Existe un proverbio turco que dice con cierto tono de sabiduría amarga que “si llevas un payaso a un palacio, el payaso no se vuelve rey sino que el palacio se convierte en un circo”.
Leído hoy, más que una metáfora exótica, se vuelve una inquietante y triste descripción de lo que la ciudadanía, cada vez más creciente en esta forma de pensar, tiene sobre la actual política española: la Moncloa va cada vez más asemejándose a un circo sin lona.
Al gobierno actual, ese que llegó con la promesa de “limpiar la política española” tras los casos de antaño, actualmente le envuelve una maraña de tramas de corrupción que ha acorralado a ministros, exministros, asesores y hasta a familiares vinculados a su entorno más próximo.
Las ya habituales noticias sobre presuntas irregularidades, adjudicaciones bajo sospecha, relaciones impropias entre cargos públicos y empresarios, y comportamientos éticamente cuestionables dejan ya de ser hechos aislados para configurar una sensación de continuidad. Parece que ya es tradición, como nuestra tortilla de patatas.

Lo más triste de todo esto es la sensación de cansancio, incredulidad y normalización que ocasiona entre la ciudadanía. Nos perfeccionamos en el oscuro arte de no sorprendernos.
La indignación inicial parece haberse diluido en una resignación colectiva donde cada nuevo titular apenas logra sorprender. Si antes un escándalo podía durar semanas, hoy dura lo que dura tomarse un café. “¿Qué más ha salido hoy?” nos preguntamos ya con normalidad.
Y en el centro de esta tormenta de escándalos, está el Sr. Sánchez, insistiendo en que no hay nada que objetar, que con pases de prestidigitación retórica transforma lo increíble e inaceptable en hechos normales y aceptables, proclamando que aquí lo único irregular es que la gente se empeñe en mirar. Qué artista. Qué arte para sustituir la asunción de responsabilidades y crear ruido mediático para eclipsar la transparencia.
Y ahí es donde uno empieza a sospechar que el proverbio tenía razón: no estamos viendo cómo los payasos aprenden protocolo real, sino cómo el protocolo real aprende a caminar con nariz roja y zapatos gigantes.
Lo más desconcertante es la reacción del público. Nadie se levanta. Nadie se va. Nadie pide la devolución de la entrada. Miramos, suspiramos y seguimos comiendo palomitas democráticas mientras el maestro de ceremonias anuncia, con voz impostada: “Damas y caballeros, el número de hoy supera al de ayer.”
Gran problema este…el que no nos sorprenda ya el escándalo en sí sino que haya dejado de escandalizar; El palacio, la Moncloa, ha dejado de ser símbolo de dignidad y se ha vuelto el Gran Circo Nacional, en el que incluso los payasos parecen sorprenderse que ya no sorprendan a nadie.
El daño no es solamente reputacional para el partido gobernante y su dirigente y sus miembros, sino que se vuelve un daño estructural para la confianza democrática.
Y lo peor es que ya sabemos el programa de este circo de memoria.
Jose María Garía Viejo, «Jucho».










