Chesterton y la beatitud

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Alguien ha descrito a Chesterton como «un ejército de un solo hombre», y no podría mejorarse esa metáfora sin añadir que aquel hombre solo era, además, un hombre lleno de gozo. Gilbert Keith Chesterton fue como Sansón, quien con la mandíbula fresca de un asno derrotó a mil enemigos filisteos; sólo que Chesterton rebanó la cabeza del incipiente darwinismo con la quijada seca y exhumada de un animal.

Era capaz de convertir cualquier objeto en un arma letal: un trozo de queso, una tiza, una navaja de bolsillo… incluso la sonrisa esculpida en nuestros marmóreos cráneos, o las briznas de césped recién creadas en el jardín de tu casa.

Para Chesterton, cada cosa creada destilaba una alegría crepitante. Todo era milagro, dádiva y gratitud.

Para Chesterton, cada cosa creada destilaba una alegría crepitante, y él se esforzaba en colocar esa alegría en cada seca y vieja hoja sobre la que posaba su pluma. Para él, todo en este mundo, en este paraíso en proceso de restauración, era un milagro. Cada cosa era una dádiva jubilosa que brotaba de la boca del Poeta.

Creo que cuando Gilbert se levante de su lecho, libre ya de sus pecados y de la sombra que nos es común a los mortales, recitará los poemas más alegres a los musgos y a las rocas, y Cristo sonreirá complacido. Sólo entonces, después de su tercer nacimiento, verá el rostro verdadero de un árbol y contemplará a Dios como un niño pleno de días, a través de sus ojos recién abiertos.

Y sí, Chesterton tendrá dos piernas… ¡Vaya sorpresa!

Chesterton defendió el asombro como quien defiende una patria: la patria primera de todo hombre que aún sabe mirar.

Creo que, entonces, experimentará una satisfacción inmensa por haber levantado la espada contra aquellos adversarios sanguinarios del verde esmeralda que baña el césped, o contra quienes niegan la suma sencilla de dos patos que, juntos, forman una silla puesta del revés.

Descubrirá el verdadero sentido de la gratitud. Satanás no se rebeló contra Dios debido a las condiciones infernales del infierno. El infierno es el lugar donde se carece del paraíso; un «ten lo que tanto deseas». Es el resultado de su rebelión contra las deleitables condiciones del Cielo. Adán se rebeló contra Dios porque se cansó de vivir en el Paraíso.

El infierno no es sólo castigo: es el lugar donde se concede al hombre vivir sin aquello que rechazó amar.

Una vez allí, en su hogar definitivo, Gilbert escuchará las historias de los doce pescadores, quienes le contarán que aquel Hombre sentado en un rincón de la mesa de banquetes también da las gracias y ríe cuanto quiere.

Finalmente, encontrará la puerta que conduce al país de las maravillas. Y si su Padre así se lo exigiera, tras dar un solo paso, volvería a nuestro antiguo mundo saltando de alegría con sus dos nuevas piernas. Atravesaría la antigua puerta del vientre materno y diría a su Padre, con la fe inquebrantable de un niño:

«¡Hazlo de nuevo!»

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