En Granollers (Barcelona) está ocurriendo algo tan sencillo a la par que revolucionario. En algunos comercios del municipio ha empezado a aparecer un cartel que, a primera vista, podría pasar desapercibido entre anuncios de horarios y promociones.
Pero el mensaje es potente y directo: “Si eres menor de 16 años y no tienes móvil, puedes llamar a casa desde nuestro teléfono.”
La iniciativa, que ya se está viendo en tiendas y establecimientos del centro y varios barrios, funciona como un pequeño salvavidas cotidiano para muchas familias. No exige registros, no pide datos, no necesita aplicaciones.
Ofrece una cosa que parecía haberse perdido en la vida moderna: confianza. Y también una certeza muy valiosa para la infancia: pueden estar en la calle, moverse por el pueblo y sentirse seguros sin llevar un smartphone en el bolsillo.
Hoy en día el móvil se ha convertido en la respuesta automática a cualquier preocupación —“por si pasa algo”, “por si necesita llamarme”, “por si se pierde”—, este gesto comunitario plantea una alternativa igual de efectiva y mucho más humana. Es una manera de recordar que, durante la infancia, la seguridad no debería depender de una pantalla ni de una conexión constante. La seguridad real no la da un dispositivo.
Lo más interesante de esta propuesta es que no se limita a resolver una emergencia práctica. También lanza un mensaje cultural. Granollers está poniendo comunidad donde hoy mandan los algoritmos.
Y ese cambio de enfoque es enorme.
Porque proteger a la infancia no puede ser una batalla individual, librada en silencio por cada familia en su casa.
No basta con “educar en el uso responsable” cuando el diseño de las plataformas está pensado para atrapar atención, generar dependencia y dirigir conductas. Frente a esa maquinaria, la solución no puede recaer solo en madres y padres agotados, negociando límites a diario.
Proteger a la infancia de los malditos algoritmos es una tarea colectiva.
Por eso esta iniciativa no solo es bonita: es inteligente.
Implica a comerciantes, vecinas, instituciones y ciudadanía en un gesto simple, visible y replicable. Convierte a un pueblo en un lugar más habitable para crecer.
Granollers está demostrando que otra forma de vida es posible. Una donde los niños pueden seguir siendo niños, sin la obligación de llevar un móvil como un salvoconducto.
Y una donde lo tecnológico deja de ser el centro para devolverle protagonismo a lo más importante: la comunidad.








