Amar al Papa y a la Iglesia en tiempos revueltos

Colaboraciones

Las últimas semanas han sido especialmente duras para la Iglesia como institución.  Los casos de pederastia aflorados por la investigación de Filadelfia a raíz de lo sucedido a lo largo de muchos años ha sido una explosión de gran potencia en la sala de máquinas. Lo denunciado es muy grave en sí mismo, aunque haya que añadir que ha sido aireado de manera incluso escandalosa por muchos medios y organizaciones que, en paralelo, han silenciado un dato fundamental: gran parte de los casos de pederastia corresponden a clérigos homosexuales. Con la Iglesia, con el Papa, con los obispos, cualquiera se atreve a decir lo que es y lo que no es, pero el colectivo gay y variantes similares es intocable. Los abusos cometidos por sacerdotes se reiterarán mil veces en los medios y en discursos públicos, pero nunca desvelan la identidad sexual de los causantes de las aberraciones porque ello afectaría a quienes ejercen una dictadura ideológica de nuevo cuño en la sociedad occidental.

Si grave era lo anterior, en los últimos días de agosto de 2018 el asunto ha ido más allá. Es el propio Papa Francisco el acusado directamente de haber encubierto a algún eclesiástico que ha cometido delitos de pederastia. El Testimonio del arzobispo Carlos María Viganó, antiguo Nuncio de la Santa Sede en Estados Unidos, no afecta a sacerdotes y obispos, sino directamente al Papa, al cual incluso pide la dimisión. En dicho Testimonio se afirma que el que fue cardenal –ya no lo es- Theodore McCarrik llevó una vida inmoral, con actos homosexuales, perversión de seminaristas, confesiones sacrílegas, etc., y que de ello el propio Viganó había informado al Papa Francisco, pero éste no actuó a pesar de la información y advertencias, por lo que tiene responsabilidades en el encubrimiento. Viganó afirma también que hay una fuerte presión homosexual dentro de la Iglesia.

Como es de todos sabido, el Papa Francisco no quiso comentar nada del asunto en la rueda de prensa celebrada en el avión cuando regresaba de Dublín tras la Jornada Mundial de la Familia, limitándose a responder a los periodistas que lean ellos el documento de Viganó y saquen consecuencias.

Una gran parte del pueblo cristiano más consciente está desconcertada. No digamos los sacerdotes de todo el mundo, los seminarios de todas las diócesis. Quizás muchos católicos laicos de menor formación o poco informados no se han enterado o no captan a fondo el asunto a pesar de que su práctica religiosa es muy sólida.

Se afronta una situación a la que hay que dar alguna respuesta. Es necesario que se sepa la verdad, sea cual fuere.  De entrada merece la pena decir que es muy anormal la forma en que Carlos María Viganó ha dado a conocer el documento. Lo lógico dentro de la Iglesia es que una denuncia de este tipo se hubiera hecho llegar directamente al Papa, no difundirla a la prensa. Su autor quizás pensó que de hacerlo así no se le atendería o no habría respuesta. Recordar que tiempo atrás cuatro cardenales hicieron público un documento en el que criticaban determinados aspectos de la actuación o aspectos doctrinales del Papa Francisco. Pero el proceso era distinto porque meses antes se lo habían enviado al Santo Padre y no hubo respuesta.

Tampoco siguen buen camino algunas reacciones de personas favorables al Papa Francisco, con acusaciones contra Viganó sin entrar en el núcleo del asunto y limitándose a insultar o difamar al arzobispo.

Todo ello se cuece en las altas esferas, pero, mientras tanto, los que somos católicos de a pie, ¿qué podemos hacer?

En primer lugar, diría, tener confianza en Dios y en la Iglesia. En cualquier otro tipo de instituciones, el documento del arzobispo Viganó hubiera sido la explosión de un gran torpedo por debajo de la línea de flotación, echando a pique la nave, pero a la barca de Pedro no hay torpedo que la hunda, aunque la zarandee y haga pasar muy mal rato a los tripulantes.

Sigue después la presunción de inocencia del Papa. Viganó acusa, pero por el momento no se ha demostrado que las acusaciones sean reales. Y la presunción de inocencia se ha de reconocer a cualquier persona.

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Rezar mucho por el Papa y por la Iglesia es otro aspecto fundamental. Pedir a Dios que brille la verdad y pase la tormenta. Amamos al Papa, sea el que sea. Es legítimo y normal que entre los propios católicos a unos les guste más un Papa que otro, pero llámese Pío, Paulo, Juan, Clemente, Juan Pablo, Gregorio, León, Benedicto o Francisco le amamos, veneramos y obedecemos.

Nos corresponde sufrir también con el Papa, que sin duda atraviesa un Calvario en estos días.

Y siempre ser apostólicos y proclamar la grandeza de la Iglesia fundada por Cristo a pesar de tantas mezquindades humanas. Cristo es la cabeza del Cuerpo Místico, al cual rige, y en Él no hay ningún mal ni error. La ponzoña la tenemos nosotros. Pero Él lo supera todo. Y, como camino, tenemos a la Virgen, que es la Gran Auxiliadora.

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