La historia de la Salvación tiene algo sorprendente: algunos de sus momentos decisivos suceden en silencio, lejos de los grandes escenarios, y de ellos depende el destino del mundo.
Uno de esos momentos ocurrió en el corazón de quien no pronunció una sola palabra en los Evangelios: san José.
Una noche, aquel carpintero de Nazaret se enfrentó a una decisión capaz de romperle el corazón. Amaba profundamente a María, con quien estaba desposado, a quien había entregado su vida a ese matrimonio y con quien había imaginado un futuro y, de pronto, todo parecía tambalearse.
El Evangelio apenas nos da unas líneas sobre ese instante. Pero el poema La vocación de José, escrito por Jesús Reviejo y musicalizado por Quinto (Eterna Confianza) y Fati Martínez en la canción La llamada del padre, se atreve a entrar en ese silencio y poner palabras y melodía a lo que pudo estar pasando en su interior.
Para comprender la situación hay que recordar cómo funcionaba el matrimonio judío en aquella época. Tenía dos etapas. Primero el desposorio: un compromiso legal por el cual hombre y mujer ya eran considerados esposos ante la ley, aunque todavía no vivieran juntos. Aproximadamente un año después tenía lugar la segunda etapa: el esposo llevaba solemnemente a la esposa a su casa y comenzaban la vida en común.
Por eso, cuando el Evangelio dice que María estaba “desposada” con José (Mt 1,18), significa que ya eran jurídicamente esposos. Descubrir que María estaba embarazada era, humanamente, una situación muy difícil ya que todo parecía indicar algo imposible de aceptar para la lógica humana.
José podía denunciarla públicamente y, con ello, proteger la ley de Dios y su propio honor. Pero decidió hacer lo contrario: repudiarla en secreto.
No porque dudara de la fidelidad de María, más bien al contrario, José conocía a María, sabía quién era, y precisamente por eso intuía que estaba ante algo que lo superaba. Su decisión nace de la humildad: no quiere interponerse en la obra de Dios, no entiende cual es su papel ahí e intuye que no hay papel para él.
El poema y ahora canción pone palabras a esa lucha interior:
Yo me sé indigno de tan divino signo. Qué triste mi agonía, qué hondo mi dolor. Por agradar al Señor debo dejar a María.”
José está dispuesto a perder lo que más ama por fidelidad a Dios. Y ahí aparece algo muy humano: el miedo a no estar a la altura de lo que Dios pide.
El sacerdote italiano Fabio Rosini explica que la misión de José se puede resumir en tres verbos: acoger, custodiar y alimentar.
El hombre justo no es el que controla el plan de Dios, sino el que sabe recibir una obra que no ha producido él mismo. José está dispuesto a acoger lo que Dios haga, aunque no lo comprenda del todo.
Está dispuesto a custodiar ese misterio, aunque eso signifique hacerse a un lado, sin todavía saber que ese misterio que está dispuesto a proteger es el mismo Dios hecho hombre.
El nombre José proviene del hebreo Yosef, que significa “Dios añadirá” o “Dios acrecentará”. Como Raquel en el Génesis, que da este nombre a su hijo esperando una bendición mayor, José está a punto de experimentar esa promesa de un modo inimaginable.
Cuando todo parece perdido, Dios interviene en el famoso sueño:
No temas recibir a María como tu esposa”.
José descubre entonces lo que supera toda épica humana: María no es simplemente otra criatura, en su seno lleva al Ilimitado y Perfecto. La mujer que él creía perder es el lugar donde Dios mismo entra en la historia: ella es la Inmaculada. Y José debe estar a su lado y tiene un papel crucial:
Del que a todos salvará, ser su padre es tu misión.”
Jesús Reviejo cuenta que escribió este poema el 23 de abril de 2021, tras experimentar un momento de inspiración durante una predicación sobre la vocación de san José. Primero apareció la angustia interior de José; después, la alegría. Por eso, el episodio que solemos llamar “las dudas de José” quizá tiene un nombre más justo: la vocación de José. Porque en ese sueño no solo se resuelve una crisis sino que Dios le llama y le envía otorgándole una misión. Le llama a algo que nadie había vivido jamás: ser esposo de María y padre virginal de Jesús.
Por eso, cuando Quinto y Fati Martinez musicalizaron el poema, decidieron titular la canción La llamada del padre. El título tiene una ambigüedad preciosa: el Padre —Dios Padre— llama a José a convertirse en padre del Hijo.
Uno de los versos más hermosos dice:
Del Padre seré la sombra llevando en brazos al Hijo.”
Esta imagen recuerda la obra La sombra del Padre, donde José aparece como un hombre que no busca protagonismo, pero cuya presencia es esencial: una sombra que protege, sostiene y acompaña; una sombra que implica hacer presente a otro. Eso fue exactamente lo que hizo José: en su modo de trabajar, de cuidar, de enseñar y de amar, Jesús pudo experimentar la ternura y la firmeza del Padre.
Fabio Rosini añade otra intuición muy profunda: la grandeza de José consiste también en saber desaparecer. Aparece en el Evangelio, cumple su misión —acoge, protege, da identidad y educa— y luego se retira en silencio. Su paternidad prepara el camino para que el Hijo crezca.
Fabrice Hadjadj, en Ser padre con san José, subraya que la paternidad de José es paradójica: es padre precisamente porque sabe que el hijo no le pertenece.
José no engendró a Jesús y, sin embargo, nadie ha sido más verdaderamente padre que él. Ser padre, por tanto, no significa poseer una vida, sino custodiarla y ayudarla a llegar a ser quien está llamada a ser.
José acogió una vida que lo superaba infinitamente y la cuidó con fidelidad. Enseñó a caminar al mismo Dios que había creado el universo.
La canción culmina con unos versos reveladores:
Pondré por nombre ‘Jesús’ al que me llamará ‘papá’.”
Y ahí se revela toda la grandeza de la vocación de José. Estar con María, María con él pero antes los dos en Dios, porque el Dios que sostiene el universo quiso aprender a vivir una vida humana: caminar, trabajar, rezar, salir al mundo para salvarlo desde dentro. Y para eso necesitó un padre.
Escuchar la canción aquí.









