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Europa tras el 68: de comunidad a administración

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Europa no se derrumba primero por la presión exterior. No cae por Rusia, ni por China, ni siquiera por la creciente distancia estratégica con Estados Unidos. Como en las grandes tragedias griegas, la destrucción comienza antes, en el interior, cuando una comunidad pierde la conciencia del orden moral que le daba forma.

La enseñanza de Antígona sigue siendo decisiva. La ciudad no se rompe por la fuerza del enemigo, sino cuando su ley positiva se separa de una justicia más profunda. El error de Creonte no es solo político; es antropológico y moral. Al imponer su voluntad sobre un principio superior, desencadena la ruina de Tebas y de su propia casa.

Ese es, exactamente, el drama de la Europa contemporánea.

Una civilización puede sobrevivir a la pobreza, a la derrota militar e incluso a una fase de decadencia económica. Lo que no puede sobrevivir es a la pérdida de su propia explicación. Y hoy ese es el punto exacto en el que se encuentra la Unión Europea: conserva instituciones, procedimientos, regulaciones y burocracias, pero ha comenzado a olvidar por qué existe y qué visión del hombre justificó su construcción.

Europa no nació solo de tratados ni de equilibrios de poder. Nació de una determinada idea de la persona, de la libertad, de la justicia, del deber y del bien común. Esa idea no fue fruto exclusivo de la razón instrumental ni del pacto entre intereses contrapuestos. Fue el resultado histórico de una matriz cristiana que, durante siglos, ofreció una gramática moral compartida capaz de unir pueblos, lenguas y reinos.

Ahí estuvo la verdadera unidad europea.

La cristiandad, con todas sus limitaciones históricas, proporcionó algo que hoy hemos perdido: un consenso profundo sobre lo que era justo, digno y bueno. Las fronteras podían cambiar, los poderes temporales podían enfrentarse, pero subsistía un suelo moral común que daba cohesión a la civilización.

Ese sustrato sobrevivió incluso a la modernidad política. Llegó, transformado pero vivo, hasta los padres fundadores de la Europa de posguerra: Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi y Robert Schuman. Ellos pudieron construir porque todavía compartían un fundamento prepolítico, una comprensión de la dignidad humana que no necesitaba ser inventada de nuevo.

La fractura decisiva llega con la revolución cultural de los años sesenta. El 68 no solo cuestionó estructuras sociales concretas; introdujo un subjetivismo radical que convirtió el deseo, la emoción y la autoafirmación en criterio supremo. Lo que antes era tradición pasó a ser sospecha. Lo que era vínculo fue reinterpretado como opresión. Lo que era límite moral comenzó a presentarse como una agresión a la libertad.

Pero una sociedad sin límites compartidos no se vuelve más libre. Se vuelve más vulnerable.

A partir de ahí emerge la gran mutación europea: la sustitución de la comunidad por la administración. Familia, costumbres, deberes recíprocos, instituciones intermedias y tejido asociativo ceden terreno al Estado como proveedor universal de cohesión. El vínculo deja de ser moral para convertirse en administrativo.

Por eso Europa legisla cada vez más y cohesiona cada vez menos.

La ley ocupa el lugar de la cultura. La regulación intenta suplir lo que antes sostenían las convicciones compartidas. Sin embargo, ninguna hiperproducción normativa puede reemplazar indefinidamente una civilización viva. Cuando desaparece el fundamento moral, la ley se convierte en una prótesis incapaz de generar por sí misma el alma que pretende ordenar.

Aquí aparece la raíz de su impotencia geopolítica. Europa no es débil porque haya adversarios fuertes; es débil porque ya no sabe qué merece ser defendido. La pérdida de influencia en África, su irrelevancia creciente en Oriente Próximo o su dependencia estratégica son consecuencias de una crisis más profunda: la pérdida de conciencia sobre su propia identidad.

El continente sigue hablando en nombre de los derechos, pero ha debilitado la antropología que les daba sentido. Quiere dignidad sin trascendencia, libertad sin responsabilidad, unidad sin memoria compartida.

Y eso no puede sostenerse mucho tiempo.

Por eso el diálogo entre Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger resulta hoy decisivo. Desde tradiciones intelectuales muy distintas, ambos convergieron en una intuición fundamental: el Estado liberal necesita presupuestos morales que no puede producir por sí mismo.

Dicho de otro modo: la razón política necesita alimentarse de una cultura previa.

Y aquí se encuentra la oportunidad cristiana para Europa. No se trata de restaurar una confesionalidad política ni de imponer la fe como régimen. Se trata de reconocer, también desde la sola razón, que la cultura cristiana ha sido históricamente el marco más fecundo para afirmar la dignidad de la persona, la centralidad de la conciencia, el valor del deber, la libertad responsable y la primacía del bien común.

La cultura cristiana no necesita ser aceptada primero como acto de fe para mostrar su valía. Basta la razón para comprender que sus frutos han hecho posible la mejor Europa: la de la persona irreductible al poder, la de la ley limitada por la justicia, la de la solidaridad como deber y no solo como prestación.

Ese es el verdadero desafío: recuperar las raíces no por nostalgia, sino por racionalidad civilizatoria.

Porque ningún plan económico, ningún rearme institucional y ninguna reforma burocrática podrán devolver el alma a Europa si antes no recupera la explicación cristiana de lo humano que hizo posible su civilización.

Sin ese retorno, la Unión Europea seguirá funcionando. Pero cada vez se parecerá menos a una civilización y más a una administración extensa, eficiente quizá, pero incapaz de inspirar lealtad, sacrificio y esperanza.

Como en la tragedia clásica, la némesis no vendrá de fuera.

Hace tiempo que comenzó a nacer dentro.

Derechos sin fundamento, libertad sin límites: la ecuación que Europa no puede sostener.#Europa Compartir en X

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