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El “fenómeno” Don Alberto Ravagnani: abandona el sacerdocio

Iglesia

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Para quien no lo haya visto nunca en su pantalla —que hoy es el primer atrio de muchas almas—, Don Alberto Ravagnani no era “un sacerdote más”. Era, en el sentido moderno y algo inquietante del término, un fenómeno: un presbítero de la diócesis de Milán que hablaba muy bien el idioma de los jóvenes, formato reel, a golpe de frase corta y mirada directa. 

En Instagram se mueve en torno a los 285–286 mil seguidores; en TikTok ronda los 134 mil, con cerca de 1,9 millones de “me gusta” acumulados; y su canal de YouTube supera los 160 mil suscriptores. Ese es el marco: no hablamos de un párroco discreto de aldea, sino de una “figura pública” con un altavoz que muchos medios envidiarían.

La noticia, por tanto, no podía caer sin estruendo

En los últimos días la Diócesis de Milán ha comunicado que Don Alberto Ravagnani había expresado al arzobispo su decisión de suspender el ministerio presbiteral y que dejaba sus tareas como vicario parroquial y colaborador en la pastoral juvenil diocesana. 

El comunicado, dirigido a los fieles de la parroquia, lo firmaba el vicario general, monseñor Franco Agnesi, con un tono que pedía oración y acompañamiento para los jóvenes vinculados a las propuestas nacidas en torno a su presencia.

En paralelo, la prensa italiana situó el foco y puso los números sobre la mesa: nacido en 1993, ordenado en 2018 y destinado como vicario en la Chiesa di San Gottardo al Corso, en Milán, el “don Rava” de los primeros meses de pandemia cerraba una etapa.

Hasta aquí, el dato. Pero el dato, por sí solo, no explica nada. Y si uno pretende hablar del “fenómeno Ravagnani” sin montar un tribunal —que es lo que suele hacerse en cuanto huele a sotana y caída—, hay que levantar la vista.

Esto es una radiografía clara del tiempo que nos ha tocado. El caso de don Alberto Ravagnani obliga a poner sobre la mesa algo más incómodo: nuestra vida.

Un patrón que se repite

Porque esto no sucede en el vacío. Don Alberto Ravagnani fue uno de los protagonistas del Jubileo de los misioneros digitales e influencers católicos celebrado en Roma durante el Jubileo 2025: un evento oficial que reunió a más de un millar de evangelizadores digitales para pensar —precisamente— cómo estar en el mundo online sin caer en superficialidad.

Es decir: el propio corazón institucional de la Iglesia ha reconocido la misión en redes… y, al mismo tiempo, la ha advertido como un terreno que exige discernimiento.

Y aquí conviene mirar alrededor, porque el caso tiene familia. En España, el precedente más citado es el del sacerdote Daniel Pajuelo, conocido como @smdani, que anunció en 2023 que dejaba el ministerio y pedía respeto, saliendo del foco mediático tras un tiempo de silencio y recapacitación.

No se trata de convertir vidas en estadísticas, pero sí de admitir una evidencia pastoral:

cuando varias historias distintas acaban oliendo a la misma combustión, quizá el problema no sea sólo “la persona”, sino también el tipo de combustible y el modo de conducción.

Por contraste, está el caso —muy reciente— del influencer granadino Pablo Garna (Pablo García), que decidió apartarse temporalmente de las redes para ingresar en un seminario: una retirada para proteger el silencio, la oración y la coherencia de un proceso vocacional.

Dos movimientos opuestos que señalan, sin necesidad de moralina, la misma verdad: en redes hay que medir el riesgo. Nadie se mete en alta mar sin saber qué corrientes hay.

La dificultad real de la vocación en tiempos blandos

Conviene, de entrada, negarse al deporte nacional del veredicto. Aquí no se trata de repartir carnés. Se trata de mirar de frente la dificultad real de la vocación en estos tiempos.

Ser sacerdote o ser casado no es un papel social sino una llamada a la que se responde o no se responde.

Es decir: no se “interpreta” el sacerdocio, se vive desde dentro, igual que no se interpreta el matrimonio. Si, la vida cambia, cambian los ritmos, los entornos, la percepción de uno mismo, las expectativas de los otros. Estamos de acuerdo en que la vocación no está en un laboratorio estéril; atraviesa cansancio, crisis, tentaciones, confusión, y también éxitos que —paradójicamente— pueden ser más peligrosos que el fracaso.

El “caso Ravagnani” puede leerse como un espejo generacional: una sociedad que sospecha del “para siempre”.

Pedimos testigos de nuestra fe, pero los colocamos en un ecosistema que devora testigos y produce personajes. Queremos autenticidad en nuestra vida, pero premiamos exageradamente la exposición. En ese marco, los medios —y en particular las redes sociales— no son neutrales. Pueden ser instrumentos de anuncio, sí; pero ojo también pueden convertirse en una trampa donde lo que importa ya no es el mensaje sino la figura.

El “fenómeno Don Rava” ha dado frutos visibles: jóvenes que volvían a la Iglesia, gente que se acercaba a la confesión, adoraciones con asistencia inesperada y multitudinaria… No es poca cosa, y negarlo sería injusto.

Pero precisamente porque hay frutos y muchos, aparece una pregunta seria: ¿qué ocurre cuando el anuncio se mezcla con la lógica del influencer? ¿Hay un precio a pagar? ¿El algoritmo nos puede devorar? 

En redes sociales todo tiene su precio, un precio muy alto y aquí encaja una segunda idea, brutal y a la vez lúcida y no hablo de don Alberto sino de una realidad que aplica a todos: cuando no cultivas tu interior con la misma disciplina que el exterior, se produce un cortocircuito. Cuando algo es gratis, el producto eres tú.

No hace falta imaginar escándalos.

Todos podemos entrar sin darnos cuenta en una identidad sostenida por la mirada ajena y no por la intimidad con Dios.

Los jóvenes de hoy en día aunque de primeras no lo parezca no buscan perfección, pero sí verdad. Si alguien les propone una elección total, esperan que, al menos, esa elección sea tratada como total. De lo contrario, la herida no es solo “un sacerdote que se va”; es el golpe simbólico de ver que incluso lo que parecía firme era negociable. La fe ahora misma dicen que está de moda, se vuelve un estilo de vida más.

Desvirilización, un diagnóstico

En este punto conviene decirlo con claridad: el modo de vivir que exige una vocación no se reduce a un conjunto de hábitos externos. No basta “funcionar” como sacerdote o como casado. Y esto enlaza con un diagnóstico cultural más amplio que conviene nombrar sin paños calientes: existe una desvirilización social.

Es real y crece a pasos agigantados: el debilitamiento de virtudes que tradicionalmente sostienen la madurez: fortaleza, estabilidad, capacidad de sacrificio, sobriedad afectiva, resistencia a la necesidad de aprobación, gusto por la responsabilidad silenciosa…

Cuando la cultura promueve la gratificación inmediata, el yo como proyecto estético y el “si me hace bien, vale”, esas virtudes se vuelven raras. Y cuando se vuelven raras, también se vuelven más difíciles en quienes reciben una llamada radical.

Medir el riesgo para no perder el alma

No porque las redes sean pecado, sino porque no todo lo útil es inocuo. Hay herramientas que sirven, pero dejan astillas. Y hay momentos en que la prudencia no es cobardía: es amor a la vocación. Cada uno se conoce y sabe hasta donde puede llegar. No nos sorprendamos cuando el personaje acabe devorando al hombre.

Y aquí, por fin, volvemos a lo esencial: la vocación no es un modo de vida; es una pertenencia.

Por eso, sin entrar en disputas litúrgicas ni en trincheras estériles, el caso de don Alberto Ravagnani plantea una pregunta que nos incomoda a todos: ¿estamos construyendo comunidades que ayudan a sostener el “dentro”? ¿O estamos alimentando, incluso dentro de la Iglesia, el circuito del espectáculo, la emocionalidad rápida y la narrativa relativista? Porque el gran problema es la persona dentro de un clima que convierte toda identidad en algo provisional y toda promesa en un producto con posible fecha de caducidad.

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