Rafa Martínez Echevarría: «Un libro no es un objeto neutro: es alguien hablándole a tu hijo durante horas»

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En un momento en el que las familias prestan cada vez más atención a los contenidos que consumen sus hijos, la lectura continúa siendo, paradójicamente, uno de los ámbitos menos supervisados.

Consciente de esta realidad, Alexia Editorial impulsa una iniciativa que ayuda a los padres a educar con criterio también a través de los libros. Una de ellas es Padres Guardametas, un proyecto creado por Rafa Martínez Echevarría, editor, padre de familia y gran conocedor de la literatura infantil y juvenil. Hablamos con él sobre la importancia de acompañar las lecturas de los hijos, el poder formativo de las historias y el papel insustituible de los padres como primeros educadores de la imaginación, la inteligencia y el corazón.

Rafa, para quien no conozca todavía Padres Guardametas, ¿cómo explicarías en
pocas palabras qué es el proyecto y, sobre todo, qué preocupación de padre late
detrás de él?

Padres Guardametas es una plataforma que analiza el contenido de los libros infantiles y
juveniles para que los padres sepan qué hay dentro de un libro antes de ponerlo en manos
de sus hijos: qué temas trata y cómo los trata.

La preocupación que late detrás es muy sencilla y creo que muy compartida: los padres miramos con lupa lo que comen nuestros hijos, las series que ven, los videojuegos que instalan… pero los libros suelen entrar en casa sin ningún filtro, porque damos por hecho que «leer siempre es bueno». Y un libro no es un objeto neutro: es alguien contándole una historia a tu hijo durante horas, a solas, en su cabeza.

Como padre quise saber quién le estaba hablando a mis hijos y qué les estaba diciendo. Como no encontré una herramienta que me lo dijera con claridad, decidimos crearla.

El nombre «Padres Guardametas» es muy gráfico: un padre no juega el partido por su hijo, pero sí cuida la portería. ¿Qué portería crees que tenemos que defender hoy en la educación lectora de los niños?

La portería es su interioridad: su imaginación, su sensibilidad, su idea de lo que es el amor, el bien, el mal, el cuerpo, la amistad. Todo eso se está formando precisamente en los años en que más leen. El portero no puede jugar el partido por el delantero, y un padre no puede —ni debe— leer por su hijo ni vivir por él. Pero sí puede evitar que le entren goles por la escuadra cuando todavía no tiene recursos para defenderse solo.

Hay contenidos que un adulto procesa con distancia crítica y que a un niño de diez años le
entran directamente, sin filtro, porque aún no lo tiene.

Nuestra tarea es doble: parar los balones que hacen daño y, sobre todo, entrenar poco a poco a nuestros hijos para que un día sepan defender ellos mismos su portería.

Ese es el objetivo final: que desarrollen criterio propio.

Durante años hemos repetido que «lo importante es que lean», casi como si
cualquier lectura fuera buena por el simple hecho de ser lectura. ¿Qué matiz
introducirías tú ahí como padre y como educador?

El matiz es el mismo que aplicaríamos a la comida: nadie dice «lo importante es que coman, da igual qué». Decimos que coman bien. Con la lectura pasa igual.

Leer es una actividad, no una virtud. La lectura tiene un poder enorme precisamente porque forma, y lo que tiene poder para formar también lo tiene para deformar.

Un libro puede ensanchar el alma de un niño o puede banalizar cosas serias, adelantar etapas que no le tocan o normalizar visiones del mundo que sus padres nunca elegirían para él. Trabajo en el mundo editorial y sé que se publica de todo, con criterios muy distintos, y que la etiqueta «juvenil» en la cubierta no garantiza nada.

Así que yo cambiaría el lema: lo importante no es solo que lean, sino que lean bien, y que lo que lean les ayude a crecer.

¿Cómo puede un padre acompañar las lecturas de sus hijos sin caer ni en el control asfixiante ni en la ingenuidad de dejarles solos ante cualquier contenido?

La clave está en cambiar vigilancia por presencia. El control asfixiante trata al hijo como sospechoso; la ingenuidad lo trata como si ya fuera adulto. El acompañamiento lo trata como lo que es: alguien en formación que necesita a sus padres cerca.

En la práctica eso significa cosas muy concretas: interesarse de verdad por lo que leen y preguntarles por sus personajes como preguntamos por sus amigos; leer nosotros alguno de sus libros de vez en cuando; informarse antes de comprar —para eso existe precisamente Padres Guardametas, para que ningún padre tenga que leerse antes los cuarenta libros que pasan por casa—; y conversar sobre lo leído sin interrogatorios, con curiosidad genuina.

Cuando un hijo percibe que sus lecturas les importan a sus padres, no lo vive como censura: lo vive como que él importa. Y esa relación de confianza es la que permite, cuando toca decir «este libro todavía no», que el niño lo entienda como cuidado y no como prohibición arbitraria.

Más allá de evitar contenidos inadecuados, ¿qué puede sembrar un buen libro en la imaginación moral, afectiva y espiritual de un niño?

Un buen libro siembra modelos: héroes que eligen el bien cuando cuesta, personajes que se equivocan y reparan, amistades leales, sacrificios que valen la pena.

Siembra  vocabulario afectivo: el niño aprende a nombrar lo que siente porque lo ha visto nombrado en una historia.

Siembra esperanza, que es quizá lo más valioso: la convicción profunda de que el mal no tiene la última palabra. Y siembra también apertura a lo trascendente: el asombro, las preguntas grandes, la intuición de que la vida tiene un sentido que merece ser buscado.

Los cuentos que escuchamos de niños trabajan en nosotros toda la vida; muchos adultos seguimos tomando decisiones con la brújula moral que nos regalaron las historias de nuestra infancia.

Por eso elegir bien un libro no es una precaución: es una siembra a treinta años vista.

De cara al verano, para una familia que quiere empezar a cuidar mejor las lecturas de sus hijos, pero no sabe por dónde comenzar, ¿qué tres consejos sencillos le darías?

Primero: empezad por conocer lo que ya leen. Antes de comprar nada nuevo, coged uno de los libros que vuestro hijo tiene entre manos y leedlo, aunque sea en diagonal. Os sorprenderá —para bien o para mal— y os dará tema de conversación inmediato.

Segundo: elegid las lecturas de verano con criterio, no por la estantería de los más vendidos o novedades. Consultad análisis y reseñas orientadas a familias y llevad a la piscina o a la playa libros que hayáis elegido a conciencia, no los que el algoritmo o el escaparate os pongan delante.

Tercero: este es un poco más idílico-utópico. Cread un pequeño ritual de lectura compartida. Quince minutos de lectura en voz alta después de cenar, o todos leyendo a la vez en la terraza, cada uno su libro. El verano lo permite como ningún otro momento del año.

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