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Del Papa Francisco a un mundo sinodal (I)

La dispersión digital se impone en el mundo. Este nuestro pequeño mundo que creemos a pies juntillas que es el no-va-más. La dispersión nos descentra del verdadero centro de la existencia humana, que es la búsqueda de la Verdad. Como idea, no es muy mala; pero es peligrosa, porque de la dispersión al desenfreno hay un pequeño tramo. Mira si no, amigo del alma, cómo los males profetizados por el Apocalipsis –la peste (el coronavirus), el hambre (en el “Tercer Mundo Subdesarrollado” y en el “Primer Mundo”) y la guerra (tantas que hay, y ahora nos amenaza la de Ucrania con ser la Tercera Guerra Mundial)- nos están poniendo a prueba nuestra capacidad de resistencia y de respuesta.

Analicemos. La resistencia se está acabando, y saltará pronto el resorte que contiene en la recámara la respuesta del “Mundo Ignorado Indignado”, amenazando romper el débil equilibrio de fuerzas actual con el fin de la relativa paz mundial de que gozamos. Voces de la Iglesia avisan de la “bomba social” que está a punto de estallar. Por ser social, transversal y planetaria, amenaza de veras con ser peor que la bomba atómica.

Conversión. Eso es lo que Dios nos está pidiendo. El ser humano se ha erigido como estandarte de la nueva divinidad difusa de la Nueva Era, esa que dicen que ahora entra en la era de Acuario, como si las cartas sobre la mesa pudieran sustituir en algo la divina voluntad del Dios Creador Omnipotente, que es Quien gobierna el mundo.

Sí. El Anticristo debe de estar ya al caer, moviendo histérico sus últimas bazas tras el telón. Pronto alguien lo alzará, y aparecerá él como el Señor del Mundo, el Salvador que todos los locos esperarán porque confundirán una paz impuesta tras la guerra con la paz de la Verdad, porque lo que están deseando es algo tan simple como que les reconozcan su “derecho” a trincar día y noche, a conseguir ser cada uno el centro del Universo por medio del propio “empoderamiento”, a manipular a oscuras lo que pretende que se vea a todas luces, como si fuera esa su creación. Por este camino que vamos, la bomba está más que cantada… y la Creación aniquilada.

Cierto que cada uno se mueve en su pequeño universo, pero si no lo hace de acuerdo con la “ecología integral” de la que habla a menudo el Papa Francisco, entonces la suma de pequeños universos amenaza con hacer saltar todo el Universo por los aires. (Tengamos en cuenta que el Papa insiste en ello desde que escribió la Laudato sii, pero es una encíclica que se larvó desde muchos años antes de ser Papa).

Las ideas mueven el mundo. Quizás la solución se la saca ahora el Papa Francisco de la manga como nos tiene acostumbrados, como si fuera esta la hora H en que sale a la luz como una ocurrencia suya, pero resulta que desde sus primeros años de jesuita ya apuntaba en esa dirección. ¿Cuál es, pues, esa idea luminosa? Lo insiste él desde poco después de ser elegido Papa: es la sinodalidad de la Iglesia y el mundo. “¡Vale, compadre! Con que lo sea ‘de la Iglesia’, allá vosotros, pero ¿cómo dices ‘del mundo’?”, me preguntarás. Te lo explico.

Básicamente, la sinodalidad está basada en otra idea que el Papa repite: la subsidiariedad. Cada miembro del cuerpo debe asumir la respuesta a la acción desde el escalafón más bajo posible; y solo cuando él no puede responder, que responda el inmediatamente superior. La sinodalidad en la Iglesia queda clara con la organización interna en laicado, presbiterado, obispado, cardenalato… Papado. Lo que no parece tan claro es hablar de sinodalidad en el mundo. Pero el Papa Francisco –como todos los últimos papas-, está resultando profético. De ello hablaremos en mi próximo artículo.

De momento, mi querido amigo, osa ser valiente de salirte de la trama de la dispersión y dale vueltas a la responsabilidad que tienes con la Verdad, como cada uno de nosotros tiene de su propia vida, pero también del mundo, ante la hora que nos acecha. Porque casi todo lo que parece bien pintando a nivel global está desdibujando la Verdad… excepto la voz de la Iglesia. ¿La Verdad? ¿Sinodalidad? Te emplazo al próximo viernes. ¡Ahí nos vemos!

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