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El camino sinodal alemán: algunas reflexiones finales

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Durante los últimos meses, en una larga y ojalá no demasiado fatigosa o aburrida serie de artículos, hemos intentado explicar el contenido de las resoluciones aprobadas por el «camino sinodal» alemán, así como hacer de ellas un análisis muy breve, pero al mismo tiempo crítico. No nos queda mucho por decir. Sin embargo, no quisiéramos cerrar el tema sin presentar unas reflexiones sobre el camino sinodal alemán, que pueden sonar amargas.

Reflexiones finales

El camino sinodal se presenta a sí mismo como democrático y representativo de la Iglesia Católica en Alemania. Como hemos visto, esta imagen no se corresponde con la realidad. El camino sinodal representa sólo a un grupo minoritario, pero muy activo e influyente, de los católicos alemanes.

La gran masa de ellos apenas se ha manifestado. La causa de este silencio es en parte la pasividad de quienes debieran querer hacerse escuchar, en parte una organización y unas estructuras controladas estrictamente por grupos que, paradójicamente, critican duramente las estructuras eclesiásticas y proponen su «democratización». Estos mismos grupos, que pretenden promover una liberalidad y un aperturismo revolucionarios, se organizan y actúan de modo contradictorio a sus propósitos, poniendo de manifiesto un alto grado de autoritarismo.

Se trata de una fenomenología que se puede observar también en el ámbito político, donde el belicismo se disfraza de defensa de la paz, la censura se camufla como protección de la libertad de expresión, turbios negocios se venden como preservación del medio ambiente y un insidioso totalitarismo se llama a sí mismo «libertad».

La «corrección política» vigente es un modo de tergiversar y pervertir los conceptos más nobles.

En el camino sinodal, este sistema de conquista del poder llega al interior de la Iglesia. Las intenciones del camino sinodal son, en principio, el propósito de aclarar los gravísimos escándalos de abusos sexuales que han aquejado a la Iglesia en los últimos tiempos y el deseo de evitar que se repitan, fines justísimos, sin duda. El problema es que estos fines explícitos son luego desvirtuados e instrumentalizados para alcanzar otros objetivos no declarados y que más sirven para deformar que para reformar la Iglesia, más para demolerla que para restablecer en ella el orden perturbado.

De nuevo, no hay aquí nada que no se dé en los ámbitos político, cultural y social: la Iglesia del camino sinodal no pretende ser «mater et magistra» del mundo, sino más bien su «filia et discipula», no es «luz del mundo», sino un ente a la sombra del mundo.

No sólo son significativos los temas de los que se ocupa el camino sinodal, ya expuestos en los artículos anteriores, sino también los que omite.

El apagamiento generalizado de la fe, el cada vez más extendido desinterés por la oración y la liturgia, el rechazo casi universal de una moral basada en la revelación y en el derecho natural, la indiferencia hacia lo trascendente, el olvido de conceptos como el de santidad, el total desprecio del «temor a Dios», la incredulidad respecto a lo milagroso y a la intervención providencial de Dios en la historia, el abandono del sentido de culpa y de la consciencia del pecado, la soberbia humana y el olvido de los propios límites naturales, la idolatría de la técnica y la economía, la falta de respeto hacia la Creación, el materialismo, la hipocresía, la extinción de la verdadera caridad, etc. son problemas fundamentales en la grave crisis por la que atraviesa la Iglesia Católica.

Sin embargo, ni uno solo de estos asuntos es planteado en el camino sinodal. Como máximo, el abandono formal de la Iglesia por parte de muchos fieles se atribuye al escándalo de los abusos, a las estructuras eclesiales establecidas y a la ética católica tradicional oficialmente aún vigente.

No hay un análisis histórico ni teológico de los orígenes de los males que afligen a la Iglesia.

Ciertos gravísimos síntomas (como el ya citado escándalo de los abusos sexuales) son presentados erróneamente como causas. Algunos principios éticos fundamentados en la Revelación y anclados en la tradición cristiana son tratados como falsos y necesitados de una radical corrección. Las resoluciones del camino sinodal no pasan, en el mejor de los casos, de apoyarse en una bastante defectuosa y superficial teología moral, sin profundizar en conceptos espirituales, dogmáticos e históricos imprescindibles para el buen ejercicio del magisterio de la Iglesia.

El camino sinodal con sus insatisfactorios resultados no es otra cosa que un reflejo del estado en que se encuentra una gran parte de la Iglesia, incluso en sus más altas cumbres jerárquicas.

Paradójicamente, esto tiene un aspecto potencialmente benéfico, pues pone en evidencia los defectos que perjudican a la Iglesia y permite reconocerlos, localizarlos, medir su alcance y apreciar su naturaleza, sin todo lo cual es imposible buscarles remedio.

Es muy probable también que el camino sinodal sea un preludio o una anticipación de lo que puede acaecer en el llamado «sínodo de la sinodalidad», porque aunque ciertos rasgos superficiales puedan hacer creer que las debilidades del camino sinodal son exclusivas del catolicismo alemán, no es así, no debemos dejarnos engañar por la apariencia puramente formal.

Los problemas aquí señalados, así como la incoherencia y la falta de unidad, son generales y se dan en todos los países y rangos, desde la base hasta la cúspide. Estamos ante una Iglesia cada vez más «desevangelizada»: si pretende cumplir su misión evangelizadora, debe primero reevangelizarse a sí misma.

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