Aunque fuese por puro interés

Del mismo modo que el europeo medio asiste indiferente al hundimiento de su propia civilización, de su propia cultura, muestra la misma indiferencia ante el peor de los peligros imaginables: la condenación eterna de su alma.

Ha dejado de creer que tiene un alma inmortal, susceptible de salvarse o de condenarse eternamente en función de su mejor o peor actuación en este teatro trascendente que es la vida, y por eso ha apartado ese problema de la lista de sus preocupaciones.

Y, sin embargo, ese europeo medio es un ser enormemente previsor. Le preocupa ante todo su seguridad material, que pretende defender de todas las eventualidades imaginables, por lo que destina enormes sumas a los seguros. Asegura su casa, su automóvil, sus instrumentos de trabajo, el riesgo de enfermar o accidentarse e incluso su vida, pero prescinde totalmente del riesgo principal.

Si del mismo modo que se pregunta con angustia: ¿y si se incendia mi casa? ¿y si roban mi automóvil?, se preguntase sencillamente: ¿y si fuese verdad que tengo un alma inmortal?, el simple sentido de la prudencia podría llevarle a plantearse algún tipo de “seguro” sobre esa eventualidad. Podría, por simple prudencia, empezar a pensar en esa posibilidad del mismo modo que se plantea tantas otras eventualidades que pueden suponer un riesgo para él, y tal vez de ese modo pudiese comenzar a recuperar algo del sentido común que ha perdido.

Ya sé que el puro interés no es la mejor forma de acercarse a la trascendencia, no hace falta que me lo digáis. Pero la situación del pobre europeo medio es tan precaria y desesperada que, aunque fuese por puro interés egoísta, valdría la pena que comenzase a advertir ese peligro, puesto que descarto que otros tipos de interés más elevados pudieran moverlo a hacerlo, dado que ha decidido borrar radicalmente toda su historia y los fundamentos de su cultura.

El europeo medio que piensa que se basta a sí mismo, que no necesita para nada apoyarse en un Dios que “coarta su libertad”, ese europeo medio posmoderno, empapado del pecado de orgullo tan viejo como el mundo, que empujó a Adán a comerse una manzana pensando: “seré como Dios (o eso dice la Serpiente; ¡vamos a probar qué pasa!)”, ese europeo henchido de autosuficiencia, incapaz de ver su propia imagen patética en el espejo de los demás, debería meditar sobre ciertas palabras que alguien pronunció hace tiempo:

“Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que no creyendo en un Dios que existe”.

Pero ese europeo desprecia el pasado, de modo que ¿cómo va a preocuparle lo que dijo alguien, inferior sin duda a él, puesto que pertenecía a una etapa superada del progreso humano?

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