El pasado 31 de enero de 2026, una marea juvenil tomó el Cerro del Cubilete, en el corazón de México, para subir hasta el Monumento a Cristo Rey.
Según el conteo final acordado con autoridades estatales, la peregrinación reunió a alrededor de 70.000 jóvenes, convirtiéndose en una de las concentraciones juveniles católicas más multitudinarias de los últimos años.
La peregrinación, que convoca a jóvenes de distintas regiones del país, es organizada desde 1974 por el movimiento Testimonio y Esperanza.
Nació para conmemorar a los mártires mexicanos que, en tiempos de persecución religiosa, entregaron su vida proclamando una consigna que aún conmueve: “¡Viva Cristo Rey!”
En esta edición, el número de asistentes superó incluso el récord previo registrado en 2020, lo que da una idea del dinamismo actual de la pastoral juvenil cuando se articula con identidad, historia y sentido de misión.
Este año, además, tuvo un motivo especial: recordar el centenario del inicio de la Guerra Cristera (1926–1929), conflicto que estalló en un contexto de hostilidad y restricciones contra la vida de fe de los católicos mexicanos durante las primeras décadas del siglo XX.
Para muchos jóvenes, caminar hacia Cristo Rey no fue solo un gesto devocional, sino también una forma de mirar la historia con gratitud y responsabilidad, reconociendo que la libertad religiosa y la vida eclesial que hoy se vive costaron sangre, perseverancia y fidelidad.
Al término de la Misa de clausura, el obispo Víctor Alejandro Aguilar Ledesma ofreció una lectura pastoral llena de realismo y esperanza. Señaló que la multitud no debe interpretarse como un “despertar” repentino, sino como la manifestación visible de una realidad que ya existe: hay muchos jóvenes en México que viven su fe, la expresan en sus comunidades y sostienen la vida de sus parroquias.
En ese sentido, fue contundente al rechazar la idea —tan repetida en algunos ambientes— de que los jóvenes se están alejando inevitablemente de la Iglesia o de que la Iglesia ya no cuenta con ellos. “Es un signo claro de un pueblo que cree”, afirmó, subrayando que los jóvenes tienen fe.
El obispo destacó también un rasgo que merece atención: la capacidad de los jóvenes para organizarse con meses de anticipación y participar sin coacciones, sin pagos y sin intereses políticos, movidos únicamente por el deseo de expresar su amor a Jesús, a la Virgen y su fidelidad a la Iglesia.
Todo parece medirse por incentivos, campañas o tendencias, pero este dato habla de una convicción profunda: cuando Cristo es el centro, la respuesta aparece.
En la misma línea, el nuncio apostólico en México, el arzobispo Joseph Spiteri, animó a los peregrinos a convertirse, al volver a sus diócesis, en “semillas de esperanza” para la sociedad. Su llamado fue directo: cada joven puede influir en la transformación de “estructuras de pecado” e injusticia, y el primer paso es construir comunidad, convocar a otros, contagiar el fuego recibido para que no se apague al terminar el evento.
Por su parte, Andrea Perea, quien concluye este año su etapa como presidenta de Testimonio y Esperanza, ofreció una advertencia tan materna como necesaria: el riesgo de una fe superficial, reducida a momentos puntuales. “Hoy es hermoso —vino a decir—, pero mañana llegará el cansancio”.
Por eso, invitó a continuar la formación y a comprometerse con el trabajo cotidiano por la comunidad y su desarrollo, dejando que ese esfuerzo esté siempre guiado por el amor al prójimo.
La peregrinación al Cristo Rey del Cubilete deja, así, un mensaje luminoso: la fe juvenil no es un mito ni una excepción. Cuando se alimenta con memoria, sacramentos, comunidad y misión, no solo llena una cima: puede renovar el corazón de un país.





