En medio de la guerra civil que desangra Sudán, el Papa León XIV elevó desde Roma un clamor por la paz que trasciende fronteras y religiones. Su denuncia contra el exterminio de civiles en Darfur interpela a gobiernos, organismos internacionales y a una humanidad anestesiada ante el horror. Mientras la comunidad internacional multiplica sus comunicados, la violencia sigue arrasando vidas en El Fasher, epicentro de un crimen que el mundo vuelve a contemplar con distancia.
En una plaza de San Pedro bañada por la luz de noviembre, el Papa León XIV alzó la voz para denunciar lo que pocos se atreven siquiera a mirar: la matanza sistemática de miles de civiles en Darfur, en el corazón de Sudán. En su oración dominical, el Pontífice pidió un alto el fuego urgente, corredores humanitarios y compasión. No habló solo a los fieles, sino al mundo entero, a una humanidad que parece haber normalizado el horror cuando este ocurre lejos de sus pantallas o de sus fronteras.
Las palabras del Papa resuenan como un eco moral en medio de una geografía de sangre.
En la ciudad de El Fasher, en la región de Darfur, las Fuerzas de Apoyo Rápido —un grupo paramilitar con un largo historial de atrocidades— tomaron el control a finales de octubre. Desde entonces, los testimonios de Naciones Unidas, la Organización Mundial de la Salud y organizaciones humanitarias describen un escenario de pesadilla: al menos 2.000 civiles asesinados, mujeres y niñas violadas, hospitales arrasados, pacientes ejecutados en sus camas. Las imágenes satelitales muestran montones de cuerpos y manchas de sangre que se extienden como cicatrices sobre la tierra.
Pero el “nunca más” se ha convertido en una fórmula vacía que se repite tras cada matanza sin consecuencias reales.
Los informes coinciden en calificar estos hechos como crímenes de guerra y posibles crímenes contra la humanidad. Darfur vuelve a ser el nombre de un genocidio anunciado, como ya lo fue hace dos décadas, cuando el mundo prometió que “nunca más”. Pero el “nunca más” se ha convertido en una fórmula vacía que se repite tras cada matanza sin consecuencias reales. En El Fasher se libra hoy una guerra contra los inocentes, una destrucción deliberada de comunidades enteras por razones étnicas, políticas y de control territorial.
El Papa León XIV, heredero de la tradición cristiana que hace del sufrimiento humano el límite de toda indiferencia, ha recordado al mundo que ninguna geopolítica justifica el exterminio. Su voz se suma a la de los que ya no pueden gritar, y por eso su gesto tiene un valor político que trasciende el ámbito religioso. Al pedir un alto el fuego y corredores humanitarios, el Pontífice no se mueve solo por compasión cristiana, sino por una conciencia de humanidad que debería ser universal.
La reacción internacional a su llamado ha sido, por ahora, de palabras más que de hechos.
Estados Unidos ha expresado su “profunda preocupación” y ha pedido el cese de las hostilidades, subrayando su apoyo a los esfuerzos diplomáticos multilaterales.
La Unión Europea, por su parte, ha condenado las atrocidades y ha prometido fondos adicionales para asistencia humanitaria. Son gestos necesarios, pero insuficientes. Ni Washington ni Bruselas parecen dispuestos a asumir el costo político y logístico de una acción decidida que frene la barbarie. La ONU, debilitada por vetos cruzados y falta de voluntad operativa, se limita a constatar la tragedia.
miles de familias huyen entre el polvo y las ruinas, perseguidas por los mismos hombres armados que hace veinte años ya quemaban aldeas en Darfur.
Mientras tanto, miles de familias huyen entre el polvo y las ruinas, perseguidas por los mismos hombres armados que hace veinte años ya quemaban aldeas en Darfur. Los hospitales han dejado de funcionar, los convoyes humanitarios no pueden entrar y el hambre empieza a extenderse como un nuevo instrumento de exterminio. Médicos Sin Fronteras, ACNUR y otras organizaciones multiplican sus advertencias, pero la maquinaria de la ayuda internacional se mueve con la lentitud desesperante de la burocracia.
La tragedia de Sudán no es solo un conflicto africano: es el espejo de un orden mundial que ha perdido su sentido moral.
Los derechos humanos, tan invocados en discursos oficiales, se han convertido en moneda de cambio entre intereses estratégicos. Occidente mira a Ucrania y Oriente Medio; África, desgarrada entre guerras internas y la indiferencia exterior, se consume sin testigos. Las potencias regionales priorizan sus influencias, y los organismos internacionales se ven superados por su impotencia. Y también se verifica con fuerza una fuerte mirada eurocéntrica: Sudán no merece ni una décima parte de atención que Ucrania o Gaza, pese la duración del conflicto, de los miles y miles de muertos, de los cientos de miles de refugiados, de las hambrunas sufridas.
El llamamiento del Papa debería servir para recuperar una palabra olvidada: responsabilidad.
Es la responsabilidad cristiana, que llama a la responsabilidad humana, política, colectiva. La responsabilidad de impedir que la indiferencia se convierta en complicidad. La historia juzgará a los verdugos, pero también a los testigos silenciosos. Y hoy, todos lo somos.
En tiempos de redes saturadas de imágenes, el exceso de información ha generado un fenómeno perverso: la anestesia moral.
En tiempos de redes saturadas de imágenes, el exceso de información ha generado un fenómeno perverso: la anestesia moral. Cada tragedia compite con la siguiente por unos segundos de atención. Darfur aparece en titulares y luego se disuelve entre guerras más rentables mediáticamente. La voz del Papa, sin embargo, corta ese ruido. Nos recuerda que detrás de cada número hay rostros, nombres, vidas rotas. Que la compasión no es una opción, sino una obligación.
La Unión Africana, los países vecinos y las grandes potencias deberían asumir que la inacción no solo perpetúa el crimen, sino que lo legitima. El envío de una misión internacional de protección humanitaria, la presión coordinada sobre las Fuerzas de Apoyo Rápido y el apoyo a una mediación política real son pasos urgentes y posibles. No hacerlo sería admitir que el derecho internacional humanitario ha dejado de existir fuera de los comunicados.
El siglo XXI está repitiendo los errores del XX: mirar hacia otro lado mientras pueblos enteros son destruidos. Cada vez que una comunidad internacional se declara “preocupada” pero no actúa, una parte de la civilización retrocede. La voz del Papa León XIV no basta para detener la violencia, pero sí para recordarnos que el silencio ya no es neutral: es una forma de consentimiento.
El Fasher, como antes Alepo, Mariúpol o Gaza, nos enfrenta a una pregunta esencial: ¿hasta qué punto puede el mundo seguir tolerando su propia hipocresía? La indiferencia no mata menos que las balas; solo lo hace con más lentitud.
En Sudán, los cuerpos amontonados y las madres que buscan a sus hijos entre los escombros no piden caridad, sino justicia. Lo que se juega allí no es solo la vida de un pueblo, sino el alma de una humanidad que, si sigue callando, acabará por no reconocerse en el espejo.
El Fasher, como antes Alepo, Mariúpol o Gaza, nos enfrenta a una pregunta esencial: ¿hasta qué punto puede el mundo seguir tolerando su propia hipocresía? La indiferencia no mata menos que las balas solo con más lentitud Compartir en X









