llegó a Barcelona en 1931 y era director del Colegio de Teología- y se refugiaron en la fonda que regentaba el hermano de éste, hasta que, el 3 de septiembre, fueron detenidos y conducidos a un chalet del Paseo de San Juan. Hacia el día 7 se los llevaron a los dos y nunca más se supo de ellos.

Gregorio Faci Molins (hermano José Carmelo), marista de 28 años, natural de La Codoñera (Teruel), fue asesinado en el cementerio de Montcada i Reixac (Barcelona) el 8 de octubre de 1936, con los demás cuyo rescate se gastó en armas el honorable Tarradellas.

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