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Hombres con puertas y bóvedas: la intimidad personal

Recuerdo haber visto, hace algunos años, exposiciones del escultor aragonés Pablo Serrano (1908-1985). En ellas se esculpía una visión de la persona original. Una exposición mostraba  unas  bóvedas curiosas que, según el autor, reflejaban  la necesidad del hombre de tener un refugio ante las agresiones externas, físicas y emocionales. Eran esas bóvedas un lugar de cobijo, de seguridad, de  reflexión. Manifestaban un interior pulido, y un exterior rugoso, cuya misión era proteger lo interno.

Pero me llamó más la atención otra exposición que se trataba de torsos humanos con puertas; no he encontrado por internet ninguna de estas esculturas que estarán alojadas solamente en  museos internacionales, pues es considerado este escultor uno de los mejores del siglo XX.

Eran sorprendente aquellos torsos; unos con puertas grandes, otros, con puertas más pequeñas; algunas gruesas, otras livianas. En aquella ocasión capté la dimensión de la persona de recibir y de dar; de abrirse a lo que le rodea y dejarlo entrar; hacerlo un poco, o a medias, o del todo.

Ahora con el bagaje -en mi caso todavía incipiente de la filosofía de D. Leonardo Polo-, me sirven las obras maestras del reconocido escultor (Premio de Príncipe de Asturias de las Artes, 1982) para descubrir con  muchos matices, o mejor, en sí misma, algo fundamental: la intimidad personal.

Nos explica Polo que solo las personas sabemos que somos, que comenzamos a ser, y -quizás lo más maravilloso- que nunca terminaremos

Nos explica Polo que solo las personas sabemos que somos, que comenzamos a ser, y -quizás lo más maravilloso- que nunca terminaremos. Así ocurre; nuestra existencia -que es coexistencia con Quien nos ha creado- es inagotable e inabarcable. Lo comprobamos entrando en nuestra intimidad, cerrando la puerta del todo, viéndonos en silencio. Y ahí palpamos también nuestra precariedad. Buscamos ¿qué buscamos? Don Leonardo diría que nuestra réplica. Es que nos reconocemos ¡tan necesitados! Y al mismo tiempo con la carga y el honor de nuestra dignidad;  una dignidad que debemos al Creador, que nos hace ¡tan libres!

Podemos además olvidarnos de nuestra puerta y nuestras bóvedas y llamar a alguna otra puerta; a veces no es fácil entrar ¿cómo lograrlo? Recurro a un tópico que todo conocemos Recurro a Cupido, tal como se le reconoce: ciego. Para abrir puertas hay que emplear la llave del amor. Es que el amor no mira con los ojos, mira de otro modo, por eso lo pintan ciego y alado.

Mi reflexión es hoy aprender a ver y a vernos. A saber utilizar “nuestra puerta” y la de los otros.

El Cardenal Ratzinger explicaba que, cuando el hombre deja de ser estimado como ser que se halla bajo la protección de Dios, que lleva en sí el aliento divino, empieza a ser considerado por su utilidad, en ese momento, aparece la barbarie que pisotea la dignidad de la persona. Es decir, nos hemos dado con la puerta en las narices.

Nuestra sociedad, con sus prisas y reduccionismos, nos impide saber ver bien, saber dar a lo exterior -la bóveda, la puerta, nuestro cuerpo- la función que tiene.

Se ha dicho de diversos modos como el cuerpo es a su vez frontera y comunión. En tanto que frontera, nos separa de los demás e incluso es barrera para nosotros mismos. La corporalidad, desde estas perspectivas, hace que permanezca velada la interioridad. Nos impide ver y tocar lo más hondo del alma. Pero también nuestra corporalidad es a modo de puente. Gracias al cuerpo podemos encontrarnos unos con otros y comunicarnos hasta con la materia común de la creación.

Realmente las bóvedas y las puertas están, en las esculturas de Pablo Serrano y simbólicamente en cada uno, con sus rugosidades  y su materialidad para proteger lo más valioso de nuestra existencia, nuestra intimidad,  esa vida personal de la que vivimos y con la que nos hacemos. Abrir puertas  tantas veces; cerrarlas  también. Es nacer y renacer. Es permanecer en nuestra esencial filiación.

Hay en la Sagrada Escritura dos modos conmovedores que muestran estas vivencias. Dice así Jeremías: “Antes de formarte en el vientre materno, te escogí”. Y rezamos con el Salmo 71: “En el vientre materno ya me apoyaba en ti”.

Me encantaría que estas breves reflexiones nos ayudaran y, de paso, me sirven para dar públicamente las gracias a Pablo Serrano por sus esculturas, a Leonardo Polo por su sabiduría.

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