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Dar las gracias

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Dar las gracias cuando alguien te hace un regalo, o cuando el tendero te da la mercancía que le has pedido, o cuando tu hermano te sirve agua en el vaso, no es una cuestión de agradecimiento. Es, más bien, una cuestión de buena educación. Para mí, el agradecimiento es otra cosa. Es algo que tiene que ver, más bien, con la generosidad. Y también con la humildad. En las siguientes líneas trataré de explicar por qué.

Tiene que ver con la generosidad, porque una persona que mira constantemente su ombligo difícilmente puede ser agradecida. Si el mundo gira en torno a ti mismo (utilizo la segunda persona del singular, pero igualmente me dirijo a mí mismo, que soy el primero que tiene mucho que aprender), nunca podrás percatarte de lo que otros hacen por ti. Si eres de los que necesitan que los demás estén pendientes de ti para hacerte la vida más cómoda, será complicado que agradezcas sus servicios, ya que lo considerarás como algo normal, como «lo que debe ser». Probablemente de forma inconsciente, utilizarás a los demás para conseguir tus fines, y ni se te pasará por la cabeza, evidentemente, agradecer nada de lo que hagan por ti.

Si lo que te mueve en esta vida es tu propia comodidad, tu satisfacción personal, pasártelo bien y pasar la vida lo mejor posible, nunca llegarás a darte cuenta de que todo eso que tienes a tu alrededor no te lo debes a ti mismo. Desde que te levantas hasta que te acuestas hay personas que, aunque no te conozcan, aunque no sepas quiénes son, velan para que tú puedas tener todas esas comodidades de las que disfrutas. Incluso en no pocas ocasiones sí conoces a esas personas. Son tu familia, tus amigos, tus compañeros de trabajo. Sin ellos no te lo habrías pasado tan bien ese fin de semana, quizá no habrías comido tan bien o, simplemente, habrías tenido que arreglártelas tú solo para resolver aquel problema que tantos quebraderos de cabeza te dio.

Habrías tenido que hacer tus propios planes, solo, sin nadie a tu lado. Pero como para ti todas esas cosas que hacen los demás por ti son «lo normal», ni se te pasa por la cabeza agradecer. No das las gracias a aquel amigo que se ofreció a llevarte a la entrevista de trabajo, porque, ya que tenía que pasar por allí, qué le costaba llevarte; ni al otro que reservó aquella casa rural en la que pasasteis el fin de semana, pues al fin y al cabo él también disfrutó del fin de semana; ni al que condujo durante horas mientras tú dormías en el asiento de al lado. Y no lo haces porque, al ser tu ombligo el centro del universo, no te das cuenta de que bien podría ser que no tuvieras todos esos privilegios.

Hay mucha gente, muy cerca de ti, que no tiene nada de eso. Gente sola. Gente sin recursos. Gente abandonada. Gente que vive en la calle, o en un hospital, o en un refugio de indigentes. Gente que no tiene amigos, que no sabe qué hacer con su tiempo libre cuando acaba la jornada laboral, gente para la que sus fines de semana son tediosos e interminables.

Eso sí, cuando vas a comprar das las gracias. También lo haces cuando te dejan pasar delante por una puerta. O cuando el camarero te trae el plato en el restaurante. Das las gracias porque es un gesto mecánico. Algo aprendido, como andar o respirar. Eso no es agradecimiento. Es, como decía más arriba, una mera fórmula de cortesía.

Ser agradecido es también, y sobre todo, una cuestión de humildad. Es ser consciente de que somos vulnerables, que necesitamos de los demás para todo. Seres sociables que, por mucho que apreciemos la soledad, necesitamos a veces una mano amiga que nos pase la mano por la espalda, unos brazos que nos abracen fuerte y recompongan nuestra alma dolorida, unos labios que nos pregunten cómo estamos, o unos oídos que escuchen nuestras penas.

Aquel que cree que «se ha hecho a sí mismo», está muy equivocado y nunca podrá ser consciente de todas esas necesidades. No cabe el agradecimiento, porque no cabe la necesidad. El que no es humilde no necesita nada. Ya sabe arreglárselas solito. Y si no puede, se busca las vueltas, probablemente de forma inconsciente, para que alguien le saque las castañas del fuego sin que lo parezca.

Seguro que conoces a alguien a quien le pasa todo esto. Quizá hasta estés pensando en pasarle este artículo, a ver si abre los ojos. Y tú, ¿has abierto los ojos? Porque… te diré un secreto: todos somos conscientes de nuestros defectos, pero no de todos. A menudo tenemos algunos tan integrados que ni nos damos cuenta de que los tenemos. Y cuando alguien nos los dice, o nos los insinúa, nos llevamos las manos a la cabeza. ¡¿Cómo puedes pensar eso de mí?! ¿Yo, egoísta? ¿Yo, orgulloso? ¡No, hombre, no! Algo perezoso, sí, a veces. Alguna mentirijilla de vez en cuando sí se me escapa. Incluso algún «pecadillo» de lujuria… ¿Pero orgulloso? ¿Egoísta? ¡Nada que ver conmigo!

Pues… a todos nos pasa. No, ya sé que a ti no. Pero a los demás sí nos pasa. Solo piénsalo…

Ser agradecido es también, y sobre todo, una cuestión de humildad. Es ser consciente de que somos vulnerables, que necesitamos de los demás para todo Compartir en X

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