“Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto”.
“Ama y haz lo que quieras”, San Agustín.
Leyendo Diario de invierno de Paul Auster, escribía sobre la diferencia de la perfección en la fe, entre judíos y cristianos. Ambas religiones monoteístas, desean y no imponen que seamos perfectos, que tengamos una fe con obras.
Está permitido equivocarse (es lo más fácil decía la Madre Teresa de Calcuta) y pecar. No te agobies. Perdónate y pide perdón a Dios y al prójimo con quien has fallado. Yo también lo he hecho.
Sin duda hay que confesarse. Lo dice la religión cristiana y católica. Lutero lo niega.
Un corazón contrito no lo rechaza Dios, es más, Él te perdona, te ama, te quiere vivo y feliz. Antes de que existieras ya existías en la mente de Dios. Nosotros no le elegimos, nos elige nuestro Padre Todopoderoso y Hacedor.
Cuando pecamos sufrimos, nos herimos sin querer. El arrepentimiento es un manantial, surcando las aguas del río sinuoso, hasta llegar al mar de la perfección. Pues al pecar dejamos una huella, la recordamos y no queremos la repetición de ese error.
Decididos queremos dejar de pecar, no deseamos ni queremos hacer daño a nadie. Leemos las Sagradas Escrituras y se amplia la mirada, el horizonte se ensancha y el camino es amplio. Queremos escalar altas montañas con justos hechos.
No es malo ni negativo ser virtuosos ni ser justos. No es imposible ser perfectos.
¿Es que no nos maravilla la extraordinaria vida de Jesucristo, los profetas y los santos? ¿Y la vida de los primeros cristianos?
La vida es como un colegio. Se nos dice que tenemos que ser como niños.
Es la madre de las tonterías vivir con mentiras, haciendo caso a las supersticiones, odiando, guardar rencor, hacer daño a todos…etc.
¿No vale más sonreír a la gente, dedicar unos buenos días cada mañana temprano, pedir perdón, dar las gracias, cumplir con los estudios, el trabajo y la familia?
Todos somos hermanos que caminamos hacia el mismo destino. Seamos fraternos y perfectos, porque lo que nos espera es muy grande.
«Ningún amor es eterno, salvo el amor intelectual (…) El amor intelectual del alma hacia Dios es el mismo amor con que Dios se ama a sí mismo (…) En virtud de esto, comprendemos claramente en qué consiste nuestra salvación o felicidad, o sea, nuestra libertad».
Ética demostrada según el orden geométrico, Spinoza
Hazte una sencilla pregunta: ¿puedo ser perfecto? Dios nos ha dado la libertad.








