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San Pedro Damián frente a la confusión de género en la Iglesia

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En los últimos años, y de manera cada vez más visible, han ido aflorando en redes sociales libros, cuentas, podcasts, encuentros y quedadas promovidos desde entornos que se presentan como “católicos LGBT”.

El fenómeno no es menor ni anecdótico, revela hasta qué punto la cuestión ha dejado de ser un debate marginal para instalarse en el corazón mismo de la conversación eclesial.

El problema no radica en la necesidad —indiscutible— de acompañar a toda persona con respeto y caridad, sino en que muchas de estas iniciativas, envueltas en un lenguaje de acogida, terminan añadiendo una profunda confusión doctrinal, moral y pastoral sobre la antropología cristiana, el sentido del cuerpo y la verdad del amor humano.

Hay épocas en las que la Iglesia sufre por persecución y hay otras en las que sufre por confusión. La nuestra pertenece a ambas categorías.

No faltan hoy controversias doctrinales, tensiones pastorales o fracturas culturales. Pero pocas tan delicadas como la que afecta a la cuestión del género, porque en ella se discute la propia realidad de persona.

Por eso conviene volver a san Pedro Damián, doctor de la Iglesia que celebramos a finales de febrero. San Pedro Damián comprendió con lucidez el vínculo entre decadencia moral y descomposición institucional.

Su Liber Gomorrhianus, escrito en el siglo XI y dirigido al papa León IX, fue una advertencia severa ante una corrupción sexual enquistada en sectores del clero y, todavía más, ante la pasividad de quienes debían corregirla. “El enemigo estaba dentro, y, además, estaba bautizado”.

Pedro Damián vio algo decisivo: el verdadero peligro no era sólo el pecado, era peor su normalización; no sólo la caída del individuo, sino la tibieza de la estructura que deja de reaccionar.

Sería simplista identificar sin más la crisis que él denunció con los debates contemporáneos sobre identidad sexual o teoría de género.

Son planos distintos, contextos distintos, lenguajes distintos. Y, sin embargo, la comparación ilumina.

En tiempos de Pedro Damián, el problema central era una corrupción concreta de costumbres, agravada por el escándalo y el encubrimiento. En nuestro tiempo, a ese drama se suma otro más amplio y mucho más profundo, la disolución de la antropología cristiana.

No se trata sólo de juzgar si ciertas prácticas son lícitas o ilícitas. Se trata de algo mucho más importante como es determinar si el cuerpo significa algo, si la diferencia sexual tiene un sentido objetivo, si la identidad se recibe o se inventa.

Ahí es donde la situación actual adquiere una gravedad singular. Porque la presión cultural no invita simplemente a tolerar determinados comportamientos, sino a reformular la comprensión misma del ser humano.

Lo masculino y lo femenino dejan de presentarse como una realidad inscrita en la creación para pasar a interpretarse como materiales maleables de la voluntad. El cuerpo se convierte en un dato secundario; la subjetividad, en criterio supremo. Y la Iglesia, enfrentada a este giro, corre el riesgo de ceder no tanto en la doctrina explícita como en el clima mental con el que la comunica.

Ese riesgo no siempre adopta la forma de una herejía abierta. A veces se presenta con ropajes más suaves y discretas como apelaciones genéricas a la acogida, cautelas pastorales mal delimitadas, reluctancia a nombrar con precisión el error, temor a parecer “duros” en una sociedad sentimentalizada.

El problema es que, en asuntos de esta naturaleza, la ambigüedad raramente funciona como puente. Casi siempre acaba operando como renuncia.

San Pedro Damián entendió esto de manera implacable. Sabía muy bien que la falsa compasión puede ser una forma refinada de crueldad. Por ejemplo, un superior que no corrige por comodidad, por cálculo o por miedo al conflicto no está ejerciendo misericordia: está abandonando al pecador, escandalizando al inocente y debilitando a toda la comunidad.

La lección conserva su vigor. También hoy la Iglesia debe preguntarse si determinadas vacilaciones responden a prudencia evangélica o, más bien, a una falta de fortaleza disfrazada de sensibilidad.

Defender la verdad sobre el hombre no equivale a despreciar a nadie. Al contrario. La grandeza de la visión católica consiste precisamente en que une una afirmación altísima de la dignidad personal con una comprensión exigente de la verdad moral.

Toda persona merece respeto, acompañamiento y caridad. Pero ese respeto no obliga a bendecir la confusión ni a ratificar cualquier autodefinición subjetiva. La caridad cristiana no consiste en decir al hombre que puede rehacerse a voluntad, sino en recordarle que ha sido creado, querido y llamado.

Éste es el punto más delicado del momento presente. La Iglesia sabe —o debería saber— que el sufrimiento de muchas personas afectadas por la confusión sexual, por la disforia o por heridas afectivas profundas exige una cercanía inmensa. Pero precisamente por eso no puede ofrecerles como remedio la misma lógica cultural que ha contribuido a desorientarlas.

La ternura sin verdad consuela un instante y abandona poco después. La verdad sin ternura humilla. La tradición católica, en su mejor expresión, rehúsa ambas mutilaciones.

De ahí que el recuerdo de san Pedro Damián tenga hoy un valor mucho más que erudito ¿Quiere la Iglesia seguir siendo maestra de humanidad o resignarse a convertirse en eco piadoso de las categorías dominantes?

No una simple disputa de vocabulario, ni una guerra cultural más o menos estridente, sino la fidelidad a una concepción del hombre que no nace del poder, del deseo o de la moda, sino del orden de la creación y de la revelación cristiana.

Las épocas de decadencia suelen pedir a la Iglesia que rebaje el tono, que administre silencios, que sustituya la claridad por gestos vagos. Pero las grandes reformas espirituales nacieron de la lucidez, del coraje y de una forma superior de caridad que es la que se atreve a decir la verdad para que el hombre no termine perdiéndose del todo.

Por eso san Pedro Damián sigue siendo actual. No porque haya que copiar literalmente su severidad, sino porque supo ver, antes que otros, que una Iglesia que teme nombrar el desorden acaba por acostumbrarse a él.

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